Raúl “Boli” Lescano, jamás esclavo

Raúl “Boli” Lescano, jamás esclavo

TIEMPO DE LECTURA: 15 min.

A nueve años del paso a la inmortalidad del dirigente del MPR Quebracho, un repaso de su vida dedicada a la revolución. “Lo que se dice, se hace”, esbozó alguna vez en una frase que lo dibuja en cada narración que forma su recuerdo.

Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires.

Cada lucha debe empezar de nuevo. Separada de las luchas anteriores la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas.

Esta vez es posible que se quiebre el círculo.

-Rodolfo Walsh, 1970

Hay quienes dicen que el Boli fue el otro Che Guevara. La materialización del hombre nuevo. Una vida puesta a disposición de la revolución, en cualquier punto del mundo. La originalidad de un marxista leninista patriota. La solidaridad de quien deja su país para combatir en otras tierras. Un hombre que se preocupó por el mundo. La tenacidad de quien pasa 14 de sus 66 años de vida preso y tres huelgas de hambre; de quien conoce el penal de Chaco, Rawson, Devoto, Marcos Paz, Ezeiza y la prisión domiciliaria. La simpleza de quien no hace de su militancia un heroísmo altruista. La ambigüedad del ser que puso el cuerpo en los hechos más resonantes de la Historia Argentina de los últimos 60 años por las causas de un pueblo que la mayoría de las veces no supo su nombre ni conoció su voz; no se enteró de él más que por los titulares condenatorios de su hacer.   

***

Es 10 de agosto de 1974. Los árboles altos y llenos de hojas no dejan ver el camino. Son alrededor de 50 los militantes de la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” del Ejército Revolucionario del Pueblo que llegaron desde Tucumán hasta la Banda de Varela, nueve kilómetros al norte de San Fernando del Valle de Catamarca. La guerrilla rural más grande que existió en el país tiene un objetivo: hacerse de las armas del cuartel del Regimiento Aerotransportado 17 de Infantería. Visten uniformes militares. Se hacen pasar por colimbas y vigilan la zona en una camioneta que simula ser de la policía. Una sospecha fugaz es suficiente para que los gendarmes que rodean el cuartel detecten las maniobras del operativo y uno de los jóvenes guerrilleros lance el disparo que provoca el primer enfrentamiento a corta distancia. Mueren dos militantes en el momento. El resto del grupo se dispersa para evitar más sangre. Uno de ellos recibió un tiro en el estómago y es acompañado por otros compañeros en busca de asistencia. Lo dejan en la casa de un campesino e intentan encontrar la huella de rastro del resto de la Compañía pero no lo logran. Días más tarde se enterarían que 14 de ellos habían sido fusilados por el Ejército tras deponer las armas en lo que se conoce como la Masacre de Capilla del Rosario. Los guerrilleros caminan hasta llegar al centro de la ciudad. Se sacan los uniformes y esconden las armas largas. Luego se dividen en tres grupos. A pocas cuadras se encuentra la terminal de ómnibus en la que un rato más tarde algunos intentarán tomar un colectivo, pero esa misión también fracasa: la terminal está cercada por los militares. Intentan una pequeña fuga, pero son reconocidos y detenidos. Uno de ellos es Raúl Lescano. “Boli”, como lo nombran quienes lo conocieron; “el Boli”, agregándole más de una vez el artículo. Tiene 24 años y es la segunda vez que es encarcelado en un penal de máxima seguridad.

La primera fue en 1969. La Revolución Argentina gobernaba de facto y la rebelión popular iba en ascenso. “Boli” cae detenido en Tucumán por preparar la lucha armada bajo la conducción de Mario Roberto Santucho, de quien Lescano sería guardia por ser de los pocos que manejaba un FAL y otros armamentos pesados en los campamentos de monte del PRT-ERP. La dictadura de Lanusse lo aísla en el penal de máxima seguridad de Chaco, donde, al igual que en Rawson, se encarcelaba a presos políticos y dirigentes de las organizaciones revolucionarias. Ambos penales serán escenarios de creación de los planes de fuga más ambiciosos de la historia reciente, pero el de Chaco queda rápidamente desarticulado. La segunda sigue en pie y culmina en la Masacre del 22 de agosto 1972 en Trelew. Un año después, trasladan a Lescano al penal de Rawson. Allí recibió el apodo que lo marcaría para siempre. Fernando Vaca Narvaja, entonces comandante de la organización político-militar Montoneros, lo nombró así en broma ante el apetito insaciable y la forma voraz de comer de Raúl. Iba a quedar como una bola de grasa, boli. Pocos meses más tarde, un 25 de mayo, Boli es liberado por la movilización popular en el Devotazo tras la asunción de Cámpora.   

