Durante 24 horas, la televisión argentina coreografió una vigilia patriótica que prometía cuidado, unidad y reparación. Pinky y Cacho Fontana lloraban en vivo, el país donaba conmovido y el Fondo Patriótico Malvinas Argentinas se convertía en símbolo de afecto nacional. Pero detrás del espectáculo, los soldados no recibieron lo prometido, el dinero desapareció y el gesto solidario se volvió deuda simbólica. “24 horas por Malvinas” no fue solo propaganda: fue una coreografía emocional que ritualizó la guerra mientras ocultaba el abandono. ¿Qué ética sostiene un pacto televisivo cuando el cuerpo que debía ser cuidado queda fuera de cuadro?
Entre la solidaridad y la propaganda
En mayo de 1982, la televisión argentina se convirtió en escenario de un acontecimiento sin precedentes: Las 24 horas de las Malvinas. Conducido por Lidia “Pinky” Satragno y Jorge “Cacho” Fontana, el programa se presentó como una maratón solidaria destinada a recaudar fondos para los soldados en las Islas. La propuesta apelaba a la emoción colectiva y al fervor patriótico, en un contexto donde la dictadura militar necesitaba sostener la moral de la población y legitimar su aventura bélica.
El régimen necesitaba mostrar que la guerra no era solo una decisión de alto mando, sino una causa nacional compartida por todos los argentinos. La colecta televisiva fue presentada como prueba de esa unidad, reforzando la idea de que apoyar los soldados equivalía a apoyar al gobierno. El programa funcionó como un plebiscito simbólico: cada donación era interpretada como un voto de confianza hacia la dictadura.
La participación de Pinky y Cacho Fontana, junto con los artistas y periodistas, fue clave para blanquear la propaganda oficial. Estas figuras reconocidas y queridas por el público otorgaron credibilidad al evento reforzando la idea de que esta causa trascendía a la política para convertirse en un bien patriótico. Su presencia legitimó el programa y ayudó a movilizar a la sociedad.
La emisión comenzó a las seis de la tarde del 8 de mayo y se extendió de manera ininterrumpida durante un día entero, combinando entrevistas, número artísticos y llamados a la solidaridad. Numerosas personalidades del espectáculo, el periodismo, el deporte y la política se sumaron a la iniciativa. Entre ellos, participaron figuras como Susana Giménez, Mirtha Legrand, Jorge Porcel, Alberto Olmedo y Mercedes Sosa, quienes realizaron llamados a la solidaridad y ofrecieron actuaciones especiales. Diego Maradona, Daniela Passarella y Osvaldo Ardiles, los tres a un mes de participar del Mundial de España, estuvieron presentes. Susana Rinaldi cantó una versión del Himno Nacional.
La colecta millonaria se utilizó como un símbolo de cohesión nacional, pero terminó siendo recordada como un símbolo de desconfianza. En un solo día se recaudaron 1,5 millones de dólares, que luego se sumaron a la colecta nacional del Fondo Patriótico Malvinas Argentinas, alcanzando alrededor de 54 millones de dólares, la mayor en la historia argentina. Sin embargo, los fondos nunca llegaron a los soldados en las Islas. Mientras la televisión mostraba imágenes de abundancia y solidaridad, los combatientes padecían hambre, frío y falta de equipamiento. La falta de transparencia convirtió la recaudación en un triunfo propagandístico en el momento, pero en un escándalo en la memoria colectiva.
Más allá de la emoción televisiva y la magnitud de la colecta, el programa debe ser leído como un dispositivo político y mediático que buscó legitimar a la dictadura. La televisión no fue un simple canal de solidaridad, sino un escenario de manipulación emocional.
En este sentido, el hecho en sí, funcionó como un teatro de la unidad nacional. La presencia de figuras queridas como Pinky y Cacho Fontana otorgó credibilidad y afectó a un evento que, en realidad, estaba diseñado para encubrir la precariedad de los soldados en las Islas. La distancia entre la representación televisiva y la realidad del campo de batalla revela la capacidad del poder para manipular la emoción colectiva y ocultar el sufrimiento.
La perspectiva política muestra cómo el programa fue un intento de blanquear la dictadura, presentándola como garante de la cohesión nacional. La colecta funcionaba como un dispositivo de legitimación, donde la emoción reemplazó al debate y la propaganda se disfrazó de afecto. La sociedad fue convocada a participar en este espectáculo que, en lugar de fortalecer la democracia, reforzó el poder de un régimen autoritario.
Por otro lado, tomando una perspectiva ética se plantea una pregunta incómoda: ¿Qué responsabilidad tienen los medios cuando la emoción colectiva es utilizada para encubrir el sufrimiento? La deuda simbólica que dejó “24 horas por Malvinas” no es solo económica, sino moral. La sociedad argentina respondió con solidaridad, pero el Estado y los medios fallaron en transformar ese gesto en cuidado real.
El destino de los fondos: la otra cara de la solidaridad
Lejos de llegar a los soldados en las Islas, los fondos quedaron bajo administración de la dictadura militar y fueron desviados a usos desconocidos. Los combatientes siguieron padeciendo hambre, frío y falta de equipamiento, mientras la televisión transmitía las imágenes de una Argentina entregada a la unidad y la solidaridad. Las joyas y objetos de valor donados fueron almacenados y vendidos, pero no sé sabe con precisión a qué se destinaron los ingresos. El dinero recaudado, en gran parte, fue absorbido por el Estado sin rendición de cuentas claras.
Con el paso del tiempo, el Fondo Patriótico dejó de ser recordado como un gesto de cohesión nación y pasó a convertirse en un gran símbolo de desconfianza, y la desaparición de los fondos de transformó en una deuda simbólica en donde la solidaridad genuina fue instrumentada como una propaganda y el dinero recaudado se convirtió en un vacío en la memoria histórica.

Milagros López Mansilla
Periodista gráfica a la que le interesa la literatura. Desde mi lugar intento reivindicar la lucha de las travestis, las disidencias y los feminismos.
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