Las mujeres de la Revolución 

Las mujeres de la Revolución 

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Aunque la historia tradicional ha destacado mayormente a los hombres de la Revolución de Mayo, las mujeres jugaron un papel crucial en la lucha por la independencia, apoyando la causa con recursos, organización y participación activa. Estas mujeres, muchas de ellas pertenecientes a la élite porteña, donaron sus joyas para financiar la compra de fusiles y equipamiento para el ejército, contribuyeron en la confección de uniformes, actuaron como enfermeras y promovieron el sentimiento patriótico en la sociedad. 

“Se levanta de la faz
de la tierra una nueva
y gloriosa nación”

Himno de la Nación 

Las mujeres de la revolución fueron un grupo de damas que desempeñaron un papel clave en este momento de la historia argentina y en la lucha por la independencia. Su contribución fue tanto económica como logística, ayudando a sostener el movimiento revolucionario en un momento en que el Virreinato del Río de la Plata enfrentaba una grave crisis financiera. 

El 30 de mayo de 1812, catorce mujeres de la sociedad porteña donaron dinero para comprar fusiles, ya que el Estado no podía costear las armas necesarias para el Ejército Libertador, cada uno de los fusiles llevaba el nombre de la donante, como símbolo de su compromiso con la independencia. 

Las mujeres de la patria

La Primera Junta estaba compuesta solamente por hombres, las mujeres no podían participar de la política porque su ámbito era el privado, el doméstico, y se mantuvo de esa manera por más de un siglo. Apenas unas pocas pudieron influir de alguna manera, simplemente por ser las esposas de los revolucionarios. En sus casas, tanto las mujeres como los hombres discutían temas teóricos, políticos e ideológicos. 

Aunque su lugar no era solamente el de esposas y madres al cuidado del hogar, sino que a lo largo y ancho de las Provincias Unidas del Río de la Plata permanecieron en el frente de las batallas en numerosos combates, así como también fueron enfermeras que auxiliaban a los heridos, o aquellas espías que se metían en las narices del enemigo.

Desde ser líderes en el campo de batalla, aportar con el espionaje y la resistencia, brindar apoyo logístico, participación en la reconquista o difusión de las ideas revolucionarias, estas mujeres como muchas otras, contribuyeron de manera decisiva en la independencia, desafiando los roles impuestos por la sociedad de esa época. 

María Remedios del Valle: La madre de la Patria

 Fue una figura clave en la Revolución de Mayo. Afrodescendiente y luchadora incansable, se unió al ejército patriota liderado por Manuel Belgrano, junto a su esposo e hijos. Desempeñó los roles de enfermera y combatiente, enfrentadose a la discriminación racial y a las brutalidades de la guerra. 

Su valentía le valió el reconocimiento de Belgrano, quien la nombró Capitana del Ejército. Sin embargo, tras la derrota de Ayohúma, fue capturada por los realistas y sufrió nueve días de azotes como castigo por ayudar a los patriotas. A pesar de esto, logró escapar y reincorporarse a la lucha. 

Mariquita Sánchez de Thompson: Defensora y estratega

Fue una de las principales anfitrionas y participante de reuniones políticas cruciales durante la Revolución de Mayo. Su salón se convirtió en el epicentro de discusiones y estrategias que resultaron ser esenciales para la independencia. En su salón se cantó por primera vez la Marcha Patriótica, que luego se convirtió en el Himno Nacional Argentino. 

Desafío las normas sociales de la época, abriendo la puerta para la participación femenina en la lucha revolucionaria. Su valentía y determinación la convirtieron una figura influyente en la historia Argentina. 

Juana Azurduy: Flor del alto Perú

 Fue una líder valiente en la lucha contra el imperio español. Junto a su esposo, formó parte de los ejércitos populares que ayudaron a establecer la junta de gobierno. En 1816, Belgrano la nombró Teniente Coronel, entregándole su propio sable en reconocimiento a su valentía. 

