Aliados de Rusia en África, Asia, Europa, Latinoamérica y el Pacífico

Aliados de Rusia en África, Asia, Europa, Latinoamérica y el Pacífico

TIEMPO DE LECTURA: 9 min.

Pasó una semana del llamado conflicto Rusia-Ucrania. Mientras el mundo occidental y occidentalizado demoniza a Moscú, el presidente ruso Putin cuenta con aliados en algunas partes del mundo. Más allá de una alianza gigante con China, en tierras latinoamericanas, africanas y asiáticas halló algunos apoyos.

Los grandes medios occidentales y sus satélites engendraron la quimera de “Todos contra Rusia” para apoyar al régimen filoyanqui y europeísta de Volodomir Zelenski en Ucrania. La opinión pública mundial debe ser adoctrinada con el objetivo de aislar a Putin, el “malo de la película”. No se trata de “buenos”, “feos” y “malos”, sino de analizar lo que viene en el orden internacional. Para algunos Rusia pateó el tablero en Ucrania. Poniendo los puntos a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es todo un clímax. Eso no se puede negar. Hasta China quedó casi como asombrada por la operación militar rusa en Ucrania. Vienen los recuerdos de Taiwán, y sabe que Occidente le va a reclamar por los casos de los uigures separatistas de Xinjinag o el famoso contencioso del Tíbet. Pero China ha dicho que ni Xinjiang, ni el Tíbet y mucho menos Taiwán son Ucrania. Pekín se ha puesto del lado ruso y hasta lo ha auxiliado económica ante las duras sanciones occidentales.

Rusia no sólo se sirve de la alianza con Pekín. En Europa aún tiene sus aliados. Todos ya saben que el gobierno de Alexander Lukashenko de Bielorrusia es aliado primordial de Moscú. Los es desde 1994, cuando Lukashenko se erigió como máximo líder del país europeo. De hecho, Minsk, capital bielorrusa, fue la sede de los llamados “Acuerdos de Minsk” que Zelenski nunca cumplió para detener los ataques de Kiev sobre las poblaciones rusoparlantes en Donbás.

Ucrania ha acusado directamente a Bielorrusia de “facilitar” la “invasión rusa”, según las palabras que ha utilizado el embajador ucraniano ante las Naciones Unidas (ONU), Sergii Kislitsia. Estados Unidos anunció a fines de febrero el cierre de su embajada en Minsk y autorizó la salida de sus trabajadores y familiares. Por su parte, Minsk cedió la región de Gomel para las negociaciones entre rusos y ucranianos.

En Europa, Rusia aún tiene como aliado a Serbia. El caso serbio es muy singular. Todavía Serbia sufre al separatismo nacionalista derechista de los albano-kosovares, apoyados por Estados Unidos, y Rusia siempre se puso del lado de Belgrado, capital del país balcánico, argumentando que defiende “el derecho a la integridad del territorio serbio”.

Venezuela bolivariana siempre aliada a Rusia, uniendo fuerzas antiestadounidenses.

Kosovo, que se independizó con ayuda yanqui de Serbia en 2008 y cuya soberanía no reconocen ni Belgrado ni Moscú. Pero parece ser que el accionar ruso lo ha cambiado todo. Según algunos analistas regionales, Rusia podría incitar ahora a sus aliados serbios en Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Kosovo a provocar “desórdenes”. Por ejemplo, Croacia ha elevado el estado de alerta de su Ejército ante el temor de que la crisis de Ucrania pueda desestabilizar los Balcanes.

Moldavia no es un país de Europa que apoye a Moscú. Pero tiene un conflicto con filorrusos en su parte oriental, en la frontera con… Ucrania. Durante las últimas tres décadas, Rusia ha respaldado un régimen prorruso en la región disidente de Moldavia, llamada Transnistria. La Moldavia propiamente dicha en el oeste, también conocida por aquellos lares como la Moldavia “rumana” o Besarabia, tiene casi más de 2 millones de habitantes. Hace 30 años, Transnistria se independizó de facto. Moscú facilitó esta independencia con sus tanques y aparatos y ahora hay 2000 soldados rusos estacionados en Transnistria para “mantener el orden”.