Su segunda liberación fue menos épica y más aguerrida. Fue la respuesta del gobierno a una huelga de hambre que realizó por 37 días. Lescano salió tras 10 años de prisión, un 11 de junio de 1984. El preso político de la dictadura que más tardaron en liberar. 

—Y el padrecito de la democracia, Alfonsín, a mí me tuvo un año má’, y a otros compañeros los dejaron más todavía. Ya no éramos presos políticos, éramos presos políticos por delitos de sangre, una cosa así medio turbia —recuerda Boli en una entrevista a Barricada TV en 2012. Cierra los ojos durante varios segundos, como quien intenta hacer memoria de historias que no cuenta a menudo. Habla pausado, seco, paciente, de la misma forma que se lo escucha en todas las entrevistas y grabaciones: con la voz ronca, saltándose más de una “S” y aún con dejes de una “R” que se resbala en la tonada del litoral que preserva.   

—Nunca maté a nadie. Eso lo aclaro. No participé en tantos enfrentamientos como parece —agrega también, aunque el entrevistador no lo pregunte. 

El paso del tiempo se revela en el pelo que ahora es escaso; blanco y gris, donde antes era castaño oscuro. Las cejas que eran anchas son más angostas pero siguen marcando su rostro. El bigote que le cubre el labio superior sigue igual que en su juventud, prolijamente recortado y voluminoso, pero ahora repleto de canas.

***

La vida de Raúl estuvo marcada por la búsqueda de una revolución que creía posible, inevitable. Por la creación de poder para los más humildes hasta las últimas consecuencias, sean la prisión o la muerte.   

—Tuvo dos grandes amores: la revolución y sus hijos —dice Araceli Mastellone, expareja y madre de dos de sus tres hijos, Candela y Simón, al recordarlo en el velorio-homenaje que realizaron sus compañeros de militancia tras su fallecimiento en 2016. 

Otras personas que lo conocieron señalan que sus dos grandes amores fueron el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), donde comenzó a militar durante la dictadura de Onganía en la escuela secundaria a finales de los 60 en su ciudad natal, Santa Fe; y el Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho, la organización que gestó a mediados de los 90 como expresión de resistencia y combate directo contra el neoliberalismo y el saqueo menemista, tras un breve paso por la agrupación “9 de julio”. 

Pero hay un punto en el que todos coinciden: Raúl Lescano dejó su vida en la militancia por una Patria justa.

Ezequiel Lopardo lo conoció cuando tenía 15 años y militaba en un secundario de Capital Federal. Los presentó su hermano Federico que ya militaba en Quebracho. Recuerda que ese verano de 1995 se juntaron por lo menos tres veces en Mar del Plata, donde el Boli pasaba todo enero porque su pareja de entonces, Araceli, trabajaba en esa ciudad. Recuerda también que le contaba historias y anécdotas mientras tomaban cerveza negra en una mesa del bar marplatense La Minga. En aquellos años la información que circulaba sobre las organizaciones y la lucha armada de los sesenta y setenta no superaba la publicación de dos o tres libros, y la reivindicación de los revolucionarios caídos en combate parecía una utopía impensada.    

—Si hay alguien que pudo entender de qué se trataba eso de constituirse como “Hombre Nuevo” fue el Boli. Nunca pidió nada, todos los días estaba presto para militar, con el entusiasmo de un permanente recién ingresado a la militancia. No sé si hubiese sido el Che Guevara, pero la convicción y la actitud la tuvo —expresa Ezequiel, casi treinta años después de aquellas reuniones en la ciudad costera. Actualmente Lopardo integra la Dirección Nacional de la Corriente NuestraPatria.

Un enamorado de la vida, lo describen algunos. Enamorado de la vida y de varios otros amores, cuenta con picardía su compañero. Resulta que Raúl, dicen, se autopercibía como un león herbívoro entre su círculo íntimo de amigos. Un coqueteador nato.   