Durante la lucha, perdió a su esposo y a varios de sus hijos, pero continuó combatiendo. En 1825, Simón Bolívar la ascendió a Coronel y le otorgó una pensión, y pese a que vivió sus últimos años en la pobreza, dejó un legado imborrable en la causa independentista. 

 Macacha Güemes: La madre del Pobrerío 

Hermana de Martín Güemes, fue una figura vital en la gesta independentista. Desempeñó tareas militares y organizativas, auxiliando a los heridos y realizando misiones de espionaje. Desde el inicio de la lucha, convirtió su casa en un taller de confección de uniformes para los soldados y participó activamente en la organización de defensa contra los realistas. 

Su influencia en la organización de milicias y en la estrategia de guerrillas fue fundamental para la independencia. Continuó participando en la política de Salta después de la muerte de su hermano en 1832, demostrando su habilidad y compromiso con la causa federal. 

Ana Riglos: Facilitadora y apoyo

 Fue una figura significativa en la Revolución de Mayo. Su casa fue un centro de reuniones para los revolucionarios, y su apoyo emocional y logístico fue crucial para José de San Martín. Apoyó la Expedición Auxiliadora al Alto Perú donando sus joyas y recursos para la compra de uniformes, alimentos y armas. 

En 1810, junto con otras mujeres patriotas, se presentó ante Cornelio Saavedra para incitarlo a avanzar con la revolución. Aunque no participó directamente en las batallas, su papel como facilitadora y apoyo a los líderes revolucionarios fue esencial para el éxito de la causa independentista. 

Remedios de Escalada

Después de casarse con José de San Martín en 1812 consolidó su papel en la causa patriótica. En Mendoza, apoyó la organización del Ejército de los Andes, promoviendo la recaudación de fondos y convenciendo a familias influyentes para que contribuyeran a la campaña sanmartiniana. 

A pesar de ser una mujer de la sociedad porteña, participó en la causa patriótica, apoyando a su esposo en la lucha por la independencia. Aunque su rol fue indirecto, también fue significativo en la historia de la revolución. 

Casilda Igarzábal: La mujer que convenció a Saavedra 

  Siendo miembro de una de las familias patricias de la época, tuvo un rol clave en la Revolución de Mayo de 1810. Igarzábal junto con otro grupo de damas de la élite le recordaron a Cornelio Saavedra la importancia de continuar con el plan de la emancipación continental. 

Fue socia fundadora de la Sociedad de Beneficencia organizada por Bernardino Rivadavia. Presidida por Mercedes Pásala. Está institución se encargó de las instituciones de bien público destinadas a mujeres y niños. 

Martina Céspedes: La pulpera extraordinaria

Propietaria de una pulpería ubicada en el Barrio de San Telmo. Durante las invasiones recibió en su negocio la visita de doce soldados ingleses. Con la ayuda de sus tres hijas los capturó, y luego de alimentarlos y emborracharlos en el sótano, días más tarde se los entrego a Liniers. 

Fue nombrada sargento mayor del ejército, con derecho a sueldo correspondiente y el uso de uniforme, para ese momento ya la conocían como “La mayoría”.

Manuela Pedraza: La tucumanesa

Valiente heroína que luchó en la reconquista de Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Tras la muerte de su esposo en pleno combate tomó su fusil y siguió peleando, demostrando coraje y determinación.

Su valentía le valió el reconocimiento de Santiago Liniers, comandante de las fuerzas de Buenos Aires, quien la declaró heroína distinguida, otorgándole el grado de alférez.

 El legado invisibilizado

A lo largo de la historia el rol de las mujeres en la lucha de la Revolución de Mayo de 1810 ha sido minimizado y hasta ignorado. Sin embargo, varias de estas figuras fueron fundamentales para llevar adelante todo el proceso independentista. 

Desde organizaciones de tertulias revolucionarias en Buenos Aires, hasta la recaudación de fondos y la participación directa en el campo de batalla en el norte del país, su influencia fue clave para consolidar el movimiento patriota. Lejos de ser unas meras figuras revolucionarias, estas mujeres mostraron una capacidad de liderazgo y compromiso para sostener la Revolución. 

