En el Día Internacional de la Mujer, la obra de Margaret Atwood vuelve a ser un espejo incómodo: la lucha contra el control del cuerpo, la violencia patriarcal y la negación de derechos que sufren las mujeres en Gilead resuena con las demandas actuales del movimiento feminista. El 8M se convierte así en un recordatorio de que las distopías no son ficción lejana, sino advertencias urgentes sobre desigualdades que persisten.
“Me levantó de la silla, doy un paso hacía la luz del sol con los zapatos rojos de tacón bajo, pensados para proteger la columna vertebral pero no para bailar. Los guantes rojos están sobre la cama. Los cojo y me los pongo, dedo por dedo. Salvo la toca que rodea mi cara, todo es rojo, de color de la sangre, que es lo que nos define. La falda es larga hasta los tobillos y amplia, recogida en un canesú liso que cubre el pecho, y las mangas son anchas. La toca blanca es de uso obligado; su misión es impedir que veamos, y también que nos vean. El rojo nunca me sentó bien, no es mi color (…)”
La lucha por decidir: maternidad, autonomia y libertad
La recepción inicial: El cuento de la criada, publicada en 1985, revela una paradoja profundamente ilustrativa sobre la intención entre la literatura y conciencia social: mientras que algunos tachaban a Margaret Atwood de alarmista o hasta excesivamente sombría, su método narrativo se base en una disciplina rigurosamente documental. No se trata de una mera especulación fantástica, sino de una arqueología de la opresión, donde cada elemento —la subordinación reproductiva, la anulación legal del estatus civil femenino, la teocratización del estado— respondía a precedentes verificables.
Atwood no inventó el régimen de Gilead; más bien lo ensambló a partir de fragmentos ya existentes en la experiencia humana: desde los programas de eugenesia del siglo XX hasta las purgas ideológicas de sociedades totalitarias, pasando por las estructuras jurídicas que han privado sistemáticamente a las mujeres de autonomía corporal y patrimonial.
La obra de Atwood se desarrolló en un contexto histórico y social sumamente complejo y perturbador. Publicada por primera vez en 1985, la novela distópica nos transporta a una sociedad totalitaria y opresiva conocida como República de Gilead.
La historia se sitúa en un futuro cercano, en el que Estados Unidos ha sido transformado radicalmente por un régimen fundamentalista religioso. En este nuevo orden social, las mujeres han sido relegadas a roles sumamente limitados y subordinados. La protagonista es una de las pocas mujeres fértiles que aún quedan en Gilead y es forzada a convertirse en una “criada” cuya única función es procrear para las familias de alto rango.
En Gilead, aquel lugar ficticio en donde ocurre la historia, los derechos que supimos conseguir fueron suprimidos poco a poco. Por ejemplo, el 8 de marzo de 1857, cientos de mujeres de una fábrica textil de Nueva York salieron a marchar en contra de los bajos salarios, que eran menos de la mitad de lo que percibían los hombres por la misma tarea. Esta jornada terminó con la sangrienta cifra de 120 mujeres muertas a raíz de la brutalidad con la que la policía dispersó la marcha.
Pasaron 169 años y las mujeres todavía no ganamos lo mismo que los hombres por la misma tarea, y a lo largo de la historia se ha invisibilizado la labor de las mujeres y los ejemplos sobran: Rosalind Franklin fue una química británica que está detrás del descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN. Sin embargo, durante muchos años fueron los científicos James Watson y Francis Crick los que se adjudicaron el descubrimiento como propio, llevándose todo el mérito e incluso el Premio Nobel de Medicina y Fisiología. Así como tantas otras que fueron invisibilizadas durante mucho tiempo, como: Marie Curie, Ana Bolena, Olympe de Gouges, Sor Inés, entre muchas otras más.
¿Estamos realmente lejos de Gilead?

El impacto del Cuento de la criada se intensificó dramáticamente en la segunda década del siglo XXI, cuando ciertos acontecimientos políticos en múltiples países parecieron materializar elementos de la ficción de Atwood. La proliferación de las leyes restrictivas sobre los derechos reproductivos, la judicialización de decisiones corporales y la normalización retórica de la vigilancia masiva reconfiguraron el estatus de la obra.
La ultraderecha se alimenta del pánico, las inseguridades y las incertidumbres sociales. En nuestro país, la pobreza, la imposibilidad de llegar a fin de mes incluso con un empleo formal y la inflación descontrolada generaron un terreno fértil para su irrupción. A esto se le suma el efecto de las redes sociales, que legitiman y amplifican el discurso del régimen.
La extrema derecha se posiciona como una fuerza antisistema, definiéndose en oposición a todo lo que considera responsable de la crisis, incluyendo el “wokismo”. Milei capitalizó un voto de protesta, proveniente de un rechazo transversal. Su estrategia fue identificar los partidos políticos convencionales como enemigos y englobarlos en la categoría de “casta”, junto con disidencias, sindicatos, jubilados, legisladores, prensa y cualquier actor que represente un “gasto” estatal u obstáculo a sus valores libertarios y conservadores, aunque no exento de contradicciones.
En la obra de Atwood, antes del golpe ya existía un movimiento ultraconservador con fuerte influencia política que supo aprovechar la crisis para tomar el poder, justificando su régimen como una restauración del orden moral. El discurso homofóbico del presidente en Davos se inscribió en esa lógica: una apelación al “orden moral” que busca legitimar el retroceso de derechos de las disidencias.
En la ficción, la constitución de Estados Unidos fue suspendida bajo el pretexto de la seguridad nacional; después procedieron a la eliminación de derechos y la represión a la población. En Argentina, las similitudes son inquietantes: se agrede de manera sistemática al Poder Legislativo, se recortan derechos y se reprime a la ciudadanía, siempre bajo el argumento de seguridad nacional.
El odio es crucial para la derecha extrema: se recurre al odio para polarizar a las sociedades hasta destruir la convivencia democrática y el pluralismo, y para inviabilizar el debate público. Y si una sociedad se divide profundamente por el odio político, está destinada a perecer. Así como en la República de Gilead, se manipulan las emociones del pueblo a través de la religión, el miedo y la deshumanización. Aparecen ceremonias donde una violación es presentada como un acto sagrado, manipulando la percepción de las criadas y haciendolas sentir que su sufrimiento tiene un proposito divino.
No se puede dudar que hay pasos hacía adelante. La sanción de la Ley 27.412 de Paridad de Género en Ámbitos de Representación Política establece que a partir de las elecciones para la renovación parcial de ambas cámaras del 2019, las listas legislativas deberán contener un 50 % de candidatas mujeres de forma intercalada. Esa norma viene a mejorar la ley 24.012 de 1991 que establecía un piso mínimo de representación.
Aunque la Argentina no es una dictadura teocrática como Gilead, existen similitudes en el uso del miedo, la división social y la crisis como herramientas de poder, para generar un estado de incertidumbre que permite imponer reformas estructurales sin una resistencia organizada.





