Yo voy en trenes

Yo voy en trenes

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

El tren llega a La Plata casi imperceptible al oído, hasta que se detiene y cientos de personas descienden en la estación final. Caminan hacia los molinetes y forman una marea humana que, en un instante, se disipa hacia la ciudad, cada uno a su jornada, sabiendo que al final del día la misma máquina nos devuelve a casa. Hay algo unificador en ese retorno: una coincidencia, un amontonamiento, una clase y, ojalá, una conciencia.

Por: Micaela Ceretti

Yo voy en trenes. O eso parece cuando la máquina se detiene. El tren, ese tubo de hierro y nervios, tiene una división muy clara entre los que aún tenemos adónde ir y los que no. Es un recipiente que contiene miles de historias. Siempre fue sombrío; carga con esa fama de lugar complicado y, cuando el rótulo se te pega, es difícil que se caiga. El Roca aglutina al 33 % de las personas que utilizan el tren como medio de transporte; la estación Constitución sirve de cabecera para más de cien mil pasajeros, el 25 % de los que utilizan la línea diariamente.

Tuvo su pico con la electrificación. ¡Qué belleza! El silencio del motor, el adiós al ruido metálico bien del siglo XX y ese aire acondicionado que es un respiro salvador. Parece mentira, ¿no? Cómo nos sorprende la dignidad cuando nos toca a los laburantes. Pero hoy ese escenario queda lejos, lejísimos.

Últimamente el tren está más sombrío de lo habitual. Se descarriló una formación en noviembre del año pasado en la zona oeste de CABA e incluso llegan noticias de tragedias en otros países; es algo en lo que no se piensa para no saturar la cabeza, pero es una posibilidad latente. El tren te salva, es lo más directo —y es fácil colarse—, pero el riesgo está ahí: medidas gremiales, accidentes, suicidios o descarrilamientos. Además, ahora va cargadisimo desde que el bondi es caro e ineficaz. Es lo que pasa cuando hay desidia. Y ahí viene la oda al tiempo perdido, la suspensión en el tiempo y el espacio; no hay forma de llegar. Si vas al laburo, hay cierta revancha en robarle unas horas a la jornada; pero cuando el viaje es a casa, ¡Qué bronca! Dormir menos, salir de casa antes y gastar más horas diarias por un viaje caro que solo permite, con suerte, llegar a horario a algún lugar.

En el tren hay un elenco estable. Reconocés las caras, adivinás destinos. Pero el elenco creció: pibitos y pibitas laburando, pidiendo, yirando de La Plata a Constitución —o viceversa—. Siete de cada diez pibes son pobres en nuestro país; muchos están ahí. En ese vagón vamos todes, mirando la foto que se convierte en película. Nada puede salir bien de ese ejército de pibitos suspendidos, viajando con un “no” como respuesta automática. Son los que quedaron afuera del reparto.

Por Hudson bajan los laburantes de la construcción: manos y espaldas curtidas de cal y cemento, cada vez más pibes y cada vez más viejos, la gente sin edad. Bajan donde los adinerados hacen sus barrios nuevos, donde la foto del tren no llega y “si no lo veo, no existe”. Pero nosotros sí vemos sus barrios desde la ventanilla, los vemos con nuestros propios ojos. Esos countries creados por albañiles —como todo en este mundo— que destrozan la tierra, los animales y el río. Sus “barrios seguros”. ¿Seguros de qué? De nosotros. Sí, nosotros, los que vamos en este tren. Se alimentan de sus fantasías de barrios exclusivos mientras nosotros los vemos pasar.

El panorama crece entre vendedores de medias, chipá, café, ingresantes con sus maquetas y viejos pidiendo plata para sobrevivir. El tren es un termómetro: cuando la cosa está bien o mal para los laburantes, cuando se vende o no se vende, cuando se paga boleto o no, se nota ahí, no hay otra. Cuando ves a un viejo pidiendo para comer y le cuelga una bolsa de drenaje como una foto medieval, es claro: está todo mal.