Saliendo del mapa europeo, Rusia tiene sus aliados más firmes en Asia central. Hay una entidad que se llama Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC), una especie de alianza de antiguas naciones soviéticas liderada por Rusia. Moscú y sus amigos bielorrusos lograron formar esta alianza con Armenia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, y fue concebida como una unión para contrarrestar las amenazas militares externas.

El origen de la OTSC se remonta a 1991, en pleno final de la Guerra Fría. Ese año se disolvió el Pacto de Varsovia, la alianza militar de la Unión Soviética y otras repúblicas socialistas del este de Europa que se creó en 1954-1955 para luchar contra la OTAN. La caída del mundo soviético obligó a Rusia a impulsar otra organización que garantizara su influencia en el espacio postsoviético. Solo un año después, en 1992, se firmó el “Tratado de Seguridad Colectiva”, con una vigencia de cinco años ampliables. Tras una prórroga en 1999, los Estados miembros acordaron en 2002 institucionalizar una organización permanente, la OTSC.

El nacimiento de la OTSC permitió a Rusia instalar bases militares en los demás países de la organización y vetar el establecimiento de bases extranjeras en estos territorios. De esta manera, Moscú evitó que sus socios entablaran alianzas militares con Estados Unidos. Además, el Tratado de la OTSC estableció un principio de seguridad colectiva parecido al de la OTAN. De hecho, su “artículo 4to” determina que una agresión contra un Estado de la alianza se considerará un ataque contra todos sus miembros.

Desde su creación, la OTSC ha estrechado lazos con la “Comunidad de Estados Independientes”, otra organización de Estados postsoviéticos liderada por Rusia. También con la Organización de Cooperación de Shanghái, que incluye a Rusia, cuatro repúblicas centroasiáticas, China, India y Pakistán, en línea con la apuesta rusa por reforzar las relaciones con las principales potencias de Asia. Además, la OTSC colabora con la ONU, la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) o el Comité Internacional de la Cruz Roja en materia humanitaria.

Pero la OTSC es medio vacilante. En 2010, Kirguistán solicitó la intervención de la alianza para frenar la oleada de violencia, pero Rusia denegó la ayuda, calificando la situación como de “asunto interno”. La llamada segunda guerra del Alto Karabaj (2020) entre Armenia y Azerbaiyán supuso otro desafío para la OTSC, que no actuó en apoyo a las fuerzas armenias, históricas aliadas a Moscú. La organización tampoco intervino en el conflicto fronterizo (2021) entre Kirguistán y Tayikistán, dos Estados miembros, ya que carece de competencias en conflictos entre países aliados. Pero sí hubo un primer despliegue conjunto de tropas de la OTSC en el último enero de 2022, con la crisis de Kazajistán. El presidente kazajo, Kasim-Yomart Tokaev, solicitó ayuda a la alianza para poner fin a disturbios en el país y Rusia no dudó en ayudar. Pero los rusos se fueron a casa.

Por tierras africanas tenemos algunas cuestiones que analizar. Rusia ha ganado terreno en África de alguna manera. Tiene una alianza comercial muy vigorosa con Sudáfrica, en el marco del llamado BRICS (Brasil-Rusia-India-China-Sudáfrica). El gobierno sudafricano pidió por la paz en Europa, pero luego le dijo a Rusia que salga de Ucrania.

El principal aliado africano de Rusia es Egipto. En octubre de 2019, el presidente Vladimir Putin organizó una cumbre en Sochi entre Moscú y los países africanos. Fue el egipcio Abdel Fattah al-Sisi quien encabezó este encuentro, junto al líder ruso, en el que se acabaron firmando más de 500 acuerdos, memorandos y contratos por valor de 11.300 millones de euros entre Rusia y más de 40 gobiernos africanos. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rusia ha triplicado sus intercambios comerciales con el continente en apenas una década, pero principalmente en los últimos tres años. Sus principales socios son Egipto, Marruecos, Argelia y Túnez. En materia de seguridad, Moscú obtuvo garantías para establecer bases militares en Egipto, República Centroafricana, Eritrea, Madagascar, Mozambique y Sudán. Todos estos países solo atinaron a clamar por la “paz mundial”, pero sin herir susceptibilidades del Oso Misha.