A pesar de las adversidades impuestas por una sociedad que relegaba a las mujeres al ámbito doméstico, ellas lograron imponerse y marcar un camino de participación activa en la construcción de la Nación.


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Memorias de fin de mayo; hoy, hace 215 años

Memorias de fin de mayo; hoy, hace 215 años

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Oficialmente se gritó independencia en 1816, pero los procesos de liberación no se dan de la noche a la mañana. Incluso desde antes de la semana de mayo, el mundo fue conspirando en favor de la independencia del continente, pero nada hubiese sucedido sin la voluntad y firmeza que los libertadores tuvieron durante esa semana.

Si bien la semana se ordena de esa manera ya que, el 18 de mayo por la noche sucedió la reunión que definiría la decisión de pedir un cabildo abierto, se podría decir que cuatro días antes, el 14 específicamente, se abrió la primera posibilidad real para concretar esa chispa independentista que se había encendido tras la defensa del pueblo a las invasiones inglesas en 1906 y 1907, y, precisamente, llegó mediante un barco ni más ni menos que británico, que encalló en las costas del Río de La Plata con la inminente noticia de que la gesta Napoléonica había alcanzado al reino de España. De esta manera, la oleada revolucionaria francesa -que curiosamente se situó luego como el otro gran enemigo de las provincias unidas- llegaría hasta América del Sur, en donde varios generales con vocación independentista planeaban la emancipación a lo largo del continente.

Como se mencionó anteriormente, durante la noche del 18 de mayo se reunieron en la casa de Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Juan José Paso, Antonio Luis Beruti, Eustoqui Díaz Velez, Feliciano Antonio Chiclana, José Darragueira, Martín Jacobo Thompson, y Juan José Viamonte, entre otros. Allí tomaron la firme decisión de exigirle a Baltasar Hidalgo de Cisneros, virrey del Río de La Plata impuesto por el rey Fernando VII, un cabildo abierto para redefinir la situación del continente ante la caída del imperio que lo controlaba.

Los días anteriores, tras la divulgación de la noticia, estuvieron cargados de participación política ciudadana, por supuesto a escondidas, pero se resalta que era el tema de debate en los cafés porteños, entre otros lugares de reunión pública. Cisneros quiso instalar una mala imagen a los independentistas que trataba de “divisores”, al mismo tiempo que pretendía formar un régimen continental pese a que no existiese un poder superior desde el viejo continente. Sin embargo, la voluntad mayoritaria ya era otra en el territorio rioplatense. Castelli y Rodriguez se entrevistarían entonces con Cisneros. 

Por la mañana del sábado 19 Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano intimaron al alcalde Lezica con la necesidad del cabildo abierto, mientras que Castelli y Rodríguez hicieron lo propio ante el virrey. La solicitada debió ser repetida el domingo 20, cuando este intentó resistirse a la idea, alegando que aún tenía legitimidad popular, pero ante la firmeza de Rodríguez, Cisneros se resignó: “Ya que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran”. Cabe destacar que por la mañana el virrey le había pedido apoyo a los jefes militares, pero estos se negaron. En criollo, perdió la calle.

Si bien el cabildo había sido pensado para el 22, el 21 por la mañana, lo que hoy sería una sesión ordinaria en el Congreso, debió ser interrumpido ante la aparición de la Legión Infernal, un grupo de más de 600 hombres conducidos por Domingo French y Antonio Luis Beruti, quienes pedían que se concrete el cabildo abierto. La vocación revolucionaria era concreta.

El ansiado cabildo abierto inició entonces en las primeras horas del martes 22, con una concurrencia de poco más de la mitad de los invitados. Entre los 251 asistentes se discutía si el virrey Cisneros tenía o no legitimidad. Mientras el Obispo Lué alegó que “mientras haya un español en América se le debía obediencia a la corona”, Juan José Castelli lo cruzó asegurando que el poder real había caducado, y que el pueblo podía formar un gobierno. Tras este discurso no quedaron dudas: no había tiempo que perder, había que formar urgentemente una junta de gobierno.

