La mosca mira al general

La mosca mira al general

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

El General Perón tiene quién lo escriba. Una vida que si no se la novela, no hay forma de biografiarla.

Dicen lxs que saben que los imaginarios sociales forman parte del mapa político simbólico de una sociedad y que por lo tanto terminan integrando dispositivos de poder.  Un aporte ampliatorio a este concepto es que la literatura, tan viva, ratifica o cuestiona como nadie esos imaginarios sociales existentes. ¿Por ejemplo…? Argentina tiene una fuerte tradición de periodismo literario o periodismo narrativo que ha devenido en novelas de no ficción con peso específico propio. No, ésta no es la introducción a una columna sobre Operación Masacre; es la introducción a una columna que va a intentar –probablemente sin lograrlo- explicar por qué La Novela de Perón es lo mejor que escribió Tomás Eloy Martínez (1931-2010) sobre todo porque ancla de lleno en un imaginario social inquebrantable: el Peronismo. Periodista medular. Tomás Eloy Martínez fue crítico literario, jefe de redacción, periodista de investigación, dueño de revistas. En una comparación un poco obvia pero inevitable, al igual que le ocurrió a Rodolfo Walsh, el fenómeno peronista le produjo una fascinación narrativa que iba a terminar acorralando su curiosidad literaria. Interesante es aclarar que en ambos casos se trató de escritores “no peronistas”, por eso la relevancia inusitada de que sus grandes obras terminen siendo bibliografía sagrada para cualquier justicialista. A diferencia de lo hicieran el propio Walsh, Perlongher, Soriano y hasta José Pablo Feimman, Tomás Eloy Martínez esquiva circundar el recorte temático al fenómeno del movimiento, de sus militantes y seguidorxs. Se va detrás del patriarca, decide biografiar a Juan Domingo Perón e inmediatamente advierte que biografiarlo en el sentido más ortodoxo del género es imposible, por eso reinicia su estrategia narrativa y asienta todo el sentido literario en la palabra “novela”. Quizás porque entendió como nadie la miscelánea de texturas que era Perón y la apabullante maestría que tenía para saber ejecutar con la precisión de un violinista sus recursos, esta obra termina siendo una gran y habilidosa metáfora: Perón fue/es una novela, tan complejo que no había otra forma posible de entenderlo y menos de escribirlo. Mítico y tramposo, magnánimo y manipulador, encantador y déspota, brillante y sombrío. Lo real del líder es inasible en una calle de un solo sentido, si no se lo novela, no hay forma de biografiarlo. Y le va a llevar casi 20 años hacerlo, desde que logra una larga entrevista con el General en Puerta de Hierro en 1.966 hasta la publicación de La Novela de Perón por entregas en el semanario El Periodista, entre 1.984 y 1.985. La novela tiene tres autopistas narrativas que arman a Juan Domingo: los datos biográficos puros que configuran sus dimensiones psicológica e ideológica, la transversalidad descomunal de Eva en su vida e historia política y los hechos impactantes de Ezeiza como paradigma explicativo de lo que fue/es el Movimiento Peronista.  La utilización de fuentes veraces , el cruce de documentos reales conseguidos en un arduo trabajo de investigación periodística que dicen y contradicen  y la deliberada invención de personajes que sostienen la trama, van yendo del biografismo periodístico a la novelización con una fluidez extraordinaria. Y hablando de cosas extraordinarias, hay una reflexión absolutamente genial  que desliza Martínez en alguno de los capítulos de este libro, la escribe casi como si no tuviera importancia y sin embargo es la manera perfecta y acabada de explicar lo que quiso contar:  “¿Qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil verdades o una verdad partida en cuatro mil pedazos?  Perón multiplicado, Perón partido, en los ojos de la mosca.

Amanda Corradini

Mujer de trincheras: Reparte su vida entre la trinchera de la Escuela Pública, la de su biblioteca y la que guarda algunas banderas que gusta agitar. Todo regado de mate dulce, Charly García y un vergonzoso apego por el humor infantil.

El futuro son escombros

El futuro son escombros

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Relato de Juli Pani, participante de la convocatoria de cuentos “Hebe Uhart”.