Viajando a Asia, el caso de la alianza con la República Árabe Siria es ya de público conocimiento. El gobierno de Bashar Al Asad es un aliado de Rusia, ya que Moscú ayuda mucho en sus batallas contra el Daesh y otros grupos terroristas financiados por Occidente. De hecho, Siria ha reconocido abiertamente la independencia de las dos provincias separatistas del Donbás. Desde 2015, Moscú interviene militarmente en Siria en favor del Al Asad. Tampoco olvidemos la alianza entre Moscú y la República Islámica de Irán. Eso es otro hueso duro de roer para Occidente.

Siria y Rusia unidas contra EEUU y la OTAN desde 2015.

En el este de Asia, tenemos también a la República Popular Democrática de Corea (RPDC), un aliado de Rusia siempre. Dura alianza para digerir en el esófago de los imperialistas.

Hacia la zona del Pacífico tenemos casos muy singulares. Filipinas coquetea con Rusia. Pero pocos saben que los países de Oceanía de Vanuatu, Tuvalu y Nauru son amigos de Rusia. De hecho, en el 2008-2009 avalaron las acciones militares rusas en Abjasia y Osetia del Sur, en Georgia. Estos países oceánicos corrieron a reconocer como países independientes a estas dos regiones rusoparlantes y se les otorgó reconocimiento diplomático.

Hay que aclarar que Vanuatu, Tuvalu y Nauru han concretado jugosos acuerdos comerciales con Rusia, pero se declararon como “neutrales” ante los casos de Crimea y Ucrania.

Por último, tenemos a América Latina. Cuba, Venezuela y Nicaragua son los países que abiertamente son aliados de Rusia. En 2014, el presidente nicaragüense Daniel Ortega incluso se apresuró a respaldar, oficiosamente también, a los rusoparlantes de Crimea, donde mandó establecer un consulado. “El presidente Putin ha dado un paso. Ha reconocido a unas repúblicas que, desde el golpe de Estado de 2014, no reconocieron a los gobiernos golpistas de Ucrania y establecieron su Gobierno, dando la batalla”, manifestó Ortega en un acto oficial.

Nicaragua y Rusia tienen una alianza firme y que apunta a socavar la influencia estadounidense.

Asimismo, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que agradeció a través de su cuenta en la red social Twitter el apoyo de China, Cuba y Rusia en la inmunización contra el covid-19 de la población venezolana, se ha aliado con el presidente de Putin en contra de Estados Unidos y ha mostrado su apoyo al presidente Putin y a su pueblo. “Desde Venezuela repudiamos los planes perversos que pretenden rodear militar y estratégicamente a Rusia”, expresaba Maduro en internet. “Estamos seguros de que Rusia saldrá unida y victoriosa de esta batalla, con la admiración de los pueblos valientes del mundo”, añadía.

Por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba manifestó en un comunicado que el gobierno de Estados Unidos lleva semanas amenazando a Rusia y “manipulando a la comunidad internacional sobre los peligros de una inminente invasión masiva a Ucrania”, de acuerdo con lo que recogía el Ejecutivo en dicho documento, que se puede consultar a través del sitio web oficial del Minrex. Así, Cuba alertaba de lo peligroso de una campaña “propagandística antirrusa” y pedía que la intervención de las potencias internacionales cesase para garantizar “la paz y la seguridad”.

Cierto que no son muchos los países del orden mundial los que son aliados o amigos del gobierno de Putin. Pero son los que tienen las agallas para no sólo enfrentar al poderío estadounidense, sino para también denunciarlo frente a un mundo embriagado por las mentiras de las “fake news”, las redes sociales y el visceral discurso antirruso.

Mauricio Piñero
Mauricio Piñero

Cuentan las crónicas que nació como el hijo de nadie. Luchando por la Patria Grande, como Internacionalista y antiimperialista. Tripero de alma y cuerpo, siempre junto a la patriada barrial. La historia descolonizada es mi pasión como docente de la Escuela Pública y de los barrios. Las noticias sobre los pueblos que luchan como forma de viajar hacia una verdadera justicia social global.

Tuvalu bajo agua

Tuvalu bajo agua

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La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) se celebra desde el 31 de octubre. Tiene su fin el 12 de noviembre de 2021 en Glasgow (Reino Unido). La COP26 tiene como objetivo acordar y acelerar la acción sobre el Acuerdo de París y establecer los nuevos objetivos climáticos para los próximos años. Los jefes de estado de 197 países asistirán a la cumbre, junto con varios expertos y activistas en cambio climático. Pero, todas las palabrerías, pocos hechos. Sin embargo, Tuvalu fue original para protestar.

