Yo voy en trenes

Yo voy en trenes

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El tren llega a La Plata casi imperceptible al oído, hasta que se detiene y cientos de personas descienden en la estación final. Caminan hacia los molinetes y forman una marea humana que, en un instante, se disipa hacia la ciudad, cada uno a su jornada, sabiendo que al final del día la misma máquina nos devuelve a casa. Hay algo unificador en ese retorno: una coincidencia, un amontonamiento, una clase y, ojalá, una conciencia.

Por: Micaela Ceretti

Yo voy en trenes. O eso parece cuando la máquina se detiene. El tren, ese tubo de hierro y nervios, tiene una división muy clara entre los que aún tenemos adónde ir y los que no. Es un recipiente que contiene miles de historias. Siempre fue sombrío; carga con esa fama de lugar complicado y, cuando el rótulo se te pega, es difícil que se caiga. El Roca aglutina al 33 % de las personas que utilizan el tren como medio de transporte; la estación Constitución sirve de cabecera para más de cien mil pasajeros, el 25 % de los que utilizan la línea diariamente.

Tuvo su pico con la electrificación. ¡Qué belleza! El silencio del motor, el adiós al ruido metálico bien del siglo XX y ese aire acondicionado que es un respiro salvador. Parece mentira, ¿no? Cómo nos sorprende la dignidad cuando nos toca a los laburantes. Pero hoy ese escenario queda lejos, lejísimos.

Últimamente el tren está más sombrío de lo habitual. Se descarriló una formación en noviembre del año pasado en la zona oeste de CABA e incluso llegan noticias de tragedias en otros países; es algo en lo que no se piensa para no saturar la cabeza, pero es una posibilidad latente. El tren te salva, es lo más directo —y es fácil colarse—, pero el riesgo está ahí: medidas gremiales, accidentes, suicidios o descarrilamientos. Además, ahora va cargadisimo desde que el bondi es caro e ineficaz. Es lo que pasa cuando hay desidia. Y ahí viene la oda al tiempo perdido, la suspensión en el tiempo y el espacio; no hay forma de llegar. Si vas al laburo, hay cierta revancha en robarle unas horas a la jornada; pero cuando el viaje es a casa, ¡Qué bronca! Dormir menos, salir de casa antes y gastar más horas diarias por un viaje caro que solo permite, con suerte, llegar a horario a algún lugar.

En el tren hay un elenco estable. Reconocés las caras, adivinás destinos. Pero el elenco creció: pibitos y pibitas laburando, pidiendo, yirando de La Plata a Constitución —o viceversa—. Siete de cada diez pibes son pobres en nuestro país; muchos están ahí. En ese vagón vamos todes, mirando la foto que se convierte en película. Nada puede salir bien de ese ejército de pibitos suspendidos, viajando con un “no” como respuesta automática. Son los que quedaron afuera del reparto.

Por Hudson bajan los laburantes de la construcción: manos y espaldas curtidas de cal y cemento, cada vez más pibes y cada vez más viejos, la gente sin edad. Bajan donde los adinerados hacen sus barrios nuevos, donde la foto del tren no llega y “si no lo veo, no existe”. Pero nosotros sí vemos sus barrios desde la ventanilla, los vemos con nuestros propios ojos. Esos countries creados por albañiles —como todo en este mundo— que destrozan la tierra, los animales y el río. Sus “barrios seguros”. ¿Seguros de qué? De nosotros. Sí, nosotros, los que vamos en este tren. Se alimentan de sus fantasías de barrios exclusivos mientras nosotros los vemos pasar.

El panorama crece entre vendedores de medias, chipá, café, ingresantes con sus maquetas y viejos pidiendo plata para sobrevivir. El tren es un termómetro: cuando la cosa está bien o mal para los laburantes, cuando se vende o no se vende, cuando se paga boleto o no, se nota ahí, no hay otra. Cuando ves a un viejo pidiendo para comer y le cuelga una bolsa de drenaje como una foto medieval, es claro: está todo mal.

Parece absurdo diferenciarnos entre los que componemos el vagón. ¿Cuál es la diferencia? ¿Caerte o no del sistema? No solo estamos amontonados, con cara de perro, mal viajados: somos parte del mismo sector castigado y mutilado, aquellos que viven de su sueldo, trabajadores y trabajadoras. ¿Cómo se planta un estatal o un albañil frente al panorama de la normativa laboral? Digo, cómo se plantan, porque la pérdida de poder adquisitivo es para todos. Acá los únicos que ganan son los de siempre, los Galperin de la vida, los que especulan. En eso mi abuela no se equivocaba: “la plata llama a la plata”, es así. Y en esa vamos, sin lugar adonde ir, sin épica ni ilusión, en una época triste y ansiosa —con quien hables sufre alguno de estos padecimientos, de uno o de ambos—.

Hay cierta hidalguía en la idea del presente y el valor de la representación de aquellos que vamos en ese tren, de una punta a otra, tratando de salir adelante, cargando sueños individuales, colectivos y expectativas. Quizás estamos llamando a un gato con silbidos, esperando que el futuro llegue sin hacer nada en el presente. ¿Pero la cuestión es qué hacemos? Quizás haya que empezar con un buen diagnóstico y es simple y claro: nos quedamos todos afuera del reparto, y quizás sea ese el valor más poderoso que tenemos, la autoidentificación de ese vagón heterogéneo, cansado, escéptico, con malestar físico y mental, harto. A lo mejor no hay que comparar miserias entre nosotros y mirar enfrente, a los que el sistema siempre protege.

El tren llega a La Plata casi imperceptible al oído, hasta que se detiene y cientos de personas descienden en la estación final. Caminan hacia los molinetes y forman una marea humana que, en un instante, se disipa hacia la ciudad, cada uno a su jornada, sabiendo que al final del día la misma máquina nos devuelve a casa. Hay algo unificador en ese retorno: una coincidencia, un amontonamiento, una clase y, ojalá, una conciencia.

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