Escrita por Trabajo Barrial de la Resistencia*
¿Por qué decimos que desde la educación popular podemos proponer una alternativa en tiempos de resistencia a la cruzada imperialista? ¿Por qué sostenemos que es desde este paradigma que debemos posicionarnos y actuar en el presente? ¿Cuáles son los horizontes y desafíos de este modo de pensar la educación?
Con la creación de los Estados modernos, la escuela fue pensada como un dispositivo encargado de transmitir a los sujetos, saberes y conocimientos necesarios para desarrollarse en sociedad. Este modelo tendía a pensar al estudiante como un sujeto homogéneo y pasivo, ignorando su singularidad. Frente a esto, proyectos emancipatorios construidos en América Latina, entendieron que nuevas formas de pensar la sociedad, necesitaban otras formas de hacer educación. Figuras como Simón Rodríguez en Venezuela o Paulo Freire en Brasil, propusieron pensar al estudiante como un sujeto activo en la práctica educativa, con saberes que debían ser reconocidos, intentando construir sujetos críticos, que no obedezcan a una realidad que los atropelle, sino que construyan presentes de lucha con horizontes emancipatorios. A esto le llamamos educación popular.
En la contemporaneidad, donde parece que todo puede ser comprado, la educación popular puede representar una posibilidad concreta de enfrentar la mercantilización de la vida, siendo más que una mera forma de educar. Es, tal vez, una definición ética respecto a como seguir construyendo sueños de liberación y revoluciones, un reconocimiento situado que lucha por el buen vivir. En este sentido, representa un posicionamiento político y pedagógico desde donde mirar el mundo.
En primer lugar, implica un acto de pensar-hacer situado, sin reproducir lógicas importadas o impuestas, e intentando romper con el pensamiento de lo mismo, con la desigualdad que pretende ser estática e inamovible. Porque la educación, como sabemos, es una práctica política clave y estratégica para los sujetos del mundo pero, sobre todo, para quienes pensamos desde el Sur global, intentando construir identidades propias que recuperen experiencias, voces, corporalidades y territorios que este sistema imperialista pretende silenciar y ultrajar.
Si desconocemos nuestros puntos de partida, no podremos trazar caminos ni delimitar horizontes comunes. Debemos reconocernos en una práctica situada: desde dónde, para qué y con quiénes. La práctica educativa será también entonces una práctica histórica, que pone en valor la vida de los pueblos y los reconoce en una historia común.
La práctica educativa, lo sabemos, no es un momento aislado en nuestras experiencias vitales, sino que es una condición permanente de nuestra humanidad: desde que nacemos hasta que morimos estamos aprendiendo, enseñando, creando y transformando al mundo.
En un espacio de apoyo escolar desplegado en alguna barriada, por ejemplo, pero también en una escuela, en un bachillerato popular o una escuela de adultos, reconocemos que tenemos un saber para compartir, y también que quienes ingresan a esos espacios ya traen consigo conocimientos del mundo que no podemos ignorar. Si no les comprendemos en su contexto, en su manera de nombrar la vida, en sus sueños y dolores, el intercambio no es posible y la educación no es dialogada entre les que participan sino que por el contrario es unilateral, obstruyendo la posibilidad de invención de nuevos mundos.
En un momento tan complejo en el cual las instituciones e incluso las sociedades en su integralidad atraviesan crisis profundas, es crucial y necesario reconocer que los fenómenos que nos atraviesan cotidianamente influyen en nuestros espacios, porque a fin de cuentas toda práctica educativa es una práctica social. Habilitar la circulación de la palabra, construir una mirada atenta, escuchando y poniendo en valor lo que cada quien trae consigo, es parte de la construcción de saberes novedosos, armados y desarmados en comunidad.
Nadie sabe lo que puede la palabra
Hay formas de decir que niegan, que buscan silenciar, deslegitimar y criminalizar a otros: A los nadies de Galeano, a los sin rostro ni cuerpo que le importe al sistema, mujeres, disidencias y comunidades enteras que se construyen discursivamente como residuales o desechables. Reconocer el valor de la palabra es central en tiempos en que los que el lenguaje se transforma en un arma de sentido contra esa otredad negada e invisibilizada, en este caso los sectores más vulnerados de la sociedad.
Frente a quienes proponen, entonces, la palabra y la voz como limitantes y dispositivos de control, una respuesta podrá ser pensarla como un puente, un enlace o una síntesis. La posibilidad de reconstruir un lazo que todos los días se daña por la proliferación del individualismo. Es una oportunidad para construir solidaridad, siempre y cuando todas las voces sean oídas y puestas en valor, porque cada relato aporta y en esas narrativas compartidas, desde este Sur global es que encontraremos las bases de una patria para todes.
Nunca olvidemos que el conocimiento no se construye en soledad. Es a partir del intercambio, de la incomodidad, de la interpelación de une por el otre y viceversa. Es una tarea compleja por supuesto, pero allí radica la potencia transformadora: en lo colectivo.
Por eso defendemos y reivindicamos las redes que se tejen entre el Estado, las organizaciones sociales y las comunidades. Desde allí también resistimos: en los Centros Socioeducativos o el programa FiNES, políticas desplegadas por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires en cada municipio, ejemplo de que lo construido desde la militancia popular puede ser convertido en política pública. No son medidas asistencialistas ni paliativas tapa bache, son conquistas colectivas, demandas históricas transformadas en derechos. Y creemos que es a partir de la articulación de estos programas con los trabajos cotidianos de apoyo escolar, de alfabetización o de acompañamiento a niñeces y juventudes, que su capacidad transformadora aumenta mucho más.
La educación popular como proyecto político pedagógico
Quienes nos reivindicamos como educadores populares, creemos que nuestro aporte a la construcción de una patria más libre y soberana, es necesariamente desde esta lógica; porque reconoce a cada persona como sujeto histórico, protagonista de la historia de su pueblo en cada acto cotidiano, con capacidad de comprender, incomodar y transformar su presente. No hay acto más soberano que un pueblo pensándose a sí mismo, y organizándose en busca de construir su propia dignidad.
Por eso nuestra manera de entender la enseñanza es situada, dialogada y respetuosa. Parte de los saberes concretos de los colectivos, las organizaciones y los movimientos sociales, reconociendo que esos saberes inciden en el mundo social y lo transforman. Como decía Simón Rodríguez, todos somos igual de capaces de aprender y por eso, todos debemos aprender. Walter Kohan, docente y pedagogo argentino, nos comparte su interpretación diciendo que “si en las escuelas de la colonia no hay posibilidades de ser lo que se es, en las escuelas de la República, ser lo que se es pasa a ser condición para habitar una sociedad más justa para todos”.
Nuestra propuesta de Patria trata de emancipar el pensamiento, cuestionar el sentido común que naturaliza la crueldad. Promovemos formas colectivas de reflexión que fortalezcan los lazos sociales y celebren la vida de los sectores históricamente postergados, no que traten de atropellarla.
En ese camino estamos, hacia una patria con dignidad para todxs.
Con ternura y organización combatimos, con ternura y organización venceremos.
*Trabajo Barrial de la Resistencia es un colectivo que desde hace más de quince años desarrolla espacios de apoyo escolar y alfabetización en distintos barrios de La Plata y Ensenada.
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