El ministro de Relaciones Exteriores de Tuvalu filmó un discurso para la conferencia de cambio climático de la ONU en Glasgow, la COP26, metido en el mar con el agua hasta las rodillas, para mostrar como su nación insular del Pacífico está en la primera línea del cambio climático. Las imágenes de Simon Kofe de pie ante un atril instalado en el mar, con traje y corbata y los pantalones remangados, han sido muy compartidas en redes sociales, llevando la atención a la lucha de Tuvalu contra la subida del nivel del mar.

El video fue grabado por la cadena pública TVBC en el extremo de Fongafale, el principal islote de la capital, Funafuti, según un funcionario del gobierno de Tuvalu, un país de la Polinesia, ex colonia británica hasta el 1° de octubre de 1978. No obstante, Tuvalu pertenece a la Mancomunidad Británica de Naciones y la jefa de Estado del país es la reina Isabel II de Inglaterra. Tuvalu tiene más 11.000 habitantes, usa el Dólar local, pero también el Dólar de Australia, y vive de ayudas económicas de Australia, Nueva Zelanda y lo que le manda Londres de vez en cuando. El turismo está allí para salvar la situación, pero na llena las arcas del Estado. El primer ministro Kausea Natano, un socialdemócrata y del “partido verde” local, es un activista en contra del cambio climática y desde que asumió en 2019 ha pedido a los países insulares de Oceanía que se le unan en la batalla contra la crisis global del medio ambiente. Gracias a esta militancia ecologicista de Natano, los líderes de las islas del Pacífico han exigido una acción inmediata, señalando que está en juego la supervivencia de sus países bajos. El mar se los devorará si el planeta se sigue calentando.

Buena parte de la comunidad científica coincide en que el nivel del mar puede subir alrededor de medio metro en los próximos 100 años. Así, con una altura máxima de cinco metros, las islas de Tuvalu se verán afectadas, pero parece que no deberían desaparecer por completo. Sin embargo, otros fenómenos climáticos consecuencia del calentamiento global podrían darle la puntilla a este país. Por ejemplo, los vientos alisios, que circulan entre los trópicos y hacia el Ecuador, han venido intensificándose desde principios de la década de 1990 como causa del ascenso de las temperaturas. Dichos vientos, unidos a cambios semipermanentes en la presión atmosférica, influyen directamente en el nivel del mar, llegando a multiplicar los niveles medios hasta por tres. La zona donde más anomalías se han registrado hasta la fecha es, precisamente, la Polinesia. Sin montañas ni grandes masas forestales, el clima de Tuvalu depende por completo del océano Pacífico. Por ello, este archipiélago sufre más que cualquier otro lugar las consecuencias de los fenómenos El Niño y La Niña.

Tuvalu es una de las tantas micronaciones insulares de la Polinesia de Oceanía.

Debido al cambio climático y a la progresiva subida del nivel del mar, su terreno va decreciendo, las playas de estas islas tienden a su desaparición. Producto de la sal marina y de los corales los cultivos  se arruinan. Tuvalu se hunde. Pide ayuda para que el país pueda sobrevivir a la catástrofe que parece irreparable. Se está intentando reubicar su población, pero la cosa va mal, muy mal. Natano lo sabe y exige.

Entre la población de Tuvalu hay quien ya se está marchando, pero otros se resisten a abandonar sus hogares. Aunque se ha descartado abandonar las islas, la realidad es que el país insular de Fiyi ha ofrecido al gobierno de Natano alrededor de 1.200 kilómetros al sur para reubicarse, mientras que en Australia les darían la ciudadanía plena si les ceden los derechos de pesca en sus islas. Otras ideas que se barajan es construir un muro marino para proteger el centro administrativo de la capital. Las obras ya han comenzado y está financiado por las Naciones Unidas (ONU). Además, Natano tiene un plan para dragar y recuperar tierras en el sur de Fongafale, elevar la tierra a 10 metros sobre el nivel del mar y construir viviendas de alta densidad. Es un plan que costaría 300 millones de dólares y que hasta ahora no tiene fondos. Otra opción que tienen en mente es construir una isla flotante.

