En tiempos en donde una parte de la Argentina vitorea una supuesta victoria moral al condenar la “corrupción” es llamativo recordar cómo en 1955 una facción de las fuerzas armadas atacó a su propio pueblo para a posteriori derrocar el gobierno democrático de Juan Domingo Perón.
Bien sabemos que los poderes concentrados tienen diversas maneras de conspirar en contra de algo o alguien, y si bien a día de hoy aún vemos conflictos bélicos a lo largo del mundo, esta quizás es una herramienta que se utiliza cuando el poder blando no surte efecto.
Si bien parece lejano, hace no tantos años (49) recordamos y ejercemos memoria sobre el último golpe cívico militar (por cercanía, alevosía, etc), pero poco recordamos en medios de comunicación, actividades educativas de todos los niveles u otros espacios sobre el inicio de las tríadas dictatoriales en Argentina, que le dio curso al sí recordado Proceso de Reorganización Nacional.
Tal vez se pueda tratar de un error de reconstrucción de memoria democrática, o tal vez exista una presión desconocida de sectores que necesitaran que a la historia le falten patas; como sea, una historia está mal contada si le falta el origen.
Por supuesto que no podemos elegir narrar que antes del gobierno de Juan Domingo Perón la Argentina era una armonía constante que se cortó en 1955, pero lo cierto es que, de mínima, tras la independencia en 1810, la guerra civil entre unitarios y federales, el agotado modelo agroexportador y la década infame, la Argentina había encontrado un largo curso democrático elegido con un alto nivel de adhesión popular en dos ocasiones consecutivas, en un modelo social y económico que favorecía con trabajo y participación salarial a la población.
Esto último es mencionado para contrastar con los 40 años de modelo agroexportador muchas veces reivindicado por los técnicos de la economía que olvidan que esta es una ciencia social hecha para pensar una sociedad, y que, si para que ésta funcione se necesita tener más del 50% de la población afuera del circuito de la vida digna, entonces su ciencia no sirve para nada.
Como sea, y pudiendo recaer varias veces en el presente (fíjese el aniquilamiento social que el gobierno actual hace para cerrar un superávit fiscal que no se sostiene con un mecanismo prolongable en el tiempo, o el mecanismo de poder blando que se activó mediante el proceso judicial a Cristina Fernandez de Kirchner desde la asunción de Mauricio Macri y la designación de jueces a dedo), hace algunos años una facción de poder concentrado activó un mecanismo de poder duro para poder derrocar al mencionado gobierno de Perón, cortando entonces el proceso de cierta armonía electoral y social, (porque el conflicto nunca cesa) e iniciando un proceso de violencia en la Argentina que finalizará en una amnesia social luego de lo sucedido entre 1976 y 1983.
Concretamente , el 16 de junio de 1955, un sector de la Marina de guerra de Argentina, la Armada y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con 14 toneladas de explosivos, junto a sectores opositores como la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista y el Partido Conservador, quienes fueron los autores intelectual del golpe. El atentado dejó un saldo de más de 350 muertes de civiles -ya que fue un día hábil, a plena luz del mediodía-, y la advertencia al presidente de que la presión estaba instalada, y los hechos podían conducir a una nueva guerra civil.
De hecho, este fue el argumento por el cual Perón terminó cediendo el poder, recordando sus vivencias en la guerra civil de España, por su puesto como espectador, y mediante la famosa frase “entre la sangre y el tiempo, elijo el tiempo”, aunque, lastimosamente, terminaron siendo tanto el tiempo como la sangre las que eligieron los conspiradores: 18 años de proscripción al Partido Justicialista, a las ideas de Perón, y como ya se mencionó antes, una tríada de dictaduras que no frenaron hasta desembocar en la más sanguinaria conducida por Jorge Rafael Videla.
Entre medio, los fusilamientos de Jose Léon Suarez ante el levantamiento de los sectores de las fuerzas armadas peronistas, el represivo gobierno de Onganía que sucedió a la revolución Libertadora, la Triple A como consecuencia de un inminente clima social ya caldeado y el desenlace final en 1976. Todo esto, hijo de un bombardeo anti ético, anti humano y cargado de la mayor mezquindad que puede poseer una facción social y política, pero, recordada con poca altura entendiendo los efectos que generó en un pueblo que aún no puede sanar esa herida.
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