En palabras de su médico y amigo, Juan Manuel De Rosa, era “un romántico indomable”, que militando pudo criar a sus hijos: “Y los crió con amor. Jamás se despreocupó por ellos”. 

Candela Lescano ríe y lo confirma:

—Yo aprendí a caminar en un corte del Puente Pueyrredón, en los piquetes. Hoy con 24 años no puedo comer guiso de arroz, me descompone porque siempre comíamos en las ollas populares, siempre estuvimos en todas las movilizaciones. Para él, era la militancia y nosotros. Un papá presente a su manera.   

Las cosas cambiaron cuando su padre cayó preso en 2007. Candela tenía siete años y su hermano Simón, cinco. Tenían, además, un hermano mayor de otra madre, Roberto -nombrado así en honor a Santucho-, pero que no conocieron, ni su padre tampoco, hasta años más tarde por gestiones de Araceli. Es que Roberto nació en los tiempos en que Raúl se hacía llamar Sebastián y estaba en la Compañía de Monte, rondando 1974, como hijo de dos militantes del PRT que debían esconderse. Son tan iguales que genera impresión, señala Candela.   

—La cárcel nunca fue algo malo en sí. Siempre pensando en el futuro, en que iba a salir. Disfrutábamos ir a verlo. Nos hacía cuadernos y el abecedario cuando estábamos aprendiendo a escribir. 

En su casa, la joven conserva una caja llena de las cartas que con letra paciente y prolija les escribía a ellos y a su mamá. En ese entonces con Araceli compartían dos hijos pero ya estaban separados. Boli siguió viviendo en su casita prefabricada del barrio de Ezpeleta, en la periferia de Quilmes, y el resto de la familia se instaló en La Plata. Candela lo trae a la memoria como una época confusa. Siendo una niña, asistía a marchas a favor del nuevo gobierno de Kirchner con su madre y a otras en contra, con chalinas, piedras y palos junto a su padre. Años después se sumó a militar en el peronismo: a Boli no le gustó mucho. Hasta el último de sus días le dijo despectivamente “La Señora” a Cristina Fernández y fue un preso político del kirchnerismo. Sin embargo, nunca hubo peleas. 

—Nos dejaba ser muy libres. Nunca nos impuso nada. —expresa su hija— Siempre contándonos y diciéndonos la verdad. A él le importaba que nos formemos, que nos involucremos, que leamos: no importaba si era un libro de Harry Potter o una revista de Casi Ángeles. 

Se jactaba -un poco en chiste, un poco con orgullo- de haber nacido en el centenario de la muerte del Libertador de la Patria, un 20 de febrero de 1950. “PATRIA o MUERTE” era la consigna que marcó su tránsito por la militancia. “A pesar de ser marxista-leninista, él se describía como patriota”, cuenta con gracia y admiración Juan Manuel, quien lo cuidó en el quincho de su casa hasta sus últimos días cuando permanecía en un estado de salud crítico y bajo prisión domiciliaria. Un patriota internacionalista. “El Boli era de los pocos militantes internacionalistas que existían en la República Argentina. Supo heredar la doctrina del otro gran argentino revolucionario que fue Ernesto “Che” Guevara”, agrega al recordar que la convicción sobre la solidaridad internacional llevó a su amigo a combatir a Nicaragua para acompañar la Revolución Sandinista que comenzaba a consolidarse a mediados de los 80, apenas un año después de salir de la cárcel.

Las reservas morales de nuestro pueblo —asegura Boli— están abonadas en algo que para nosotros es un precepto como revolucionarios que es la solidaridad. Lo dice con simpleza, con su característica paciencia, sin mirar a la cámara que lo graba y lo muestra aún joven, firme, con una barba blanca y gris que le rodea el mentón, un tanto larga y desprolija como pocas veces. Tiene la nariz ancha y pocas arrugas. La piel morena, café con leche. El cuello está cubierto por la kufiya de pequeños cuadros blancos y negros -la tradicional chalina palestina- que lleva a todos los lugares a los que asiste. Los ojos marrones parecen hundidos por la hinchazón de sus ojeras. Sucede que la entrevista es realizada pocos días después de obtener la libertad condicional en 2015, tras una prisión de dos años entre idas y vueltas judiciales como condena al escrache al local del gobernador neuquino Sobisch por el asesinato del maestro Carlos Fuentealba. Esa causa puso a Lescano y su compañero de dirigencia, Fernando Esteche, en la plana principal de los grandes medios de la época.