El panorama es preocupante. El Acuerdo de Glasgow de la COP26 reconoce que el mundo debería aspirar a limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados, pero es débil en cuanto al dinero para las naciones en desarrollo.Desde la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, celebrada en 1979, se han celebrado varias reuniones internacionales para abordar el calentamiento global. A pesar de las numerosas promesas sobre el clima, los cambios políticos significativos han sido escasos, mientras que las temperaturas han seguido aumentando. El capitalismo sigue dañando al planeta.

Mauricio Piñero
Mauricio Piñero

Cuentan las crónicas que nació como el hijo de nadie. Luchando por la Patria Grande, como Internacionalista y antiimperialista. Tripero de alma y cuerpo, siempre junto a la patriada barrial. La historia descolonizada es mi pasión como docente de la Escuela Pública y de los barrios. Las noticias sobre los pueblos que luchan como forma de viajar hacia una verdadera justicia social global.

Oceanía, la otra historia humana a descolonizar

Oceanía, la otra historia humana a descolonizar

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Como ha pasado con las tierras de África, el Oriente Medio, el Indostán, Asia Central, Asia Oriental y las Américas, la historia colonial ha impuesto su versión oficial sobre el pasado de las culturas de Oceanía. Se la ha colocado como parte de una historia apéndice del mundo colonial, imponiendo la idea de que los oceánicos “ingresaron” a la historia universal cuando llegaron los “civilizados” europeos blancos.

Poco han sido los historiadores occidentales los que se preocuparon de la antigua Oceanía. Fue más bien la Antropología la que se preocupó de Oceanía originaria, desde el lado de la Etnología básicamente, con estudios muy interesantes que sacaron a la luz el pasado del continente olvidado. La Arqueología también hizo lo suyo en Australia y Nueva Guinea, como así también en Nueva Zelanda y la Isla de Pascua, desenterrando el pasado de los aborígenes.

Desde 1945 se produjo un creciente interés en la epistemología, la teoría y la metodología de la arqueología. Este interés se dio tanto en Gran Bretaña y en la llamada “nueva arqueología” más allá de las fronteras de Estados Unidos. Los nuevos trabajos arqueológicos llegaron tanto en China como en la Unión Soviética y luego en las jóvenes naciones tras la era de la descolonización en el Tercer Mundo.  En los tiempos de la llamada Guerra Fría (1945-1989) la arqueología y la antropología han crecido con nuevos hallazgos y también nuevas metodologías. Las modernas dataciones de los hallazgos se fueron perfeccionando y la aparición del método de datación por radiocarbono fueron las estrellas del gran avance tecnocientífico para la arqueología. También los estudios innovadores en antropología cultural, social, lingüística y física se acercaron mucho a la búsqueda del pasado humano tanto temprano como tardío. La etnología desnudó aún más al eurocentrismo de viejo cuño y contribuyó a que las visiones de los historiadores sean menos restringidas y occidentalizadoras.

En Oceanía el debate sobre el pasado se ha hecho casi exclusivamente en términos de Antropología, esta situación puede modificarse por la presión de los grupos nativos que quieren asumir el estudio de su historia. Esto pasó en Nueva Zelanda, donde los maoríes discuten el tipo de análisis llevado a cabo hasta ahora por los pakeha (neozelandeses de origen europeo) o que denuncian, como en Australia, las interpretaciones “blancas” que han servido para construir la imagen de la “inferioridad del nativo” y justificar que se le arrebate el control de sus tierras. Los estudios que tratan de integrar las dos perspectivas, la de los colonizadores y la de los colonizados, como los que hace en Australia el grupo que desde 1977 publica la revista Aboriginal history.

Pueblos originarios de Papúa Nueva Guinea, aldeanos que viven de esa forma desde hace unos 7000 años a.C.

La irrupción de los nacionalismos melanesios, entre las décadas de 1960 y 1970, tomó por sorpresa a los investigadores e incluso a las mismas potencias coloniales, porque estos “sobrevivientes de la prehistoria” (como se les ha llamado a veces) todavía en la primera mitad del siglo XX estaban condenados a desaparecer. Desde la época de los primeros contactos regulares entre europeos y melanesios, a principios del siglo XIX, la caída demográfica había sido especialmente masiva, afectando hasta al 95% de la población de ciertas islas. Las causas probables de esta desaparición no se limitarían a las diversas enfermedades llevadas por los europeos, sino también a la profunda desorganización social que experimentaron los melanesios (en especial la desaparición de los rituales de fertilidad). El pastor y etnólogo francés Maurice Leenhart relató que a su llegada a Nueva Caledonia, en 1902, los europeos consideraban la desaparición progresiva de los kanaks como un hecho consumado.