Al lado de la casa donde vivía de piba había un terreno medio baldío con una casita a medio construir. El terreno estaba desocupado hacía años, desde que yo nací más o menos, y a veces con mis hermanos saltábamos la medianera para jugar a las escondidas. Ellos eran tres y yo la única mujer, como era la más grande siempre tenía que defenderlos cuando alguien se les plantaba y se creían que como soy piba me podían amedrentar. Los pibes del barrio se piensan que soy boluda, pero no saben que en casa los crié yo. Me la banco si es necesario. Entonces eso, íbamos a jugar a las escondidas en el terreno de al lado y yo tenía que controlar que no hagan pavadas, porque capaz se les ocurría tirar un piedrazo a una ventana y se podían cortar, y después la boluda que tenía que correr a la salita era yo, porque la vieja laburaba todo el día y el viejo estaba postrado en el catre de la pieza. A veces nos miraba y nos hacía chistes desde la ventana que da al patio. Nosotros lo queríamos un montón al viejo, nos dio todo lo que tenemos hasta que se quedó en cama, siempre mantuvo el sentido del humor y me hizo la mujer fuerte que soy hoy, él y los tres pendejos que me sacaban canas verdes. A mis hermanos también los quiero un montón, aunque el Luca se mudó de barrio y ya no lo veo tanto.

Bueno, decía. En el terreno habíamos ido una mañana de sábado a jugar a las escondidas, yo andaba cerca de los diecisiete y el Bruno, que me sigue en edad debía tener trece. El Luca y Marquito son mellizos, y por ese tiempo tenían nueve o diez. Eran unos pibes buenos, pero revoltosos, y yo tenía que estar atenta. Entonces mientras ellos se escondían y yo contaba, me limaba las uñas y me fijaba que no subieran las escaleras a medio hacer, hacía trampa digamos. Después de jugar un rato nos volvimos a casa y los mellis me pidieron si no podíamos jugar otra vez después de cenar. Yo les dije que a lo oscuro no, que se podían lastimar y que el domingo si querían volvíamos.
Cuestión que después de la comida nos fuimos a la pieza a charlar con el viejo hasta que llegara mamá, que siempre volvía tarde porque no tenía para el colectivo y se venía a pata. Le guardamos un poco de guiso y le contamos a papá lo que habíamos hecho en el día. En eso estábamos muy tranquilos cuando escuchamos un ruido y pensamos que quizás era la vieja, que había llegado temprano. Pero después escuchamos otro ruido, y otro, y otro, y nos mirábamos entre nosotros a ver qué pensábamos que era. Los golpes eran como si golpearan piedras contra una madera o algo así. Ahí nos dimos cuenta que el Marco no estaba en la pieza y el Luca se puso como pálido. Lo llamamos a los gritos y nos empezamos a poner nerviosos. Los ruidos seguían y de repente sonaron como una lluvia de cascotes y escuchamos un grito que, te lo juro, nos partió el corazón para siempre.

Saltamos la medianera como indios y llegamos justo a tiempo para ver a Marquito enterrarse bajo una montaña de piedra, ladrillo y polvo. En ese momento me quedé paralizada, te juro. Sentía que no me andaban más los músculos. Que los pies me habían quedado pegados a la tierra seca. Que la que se había enterrado en la montaña de escombros era yo. Ahí el fuerte fue el Bruno que corrió a donde estaba Marco y lo intentó sacar de abajo de la montaña. Él gritó de nuevo y yo reaccioné porque había pensado que estaba muerto, lo vi ahí y dije se me murió el melli, ahora qué hago, se me murió el melli. Y no, Bruno lo tironeó y el Marco gritó y yo reaccioné y corrí a sacarlo de ahí abajo. Le dije al Luca que corriera a la casa de los Muñoz que tenían teléfono para llamar a una ambulancia o a la señora de Correa que es enfermera. Lo sacamos al pibe entre Bruno y yo y papá gritaba desde la ventana que qué pasó qué fue ese grito dónde está Marco.