—Hicimos lo que teníamos que hacer en ese momento y cumplimos lo que teníamos que cumplir. Pagamos Fernando y yo como máximos dirigentes de Quebracho y largaron al resto de los compañeros. Eso fue un logro. Lo contrario de esa mierda que hay en la sociedad, de que los jefes se salvan y los perejiles pagan —repitió en más de una oportunidad. Nunca se arrepintió de participar en el repudio al local del autor intelectual del fusilamiento del docente. 

Boli no era un gran orador. No regalaba grandes alocuciones políticas en actos ni infería reflexiones autorreferenciales en reuniones para demostrar que sabía. Escuchaba, tomaba nota y hablaba, lo justo y necesario. Fue siempre un militante raso, simple, de la acción, de la puesta en práctica de sus palabras. “Lo que se dice, se hace”, insistía. Leía mucho, se formaba, no pasaba un día sin al menos cruzarse con algunas líneas: Guevara, Marx, Lenin, Santucho, Cooke. La biblioteca repleta de los principales teóricos para un militante de izquierda revolucionaria argentina. Y la biblia. Era ateo, no creía en Dios ni dioses, pero la sabía completa: era lo único que le dejaban leer en la cárcel durante algunas épocas. Cuenta su médico, Juan Manuel, que aquel 9 de septiembre de 2016 en que falleció, en la habitación de su casa de Ezpeleta, yacía sobre su cuerpo una edición de “Guerra del Pueblo, Ejército del Pueblo”, el libro de la guerra popular vietnamita de Vo Nguyen Giap. 

—No hablaba mucho de su pasado. Era reservado. Esa era su gran diferencia con las personas que se quedan ancladas en un tiempo histórico, atrapadas y admirando un pasado. El Boli pensaba cómo seguir pariendo revoluciones.  

Quien lo afirma es Carlos “Cascote” Bertola, militante popular y referente nacional de la Corriente NuestraPatria. No recuerda con exactitud el día que lo conoció, pero está seguro que fue entre los años 2001 y 2002, en una de las tantas veces que el dirigente de Quebracho lo visitó en la cárcel de Ezeiza cuando cayó detenido por tenencia de explosivos caseros. Varios años más tarde, ambos compartirían incontables reuniones como parte de la mesa política de conducción de la organización conocida por sus chalinas en la cara y palos en las manos.         

—El Boli era un compañero para correr una maratón porque sabía que la cosa se trataba de seguir empujando hacia adelante —agrega Lucía Corsiglia, entonces militante de Quebracho, que conoció al dirigente en aquellos años en que su compañero, Bertola, estaba detenido. —Contenía cuando veía un problema, si había alguno enojado iba a la casa, se pasaba a comer, llamaba, uno por uno de ser necesario, se tomaba el tiempo de construir organización, te convencía de que había que seguir.

***

Solo quedaban dos saquitos de té para matar el vacío en el estómago. Entre la tela y el relleno del colchón delgado, Fernando Esteche esconde una pequeña barra de chocolate amargo Águila. Pasaron 24 horas desde que iniciaron la huelga de hambre en un calabozo del penal de Ezeiza. Lo calculó: en el panóptico, desde la cama, nadie puede ver ni saber que tiene esa pizca de alimento para saciar las ganas. Piensa cada noche lamer un pedacito para ganar azúcar. Cuando llega la noche se dispone a buscar el chocolate pero no lo encuentra. Alguien lo desapareció. Salió a los insultos brutos del calabozo, puteando a los roedores por robar el premio tan deseado. Boli lo paró en seco. Lo miró con firmeza, con las manos cruzadas atrás de la espalda, a la altura de la cadera, como hacía de costumbre, con un caminar lento, a paso cansino. No de fatiga, más bien de quien piensa cada movimiento. “Yo lo tiré a la basura”, le dijo, y prosiguió:

—Un militante revolucionario no se puede mentir a sí mismo. Si nos mentimos, cagamo’. 

“Un intachable”, asegura Ezequiel Lopardo: “es muy difícil en la política encontrar a alguien así, que nadie tenga algo malo para decir de su conducta. El ejemplo militante era fundamental para él”.  

