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Las hamacas voladoras (1964, Falbo) es el primer libro de cuentos de Miguel Briante. Una voz que irrumpe en la literatura con una madurez pocas veces vista.

“Cambian los lectores, no los libros”. Quién dijo esto, años más tarde, alguna vez tuvo que escribir aquel libro que no cambiaría, aquella obra a la que las miradas atentas epocales volverían una y otra vez. 

Aquel joven escribió Las hamacas voladoras entre sus 15 y 21 años, con una rebelde precocidad. Rebeldía que no era torpe, no pecaba de inmadurez. El futuro no fue suyo, pero acometió contra la literatura aquél cross a la mandíbula pregonado por Roberto Arlt (en soledad, sin hacer mucho ruido), aquél escritor porteño que acorraló a los puristas de la letra, a los correctos. A quienes decían que escribo mal. Pero con una diferencia: el tono estaba puesto en otro lado.

Sorprende la madurez literaria de estos primeros escritos publicados. Pareciera que moldea un mundo ya existente, ya imaginado. Que, narrativa y estructuralmente, se acerca a la mesa de Borges y de Joyce, como un pendejo nostálgico por naturaleza de General Belgrano que agudiza la oreja como todo buen concurrente de Arispe. Y luego replica, pero siempre a su manera. Sutil. Un espectáculo hipnotizante pero no ampuloso. 

Como Bentos Márquez Sesmeao, bautizado Kincón por las voces del pueblo, quién a la hora de contar su historia padece un ataque de conciencia borgeano: “Ahora, que relato esto, sé dos verdades: sé que esta voz, estas palabras, estos gestos que son simples y perfectas repeticiones (esta explicación de mi voz, de mis palabras, de mis repeticiones), me han sido impuestos y es, de alguna manera, como si me hubieran sido prestadas.” También sabe que alguien lo está obligando a recordar, a bucear sobre su vida como frente a un psicoanalista. O como un bufón de circo. Y así, con sus limitaciones, se rebela contra el lenguaje, aquella herramienta que jamás le fue útil, porque ciertas palabras no encierran el significado cabal de las vivencias de aquellos personajes periféricos de las grandes historias. 

Porque aquel niño de Capitulo primero (cuento con el que abre el libro), enfurecido ante la poca claridad de su familia sobre la situación de su alcohólico padre, no es un Pip de Charles Dickens. Su mundo, o la parte que se nos muestra, son, en la pluma de Briante, las dos cuadras que hizo desde la casa hasta la vidriera del bar que le muestra a un padre humillado, rendido sobre una mesa cualquiera. Y ahí, en esa pintura, cabe el significado de la tristeza. 

Y esto nos puede dar un panorama de dónde está puesto el foco en estas historias. Al modo de Faulkner, y como bien dice Ricardo Piglia en un prólogo al segundo libro de cuentos de Briante, “Hombre en la orilla”, los relatos tienden al melodrama: buscan transmitir la emoción de la experiencia y no su sentido. Y la emoción no es clara, ni lógica. Con gran capacidad imaginativa, varios de sus cuentos nos pasean por laberintos. Nunca nos suelta la mano, pero tampoco nos va a mimar y a mostrarnos la salida. Lo que importa aquí es la forma, y cada uno de ellos tiene una marca de estilo singular, atrapante, acompañada de un ritmo narrativo cuasi musical, como sólo un gran contador de historias lo puede lograr. 

Luciano Montoya

Nació en Mar del Plata, en 1997. Actualmente reside en La Plata. Estudia la licenciatura y el profesorado en Música Popular en la UNLP. Conductor del programa de radio Plástico Cruel.

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