Cuando lo sacamos de abajo de las piedras estaba todo lleno de sangre, no se había muerto de casualidad, pero había estado muy cerca. Con un hilito de voz que me hizo saltar las lágrimas me dijo que perdón, que había querido ir a jugar a la casa y que tiró un par de piedras a las ventanas, y que se ve que la casa ya estaba hecha mierda, porque se metió a tirar otro piedrazo y le dio a una
madera que hizo que todo se venga abajo. Perdón me pidió. Todo ensangrentado abajo de unos cascotes. Yo lloraba desconsolada cuando llegó la vieja y casi se infarta. Con la vieja llegó la señora de Correa y le pagaron a otro vecino para que las alcance a la salita. Se llevaron al pibe y yo me quedé con el Bruno, el Luca y el viejo, todos medio pasmados sentados en la piecita.

El domingo amaneció nublado y me asomé por la medianera para ver cómo había quedado la casa. Desde donde estaba la puerta principal hasta el patiecito de adelante había un rastro de sangre que ya estaba seca. En el piso estaba la visera azul del Marco que no habíamos visto la noche anterior en el quilombo.

Cerca de las diez de la mañana llegó la vieja que había dormido en el Hospital San Martín, volvió caminando porque no tenía para el colectivo. Su camiseta blanca estaba manchada de sangre y tenía los ojos hinchados. Se acercó al terreno baldío y me vio parada con la visera del Marco en la mano. Me miró con un odio que dijo más que todas las palabras del mundo y me dijo que a Marquito se lo llevaron los ángeles. Que el Marquito se había muerto. Que el melli se había muerto a mi cuidado. Que toda la culpa era mía. Me caí de rodillas sobre el piso seco de tierra y cuando se largó a llover yo seguía ahí. Que todo era culpa mía. Mis lágrimas se mezclaban con la lluvia y ya no importaba nada. Que todo era culpa mía. Prefería estar muerta. Que todo era culpa mía. Se me murió el melli. Que todo era culpa mía. Se me murió el melli. Que todo era culpa mía.

Letras contra el olvido

Letras contra el olvido

TIEMPO DE LECTURA: 2 min.

Poema de Belen Correa, participante de la convocatoria de poemas “Daniel Omar Favero”.

Letras que reclaman justicia.
Versos plantados en un papel dispuestos a seguir sembrando memoria.
Poesías en honor a quienes creyeron en que un mundo mejor sería posible.
Escritura que intenta abrazar a sus familiares quienes buscan incansablemente y reciben con tanto amor a quienes nos sumarnos a una lucha que ya es colectiva porque somos un pueblo que no olvida.


I
Tengo el pelo plateado

como los anillos que llevo en mis manos.

La columna se dobla 
como el caño del mueble 
que ya no tiene fuerza para
soportar el peso de toda la ropa 
que venía colgando.
La piel se quiebra 
como la corteza de un árbol.
Siento que el tiempo pasa

y no puedo evitar preguntarme 
si la columna se dobla por el 
paso de los años
o será que me está 
invitando a estar más cerca
de tu cuerpo 
que vaya a saber 
(tus verdugos)
dónde lo han dejado.
II
Sembraron horror, 
cosechamos lucha. 
Destilaron odio
Y repartimos amor.

Intentaron obligarnos a obedecer 
Y renacieron las desobedientes. 
Quisieron detener el crecimiento,
pero el mundo ya estaba en movimiento 
con mucha gente dispuesta
a recibir con los brazos abiertos 
la recuperación de cada nieto.
III
Me despierto, 
Abro la 
ventana,
Enciendo la computadora.

Busco: Muchacha ojos de papel 
Escucho y pienso:
Son tus ojos 
Que están ahí

En el papel de la foto 
Que todos conocen
La que cuelgo en mi pecho 
Cerca del corazón 
Cada vez que salgo
A reclamar por vos.

                                          IV

                                 Búscame en las poesías, 
                                 En las letras de la 
                                 resistencia,
                 En los versos que intentamos Disparar contra la injustica 
                             En los pájaros que vuelan libres
                          O en los árboles que florecen en marzo 
                                       Recordame
                         Porque mientras luches contra el olvido 
                                    Yo seguiré estando.
Joma
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