El 22 de agosto de 2007, Esteche y Lescano iniciaron una huelga de hambre que duraría 43 días. Terminaron internados y tuvo un impacto irreversible en la salud de Boli, que se fue deteriorando progresivamente. Reclamaban la libertad de la prisión preventiva a la espera de una sentencia que sabían injusta. Estaban acusados de prender fuego un local partidario del gobernador de Neuquén y candidato a presidente, Jorge Sobisch.      

Trece días habían pasado desde el fusilamiento de Fuentealba y doce desde el escrache al local político del microcentro porteño. Como todos los años, Quebracho realizaba un acto masivo por el Día Internacional de los Presos Políticos en la esquina de Corrientes y Callao. Con un condimento especial: ese año todavía quedaban 12 detenidos, conocidos como los “presos de Sobisch”. Caía una lluvia intensa. Terminó el acto y alrededor de 3000 compañeros desarmaron el escenario, los parlantes y comenzaron a desconcentrar. Raúl Lescano y Federico Lopardo se dirigen al Hotel Bauen a una reunión. Tienen apenas 50 metros de recorrido pero nunca llegan a destino: dos policías aparecen de atrás, con una cachiporra golpean el rostro de Federico, que logra zafarse, pero agarran a Raúl y lo suben a un Peugeot 504 blanco sin patente. Al enterarse de la situación, la autodefensa de Quebracho abolla a patadas el auto que resultó ser de la inteligencia de la Policía Federal, pero no lo frenan y huye a toda velocidad. “Un secuestro propio de la dictadura militar, de la Triple A”, recuerda su amigo Juan Manuel. Está desaparecido hasta que lo blanquean al día siguiente. Es trasladado a los Tribunales de Comodoro Py y luego al penal de Marcos Paz. Recién tres años después, en 2010, es condenado a 3 años y 6 meses de prisión en un juicio acelerado.        

 

***

Vamos a seguir luchando y poniendo el cuerpo, 

vamos a construir el poder del pueblo, 

contra el Imperialismo y la Oligarquía,

en la lucha por la Patria Socialista,

libres o muertos, jamás esclavos

 

La estrofa se repite una, dos, tres, cuatro veces. Hay puños en alto y algunos dedos en V. Se escuchan aplausos. “Viva el Boli. Viva la Patria”, grita alguien y el resto responde repitiendo la frase. La sala está repleta de militantes políticos, de los 70, de los 90, del presente. 200, 300 personas, nadie se detuvo a contarlas. La atención está puesta en el pequeño escenario del fondo, en ese salón poco iluminado del subsuelo del local del sindicato de trabajadores del Estado. Una bandera argentina con una estrella roja y una federal con la inscripción “Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho” cuelga tapando toda la pared de atrás. En el centro de la tarima, un ataúd que casi no se ve, cubierto por una tela celeste y blanca y una estrella roja en el medio con las letras ERP. Dos mujeres jóvenes, con chalinas y los brazos cruzados por detrás de la espalda están custodiando el cajón, una a cada lado. Hay varias coronas de flores, más banderas argentinas y mucha gente. Algunos lloran. Todos cantan. Entran y salen del lugar hasta que una de ellos sube al escenario y toma el micrófono. La seguirán varios oradores. 

“Algo se rompió adentro ese 2016”, cuenta con un nudo en la garganta Franco, que recuerda a Raúl Lescano como “el viejo”, como tantos otros militantes que lo conocieron cuando pasaba los 60 años. “Hay una vigencia absoluta, el Boli está insoportablemente vivo en el camino de lucha por la Revolución y felicidad del pueblo”, y sentencia: 

—Su mirada es una llama prendida, observando que hagamos con el cuerpo lo que decimos con la boca.  


Delfina Venece

Nací en el interior de Buenos Aires: los porteños nos confunden con Parque Chacabuco. De crianza gorila, devenida en pseudo-troska por contraste, hoy peronista por convicción. Mi canción favorita a los 10 años era Los Salieris de Charly, de León Gieco.

 

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María Pía López: “El aporte de los feminismos es poner en escena que ninguna vida es desechable”

María Pía López: “El aporte de los feminismos es poner en escena que ninguna vida es desechable”

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Dialogamos con la socióloga, educadora, escritora, militante feminista del colectivo -Ni una menos-, María Pía López, sobre la publicación de su último trabajo (Apuntes para la militancia – Feminismos, promesas y combates) y sobre el feminismo en el contexto actual de nuestro país.