Dicho fatalismo demográfico comenzó a difuminarse hasta los años previos a la Segunda Guerra Mundial. La crisis de 1929 tuvo consecuencias relevantes incluso en esas lejanas tierras del Pacífico, cuya economía de plantaciones era sumamente dependiente de las coyunturas internacionales de aquella época (la copra principalmente, pero también la caña de azúcar, café, cacao, algodón y tabaco). En 1930, cuando Australia y la Nueva Caledonia dejaron de reclutar mano de obra de las Nuevas Hébridas (hoy Vanuatu), fue posible una recuperación del equilibrio demográfico de estas islas donde prácticamente ya no existían hombres jóvenes. Con el “regreso” de esos migrantes económicos y el retraimiento de los archipiélagos, nacerían nuevas sociedades. Asimismo, la antigua presencia de misiones cristianas había engendrado nuevos cultos e introducido nuevas jerarquías. Las sociedades melanesias comenzaban una confrontación cada vez más abierta con las autoridades coloniales.

Luego, en el curso de la década de 1950, aparecieron progresivamente movimientos de renacimiento cultural e ideologías nacionalistas bajo el impulso de una nueva generación de líderes melanesios. Estos líderes y sus partidos contribuirían ampliamente al nacimiento de los Estados independientes en la Melanesia: Ratu Mara en Fiji (1970), Michael Somare en Papúa Nueva Guinea (1975), Francis Bugotu en las Islas Salomón (1978), Walter Lini en Vanuatu (1980), así como el movimiento nacionalista en Nueva Caledonia, cuya figura insigne era Jean-Marie Tjibaou. Todos ellos colaboraron en la construcción de un nuevo espacio político e intelectual en torno de la identidad melanesia contemporánea. Como el resto del mundo, en el último cuarto del siglo XX, el Pacífico estuvo marcado por la irrupción de discursos políticos sobre la identidad.

Máscara de la antigua cultura polinésica de los lapita (2000-600 a.C.).

Frente a la aparición de los movimientos nacionalistas que reformulaban a placer la “tradición” con fines políticos, los investigadores que estudiaban esas sociedades debieron revisar algunas concepciones muy arraigadas. En primer lugar, fue evidente que estas sociedades llamadas “tradicionales”, lejos de ser “frías” y “sin historia” (o en todo caso “sin historias” para el colonizador), podían encargarse de su destino y de ser necesario voltear contra el colonizador sus propias armas, mostrando así su capacidad para “evolucionar”. En segundo lugar, por medio del pensamiento sincrético de algunos líderes e intelectuales indígenas, se constató que estas sociedades elaboraban discursos sobre sí mismas que poco a poco llegaban a rebatir las pretensiones de los especialistas occidentales de ser los únicos que poseían la “autoridad etnográfica” para hablar de ellas. En los archipiélagos melanesios, el antropólogo fue, de alguna manera, “capturado por su objeto”.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando los movimientos de descolonización del Tercer Mundo se intensificaron, pocos antropólogos intentaron realmente hacer una reflexión sobre las mutaciones sociales y políticas de las comunidades tradicionales. Los textos del francés Georges Balandier, sin embargo, constituían un verdadero programa de investigación en la materia, pero tuvieron relativamente pocos seguidores, al menos fuera del África Subsahariana. La antropología marxista de la década de 1960 llenó una parte de ese vacío, y ello se lo deben en gran parte a diversos africanistas como los franceses Claude Meillassoux, Pierre-Philippe Rey, Emmanuel Terray y, después de ellos, Jean-Loup Amselle, Jean Bazin, Jean-Pierre Dozon… siendo el más notable de todos el oceanista Maurice Godelier. En el Pacífico, Godelier no ponía en duda la delimitación etnolingüística propia de la Antropología y, además, en sus textos sobre el Estado, se interesó más en el problema de su formación y su perennidad como estructura antigua que en las condiciones concretas de su desarrollo en el nuevo Estado independiente de Papúa Nueva Guinea.

