Nacido el 27 de Marzo de 1901 en Buenos Aires, Enrique Santos Discépolo vivió apenas cincuenta años, coincidiendo casi exactamente con la primera mitad del Siglo XX. Con una biografia que casi dibuja perfecta la parábola de millones de argentinos, llevándose con el una de las muertes mas metafóricas de la historia argentina y una victoria fundamental: los pueblos también son productores de cultura.
Por: Lucas Leonel Paniagua
De chiquilín te miraba de afuera
Hijo de inmigrantes italianos que se asentaron en la barriada porteña de Balvanera a fines del siglo XIX en la Buenos Aires del Centenario como telón de fondo, Enrique fue testigo privilegiado espacio-temporal de esa repentina explosion urbana tan brutal, que se desarrolló frente a sus ojos de niño triste que perdió a sus padres con tan solo 9 años. Las mudanzas de familia, cuidados, tutores y escuelas en un contexto de alta represión estatal, serían el escenario para sus primeros despertares en sus inquietudes sociales y políticas.
Hacia la década de 1920, el pulso de la ciudad de Buenos Aires era otro. El continuo crecimiento de la infraestructura urbana y de transporte impulsada por un desarrollo constante de las relaciones capitalistas llevan a una complejización enorme del paisaje social. Los pequeños talleres artesanales de fin de siglo ahora eran grandes fábricas y los primeros y reducidos grupos de asociación obrera se encaminaban hacia la masificación en diálogo con los ciclos migratorios. Buenos Aires de 1920 ya era una gran urbe, de las más grandes del mundo, con un alto grado de conflictividad obrera.
En ese ecosistema social y urbano que representaba aquella Buenos Aires de las primeras décadas del Siglo XX con su opulencia oligárquica y sus pesares proletarios, los artistas que buscaban su supervivencia material deberían contar con altas virtudes para balancearse entre estas contradicciones tan fundamentales.
Quizá esta contradicción social entre los mundos del capital y del trabajo sea una de las muchas explicaciones del origen del desarrollo del tango como producto cultural masivo.
Para aportar más especificidad a la propia biografía de Enrique, durante su juventud se convertiría en Discepolín, tomando el diminutivo por gracia de su hermano mayor Armando, quien obtiene su cuidado durante la preadolescencia de Enrique, educándolo a través del arte, precisamente del teatro.
Tango, cultura popular y representación política
Con la llegada de las primeras tecnologías de grabación, de difusión y reproducción se produciría la gran explosión del tango. Allí Enrique, sin despegarse del todo del teatro, empezaría a innovar con algunas letras: nacerían “Yira Yira”, “Esta noche me emborracho” y “Que vachaché”, una triada de canciones que, pese a un desconocimiento inicial, se convertirían en grandes hits porteños en la voz de Carlos Gardel, siendo a día de hoy parte de la gran colección de tangos de oro.
Para la década del 30’ llegaría Cambalache, obra culmine de la cultura argentina de todos los tiempos, la cual haría explotar de popularidad a Enrique, ganándose un lugar para siempre como artista indiscutido en la cultura nacional. Pero a toda esta innovación artística y cultural que representaba el tango, a la Buenos Aires popular de 1930, le seguía faltando su representación política.
Discépolo comenzaría a explorar definitivamente los caminos de la política y el gremialismo durante la década infame. Junto a otras grandes estrellas del tango como Francisco Canaro, Homero Manzi, y Osvaldo Fresedo conformaron el SADAIC, pionera en la Asociación Gremial de Artistas. Además de este activismo político concreto, a través de sus obras sostuvo una militancia férrea de los valores populares, con el lenguaje lunfardo como bandera y código en su producción artística.
El precio de pensar y decir lo que se piensa
Para la década de 1940 Enrique ya había alcanzado un reconocimiento internacional con un alto nivel de popularidad en el país, bien aceptado por el mainstream de la época, consagrado en el pedestal de estrella. Pero su alto nivel de comprensión política llevaría a Enrique a ir más allá, poniendo todos sus pergaminos en juego al declarar abiertamente su adhesión al peronismo. Participó en persona de la campaña de reelección de Perón en 1951, con monólogos diarios en el programa radial Pienso y digo lo que pienso. La reacción a esto fue tenaz. Un coro de hostilidad y heiteo cayeron en masa sobre él.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Los comentarios empezaron a correr: ¿Estaba comprado? ¿Cuánto le pagaban? Resulta tan incomprensible aquella declaración militante que incluso a día de hoy, muchos historiadores o periodistas que se lanzan a reconstruir su vida y obra, resaltan sus grandes dotes en una diversidad de actividades artísticas, pero dejan de lado, de su repertorio de virtudes, la de monologuista político. Enrique Santos Discépolo no es grande a pesar de haber sido monologuista peronista, por el contrario, ser un monologuista popular fue parte de su repertorio.
Pero la intolerancia política y de clase impulsó una persecución política y cultural hacia su figura: cartas anónimas insultantes, destrucción de discos, burlas, humillaciones y demás actos violentos hacia su figura no harían más que impulsar la última de las fases de este gran artista: Su muerte, como metáfora.

El año 1951, el último de la vida de Enrique, también sería de una gran producción cultural con la película “El hincha”, obra invaluable del cine argentino que casi ochenta años después expresa el apego popular de Enrique por la cultura de masas, dejando frases que a día de hoy forman parte de la bandería popular. Ese año, además de la campaña de reelección del peronismo y del renunciamiento de Evita, también serían los meses finales de la vida de Enrique.
En sus últimos días en el departamento de Callao al 765, Enrique se sentó en su sillón y pidió, con sus treinta y ocho kilos y cincuenta años, que de allí no lo moviesen hasta poder morir. La muerte lo encontró el 23 de diciembre de 1951, dejando tras de sí cincuenta años de una de las mayores biografías argentinas, con una obra artística, cultural y política inagotable.
Hoy, en el año 2026, donde el odio es materia corriente en las relaciones políticas y sociales, debemos recordar a Enrique por su gran obra artística de intelectual popular, pero por sobre todas las cosas, como víctima de una campaña de odio de clase desproporcionada
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