Hay una idea que aparece en variadas oportunidades en el libro y que tiene que ver con los feminismos populares. Hablas de feminismos en plural ¿Porqué propones pensar al feminismo desde esta pluralidad? 

Porque creo que llamamos feminismo a un campo de disputas. Combates donde hay articulaciones muy diferentes con otros temas, núcleos, valores que se ponen en juego en la vida social. 

Hay feminismos vinculado a distintas experiencias partidarias y cuando uso el plural es para señalar que hay un campo de disputa. Puede haber una confluencia en tanto haya capacidad e intención política de instancias de articulación transversal, pero eso no siempre ocurre.

Esa transversalidad y la autonomía son condiciones para que esos feminismos sigan siendo plurales, y al mismo tiempo, no adversos entre sí. El uso de la idea de popular o feminismos populares es fundamentalmente para producir una diferencia, con respecto a un tipo de feminismo que tiene cierta presencia en la vida política argentina: el feminismo liberal. 

¿Propones una contra postura a ese feminismo más “blanco” si se quiere? 

En realidad es un feminismo que se articula con un programa de gobernabilidad más liberal o neoliberal, que tiene que ver con convertir, que es imposible porque se convierte. Se traduce el feminismo como un conjunto o una agenda que es muy escueta, que puede incluso llevar hasta aborto, puede enunciarse contra la violencia de género, puede pedir paridad o puede pedir discutir el techo cristal en carreras profesionales. Pero todo eso puede ser articulado, incluso con el FMI para decirlo muy violentamente.

Frente a esos tipos de feminismos que yo llamo más liberales. Es un feminismo más de clase (clase media) que no produce articulaciones con los sectores populares y que tampoco considera a fondo el problema de la desigualdad social, cuando no sólo es producto de las relaciones de género. 

¿Quiénes son les sujetes polítiques del feminismo popular? 

Esos feminismos de los cuales somos parte se fueron amasando en los últimos años, en principio, como una instancia muy masiva. Se fue construyendo un sujeto político que tiene una heterogeneidad constitutiva, que es de cuerpos, de experiencias y de posibilidades de afectos. Donde hay mujeres, pero también hay trans, travestis, lesbianas y esa multiplicidad está muy viva, Pero que también se frustra en esos feminismos y eso en la calle se ve muy claramente con otras disidencias, con disidencias con respecto a la norma corporal, con experiencias de la vida de la producción de lo común en los barrios populares. Me parece que ahí, está presente toda la tradición de las compañeras que militan en barrios y comedores, que provienen de los movimientos de desocupados. Y también la cuestión me parece que es lo que está emergiendo en relación a la discusión del Encuentro Plurinacional de este año, que es con el tipo de intersección que necesariamente debe producirse con las compañeras indígenas y afrodescendientes. 

Foto: Soledad Gryciuk para Revista Atletas

¿Qué fue lo que logro hasta ahora, o que históricamente ha ido logrando el debate feminista en Argentina? Cuando digo debate, no quiero decir solamente en una cuestión de movimiento feminista, sino un debate instalado en donde la sociedad argentina realmente puede charlar sobre el tema, debatir ideas y llegar a una transformación. 

Creo que es muy impresionante el efecto que tiene eso que llamas el debate o ese estado de la conversación y de la apertura. Y ese efecto lo vivimos más directamente, en términos de transformaciones en las cuestiones de vida, de la expansión clara y notable de los horizontes de libertad para las vidas de distintas personas.

Esto se ve muy rotundamente en términos generacionales, porque les mas jóvenes ya tienen, en muchos casos, otra relación con el patrón heteronormativo. El género ya no está asociado al sexo. Hubo muchas transformaciones de curso que ponen en ese estado de debate, estado de conversación, en condiciones de una fuerte materialidad, que es la de producir nuevas formas de vida.

La segunda cosa que creo que se ha podido instalar una idea de la vida, como vida autónoma, vinculada al deseo y eso tuvo que ver fundamentalmente con la pelea de la campaña por la Legalización del Aborto. También que se pudo poner en el centro la idea, y eso con las movilizaciones de Ni Una Menos, se cambió muy brutalmente el umbral de tolerancia, de la violencia y la humillación ¿no? 

Hasta hace unos años parecía naturalizadas, relativamente aceptadas, etc. Ahora son directamente inaceptables y condenables socialmente. Todo eso es producto de este estado de debate social.