Las poblaciones de Oceanía, dominadas y pacíficas, habían visto considerablemente disminuidas sus posibilidades de desplazamiento y de intercambio. Estacionadas, forzadas a permanecer en un lugar (asignées à résidence), daban la impresión armoniosa de ser sociedades que formaban universos cerrados y fuera del tiempo. Por otro lado, fue desde la perspectiva de los contextos locales (la aldea o tribu) como los antropólogos observaron, después de 1945, bruscas y rápidas transformaciones, incluso si las aldeas o tribus en cuestión eran a veces el producto de reacomodos poblacionales impuestos por los misioneros, como en el caso de Fiji. La verdadera toma de conciencia de la etnología francesa sobre el “hecho colonial” en el Pacífico sur data de los acontecimientos de 1984 en la Nueva Caledonia. Antes, las lógicas sociales inducidas por la diversificación de recursos y retos (escuela, religión, trabajo) en realidad no eran consideradas como problemáticas dignas de interés. En el mejor de los casos, nociones vagas como “cambio social” o “modernidad” no aparecen más que al final de las monografías y como una especie de epílogo desafortunado que, al mismo tiempo, constituye el “principio” y el “fin” de la historia de estas “sociedades sin historia”. Sin embargo, estos sobresaltos se tornaron cada vez más visibles y se hizo mucho más difícil ignorar la palabra de los colonizados, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Las famosas estatuas gigantes de Rapa Nui, en la actual isla oceánica chilena de Pascua.

Los movimientos de independencia nacieron más o menos en la misma época, a pesar de las historias coloniales específicas y de la gran diversidad política y lingüística que caracterizan a la Melanesia. La nueva generación de líderes melanesios que, a finales de los añosde 1960, comenzó a oponerse de manera cada vez más activa a la presencia colonial (tanto francesa como británica), siguió el ejemplo de los líderes africanos y se apoyó en conceptos y métodos tomados de Occidente, como el desarrollo de partidos políticos y de la militancia, la exigencia de democracia, la reivindicación del derecho a la autodeterminación. En sus reclamos suscribían dos grandes tendencias. La reapropiación de valores y dogmas occidentales (derechos del hombre, marxismo, humanismo cristiano), también empleados contra el colonizador, y la revitalización de los valores propios de sus sociedades según diversas modalidades (neotradicionalismo, sincretismos, políticas culturales de Estado).

Evidentemente, estas dos dimensiones no son excluyentes, más bien de su estrecha coincidencia nació la mayor parte de los discursos fundadores del renacimiento político del Pacífico. Además, todos los movimientos políticos indígenas de la región pregonaron una visión idealizada de las sociedades de Oceanía, nutrida abundantemente por los discursos de los misioneros sobre la igualdad de los hombres frente a Dios. Dicha visión enriquecía las ideologías, más o menos estructuradas, al exaltar la unidad cultural y la especificidad del mundo oceánico. En este sentido, las expresiones Pacific Way, Melanesian Way o Melanesian Socialism se acuñaron para designar una especie de cultura genérica que reúne tanto a la región del Pacífico en su conjunto como a la Melanesia únicamente o, incluso, a una comunidad nacional en formación.

Lo más viable es buscar una historia realmente panhumana, que tenga en cuenta a todas las culturas de los cinco continentes, no como mera descripción anecdótica, sino también buscando interrelaciones, sincretismos, legados, debates, hipótesis y nuevos aportes a las disciplinas encargadas del pasado. No es una tarea sencilla ni tampoco se trata de fundar una especie de dogma sobre una historia mundial antieurocéntrica. La globalización de hoy exige que las viejas visiones coloniales, racistas, sexistas, burguesas e imperiales sean desterradas del todo a la hora de conocer, comprender, analizar, reflexionar, problematizar y disfrutrar el derrotero del pasado humano en África, Asia, Europa, Oceanía y América.

Mauricio Piñero
Mauricio Piñero

Cuentan las crónicas que nació como el hijo de nadie. Luchando por la Patria Grande, como Internacionalista y antiimperialista. Tripero de alma y cuerpo, siempre junto a la patriada barrial. La historia descolonizada es mi pasión como docente de la Escuela Pública y de los barrios. Las noticias sobre los pueblos que luchan como forma de viajar hacia una verdadera justicia social global.

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