Parece absurdo diferenciarnos entre los que componemos el vagón. ¿Cuál es la diferencia? ¿Caerte o no del sistema? No solo estamos amontonados, con cara de perro, mal viajados: somos parte del mismo sector castigado y mutilado, aquellos que viven de su sueldo, trabajadores y trabajadoras. ¿Cómo se planta un estatal o un albañil frente al panorama de la normativa laboral? Digo, cómo se plantan, porque la pérdida de poder adquisitivo es para todos. Acá los únicos que ganan son los de siempre, los Galperin de la vida, los que especulan. En eso mi abuela no se equivocaba: “la plata llama a la plata”, es así. Y en esa vamos, sin lugar adonde ir, sin épica ni ilusión, en una época triste y ansiosa —con quien hables sufre alguno de estos padecimientos, de uno o de ambos—.

Hay cierta hidalguía en la idea del presente y el valor de la representación de aquellos que vamos en ese tren, de una punta a otra, tratando de salir adelante, cargando sueños individuales, colectivos y expectativas. Quizás estamos llamando a un gato con silbidos, esperando que el futuro llegue sin hacer nada en el presente. ¿Pero la cuestión es qué hacemos? Quizás haya que empezar con un buen diagnóstico y es simple y claro: nos quedamos todos afuera del reparto, y quizás sea ese el valor más poderoso que tenemos, la autoidentificación de ese vagón heterogéneo, cansado, escéptico, con malestar físico y mental, harto. A lo mejor no hay que comparar miserias entre nosotros y mirar enfrente, a los que el sistema siempre protege.

El tren llega a La Plata casi imperceptible al oído, hasta que se detiene y cientos de personas descienden en la estación final. Caminan hacia los molinetes y forman una marea humana que, en un instante, se disipa hacia la ciudad, cada uno a su jornada, sabiendo que al final del día la misma máquina nos devuelve a casa. Hay algo unificador en ese retorno: una coincidencia, un amontonamiento, una clase y, ojalá, una conciencia.

¡Sumate a la Comunidad Trinchera y aportá a la Comunicación Popular!

Tu aporte es esencial para que el Multimedio Trinchera pueda continuar con la construcción de una comunicación por y para el pueblo. Agradecemos el apoyo de nuestra comunidad y te invitamos a suscribirte para afianzar día a día nuestra Trinchera y disfrutar de un montón de beneficios.

Los delirios del de facto

Los delirios del de facto

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

La consecuencia inmediata de la guerra fue el aumento vertiginoso del precio de los hidrocarburos, ahora: ¿Qué pasará con los fertilizantes, los alimentos, u otros productos necesarios, por ejemplo, para la fabricación de medicamentos? ¿O con productos como el helio, utilizado en la industria tecnológica? Difícilmente seamos consientes del desbarajuste que puede significar.

En el último tiempo hemos hablado en reiteradas oportunidades sobre los actores que juegan en los entretelones de los cambios geopolíticos que se están dando en el mundo. Decisiones que se toman en oficinas de lujosos edificios, entre un puñado de CEO’s que tiene repercusiones en la vida de miles de millones de personas.

¿Se podría poner nombres propios? Posiblemente, pero las dinámicas de la vida política mundial no depende de x cantidad de personas, sino de los lobbies, de las narrativas que se imponen para justificar tal o cual decisión política, de los intereses cruzados entre sectores de las diversas potencias, entre un larguísimo etcétera que complejiza la cuestión.

Tal como decíamos la semana pasada, en una guerra como la que vivimos, unos poquitos ganan (y mucho) y otros muchos pierden. Lo primero, lo inmediato, son las vidas que se pierden producto de las bombas. Eso es lo que se ve de inmediato y que no tiene marcha atrás. Algunos morirán por convicción, defendiendo su causa, su nación, sus creencias; otras y otros morirán simplemente por haber nacido en alguno de los países involucrados en el conflicto. Pero en casi ningún serán quienes tomaron la decisión de ir a la guerra.

Los nombres, las personas de carne y hueso, poco a poco comienzan a convertirse en una estadística. Tantos murieron acá, tantos allá, otros tantos más allá. Y para ese entonces, el trabajo mediático de despersonalización, de deshumanización del conflicto ya consolidó una narrativa. No importan los nombres, sino quién gana y quién pierde, y qué condiciones impone uno a otro.

Quienes analizan conflictos bélicos sostienen que la primera víctima en una guerra es la verdad. Y seguramente sea porque el control de las narrativas es neurálgica del conflicto. En parte es por ello que todo el tiempo se ve a Trump bociferando grandilocuencias como que ya destruyeron toda la capacidad iraní o que están ganando, pero resulta que al mismo tiempo pide (cuasi exigió) a sus aliados de la extinta OTAN que le ayuden a reabrir el Estrecho de Ormuz, controlado por Irán.