Casi todos coincidían en que Cisneros no tenía legitimidad, pero el debate que atascaba el próximo paso era como elegir un nuevo representante. Castelli proponía que lo eligiera el pueblo a través del voto, pero Cornelio Saavedra, jefe de los patricios, creía que era mejor que lo eligiese el Cabildo, en donde muchos eran pro virrey.

Al día siguiente, tras las votaciones, el documento esgrimido por el cabildo fue contundente: “hecha la regulación con el más prolijo examen resulta de ella que el Excmo. Señor Virrey debe cesar en el mando y recae éste provisoriamente en el Excmo. Cabildo (…) hasta la erección de una Junta que ha de formar el mismo Excmo. Cabildo, en la manera que estime conveniente”.  La revolución era inminente.

Sin embargo, para el 24 el cabildo designó una junta armada por el mismo virrey, con cuatro integrantes, en donde solo dos eran criollos: Castelli y Saavedra. La medida provocó un nivel de hartazgo ya sin retorno en los pobladores, pero también en los propios generales. Mientras que Castelli y Saavedra renunciaron inmediatamente a su cargo designado, Manuel Belgrano aseguró que haría renunciar al virrey de una vez por todas. “Juro a la patria y a mis compañeros, que sí a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese renunciado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas”. Dicho lo dicho, por la noche una junta designada por el propio Belgrano se acercó directamente a la casa de Cisneros, y logró el cometido.

25 por la mañana; olor a tierra mojada y principios de independencia

En medio de una aparente lluvia mediada por el típico frío otoñal, la mañana del 25 se fue conformando frente al cabildo por vecinos y milicianos que acompañaron el espíritu combativo de Beruti y French, quienes encabezaron aquella primera vigilia del día. La escena era decorada por las ya tradicionales cintas celeste y blancas que se había utilizado en la defensa hacia las invasiones inglesas, y que, una semana antes Casilda Igarzabal, Eusebia Lasala, Angela Castelli e Isabel Agrelo habían promocionado para impulsar a Saavedra a no retroceder en la búsqueda de la independencia.

Los ánimos se devaluaron tras una nueva estrategia de los cabildenses, que le hicieron saber a Saavedra que no podían mantener la junta del 24 ya que las tropas no los apoyarían. La poblada comenzó a retirarse a sus casas, y, en un respiro de confianza, el síndico del cabildo salió a provocar: “¿Dónde está el pueblo?”, enarboló por el balcón del cabildo. Fue la gota que rebalsó el vaso. French y Beruti arremetieron la sala capitular con algunos infernales: “Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces, si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toque la campana y si es que no tiene badajo nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto, señores decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada”. 

Tras esta declaración se conformó la nueva junta: Cornelio Saavedra era el presidente; Mariano Moreno y Juan José Paso secretarios; y Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el militar Miguel de Azcuénaga, el sacerdote Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu eran los vocales. Comenzaba una nueva etapa de nuestra historia.

“Con las más repetidas instancias, solicité al tiempo del recibimiento se me excuse de aquel nuevo empleo, no sólo por falta de experiencia y de luces para desempeñarlo, sino también porque habiendo dado tan públicamente la cara en la revolución de aquellos días no quería se creyese había tenido particular interés en adquirir empleos y honores por aquel medio. Por política fue preciso cubrir a la junta con el manto del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos”, explicó Saavedra sobre la delicada situación política y de legitimidad en la que se encontraba el mando tras la destitución de Cisneros.

Si bien esta era la voluntad popular, la independencia como tal no era un hecho, y aún había que cuidarse del imperio español. Por eso se utilizó hasta la independencia definitiva en 1916 la llamada “Máscara de Fernando VII”, ya que, durante este período, los revolucionarios eligieron el tiempo. El resto es historia ya conocida.

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