¿Cuáles crees que son los principales aportes del feminismo popular al momento actual que vive la Argentina? Al ser un año electoral ¿Cuál crees que es el papel que tenemos o que tendríamos las militancias feministas?

Con respecto a la primera pregunta, creo que hay un aporte muy relevante que es haber colocado en el centro la discusión sobre el trabajo y lo que eso produjo alrededor de la construcción de la herramienta de la huelga o del paro. Al poner en el centro la cuestión del trabajo se fue mostrando que hacemos trabajo asalariado, pero también muchas compañeras hacen trabajo en la economía popular o informal y también hacemos trabajo doméstico (que resulta impago), y todo eso de algún modo implica condiciones de explotación y de apropiación. O sea que todo eso que no nos pagan en algún lado está.

Haber colocado la cuestión del trabajo en el debate es una cuestión central. A partir de poder recolocar la cuestión del trabajo y que significa el trabajo doméstico, que significa el trabajo impago, también nos permite poder discutir, por ejemplo, el fin de la moratoria previsional y del cambio de las leyes jubilatorias.

Los feminismos populares producen una serie de argumentos, de intervenciones, de posibilidades para discutir lo que es una estrategia de gobierno neoliberal que es excluyente y absolutamente cruel respecto de las vidas. 

Lo que aportan esos feminismos es poner en escena el afirmar que ninguna vida es desechable, que todas las vidas deben ser tomadas en cuenta y que todas las vidas son valiosas. 

Con respecto a la cuestión electoral, es un escenario muy difícil, pero, fundamentalmente, lo que producimos desde los feminismos es la capacidad de construir un modo de confrontar con el neoliberalismo, que es un modo absolutamente material.

Cuando decimos que creamos condiciones, redes, formas cooperativas, formas de articulación y de producción de lo común, muestran que muchas de las cuestiones que nos atraviesas (desde el problema de la escolaridad, de la salud y alimentación, la falta de trabajo), no son cuestiones a ser resueltas sólo términos individuales. En muchos lugares y barrios pasa que se construyen redes feministas para tratar estos temas, mostrando que así como las causas de los temas son sociales, las formas de resolverlo lo son.

Foto: Cristina Fernández de Kirchner

Retomando la cuestión de que es un año electoral y que seguramente va a ser una disputa muy reñida, que puede tener de todo y que la consigna de unidad (por lo menos del campo nacional y popular) es bastante amplia y que incluso incluye a sectores que se opusieron a la legalización del aborto. ¿Cuál crees que puede llegar a ser el aporte del feminismo en el próximo gobierno, en la disputa hacia lo interno del gobierno, en caso de que gane la formula Fernández- Fernández?

Si continúa el macrismo, ya se ha demostrado es la capacidad de confrontación callejera y la dificultad que tienen para responder a esa movilización, con algo que no sea maquillaje. Medidas que no sean sólo una puestas en escena. Incluso el nombramiento de una feminista en el Consejo Nacional de la Mujer no tuvo efecto más concreto que eso. Se respondió a todas nuestras movilizaciones de ese modo. 

Me parece que otra forma de sesgar nuestra agenda es convertirlo en una cosa chiquitita y no aceptar la discusión de fondo que venimos planteando contra el neoliberalismo en su conjunto.

La discusión más interesante se abre si el gobierno que surge de las elecciones de octubre es un gobierno más afín, más democrático, que surja planteando la cuestión de los derechos, que sería asociado a la formula Fernández-Fernández.

Para los feminismos se abriría una cuestión muy interesante porque lo mejor que le podemos hacer a ese gobierno es construir una fuerza autónoma y capaz de exigir. Los sectores que hacen lobby, los fundamentalismos religiosos, los grupos hegemónicos comunicacionales, los grupos empresarios, siempre están organizados para generar situaciones adversas al campo de la ampliación de derechos.

¿Con que se contrapone eso? ¿Cómo se abren las posibilidades para un gobierno, para que haga otra cosa, que no sea que le piden los sectores dominantes? Con un movimiento popular existente, fuerte, organizado, autónomo. En ese sentido lo que es deseable en los próximos meses, que es el triunfo de la formula Fernández-Fernández y a la vez un feminismo que pueda mantenerse como un feminismo autónomo y poderoso frente a este triunfo.

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