El punto es que no hay dimensión real de las reconfiguraciones geopolíticas que pueden resultar, no hay dimensión real del impacto o las consecuencias a mediano y largo plazo que puede tener esta guerra. Todo depende de cuánto dure, pero al menos en lo inmediato no se ve un final cercano. Irán, como país agredido, ha dicho en más de una ocasión que ahora son ellos quienes decidirán cuando termina. En tanto EEUU e Israel sigan atacando infraestructuras iraníes, y las respuestas caerán sobre todos los países de la región colaboren con el eje anglo-sionista.

Las bases militares norteamericanas fueron los primeros objetivos, pero le siguieron las infraestructuras petroleras y gasíferas, habitaciones de lujosos hoteles donde funcionaban centro operacionales, aeropuertos, y de continuar en esta vorágine difícilmente alguien podrá salvarse. Las consecuencias inmediatas fueron aumentos vertiginosos de los precios de los hidrocarburos y escasez, ahora ¿Qué pasará con los alimentos cuando los fertilizantes multipliquen exponencialmente sus precios? ¿O con los de otros productos necesarios, por ejemplo, para la fabricación de medicamentos? ¿O con productos utilizados en la industria tecnológica? Difícilmente seamos consientes del desbarajuste que puede significar.

Luego de esta guerra, dificilmente pueda separarse a EEUU de Israel en materia de política exterior. Si quedaba alguna duda de que se mueven en tandem, ya no debería haberla. Ambos países, prácticamente desde sus creaciones, han estado en guerra permanente. El Ente Sionista con todos sus vecinos y más allá y EEUU con prácticamente más de medio planeta. Y allí podemos ver un claro ganador: el complejo industrial militar anglo-sionista. Mientras más dure la guerra, más ganarán. Porque ninguno de sus CEO’s se sube a un avión o a un buque y va a combatir, todo lo miran desde bastante lejos como si fuesen ajenos al conflicto. Y lo mismo se podría decir de las industrias tecnológicas, de inteligencia, los grandes timberos de las financieras globales, los contratistas que luego serán parte de la reconstrucción del desastre ocasionado. Y ello sólo si la conflagración se mantiene en términos regionales y no escala otro peldaño para convertirse en un conflicto global que involucre a otras potencias.

Como contracara de la parte ganadora de la moneda, los grandes perdedores, nuevamente, seremos los pueblos del mundo. No sólo de los países que están involucrados directamente en la guerra, sino todos ¿A cuánto creen que se puede ir la inflación global con un barril de petróleo a más de 200 dólares? Y no sólo por lo energético, hay cientos o miles de productos que se hacen conderibados del petróleo o del gas, por ejemplo los medicamentos.

Cuando allá por 2025 decíamos que este año sería un año turbulento, nos quedamos cortos. Y los que vendrán, posiblemente serán aún peores. Y no es por ser tremendistas o apocalípticos. El sólo hecho de comprender que todo, absolutamente todo, subirá de precio, es apenas la punta de un iseberg más grande que el que hundió al Titanic.

Este sistema mundo, la modernidad, el capitalismo, están rotos y nos están arrastrando a todos cada vez a mayor velocidad. Nadie, absolutamente nadie se salvará solo de este lío. Y para muestra cabe un botón: Está circulando en redes la foto de un cartel pegado en la vidriera en una panadería en Irán, el mensaje escrito sobre el papel dice “Cualquiera que no tenga dinero o cuya tarjeta no funcione puede tomar su pan diario sin cargo. Mientras estemos vivos, nadie pasará hambre“.

Nicolás Sampedro

Prefiero escucha antes que hablar. Ser esquemático y metódico en el trabajo me ha dado algún resultado. Intento encontrar y compartir ideas y conceptos que hagan pensar. Me irritan las injusticias, perder el tiempo y fallarle en algo a les demás.

¡Sumate a la Comunidad Trinchera y aportá a la Comunicación Popular!

Tu aporte es esencial para que el Multimedio Trinchera pueda continuar con la construcción de una comunicación por y para el pueblo. Agradecemos el apoyo de nuestra comunidad y te invitamos a suscribirte para afianzar día a día nuestra Trinchera y disfrutar de un montón de beneficios.

Los delirios del de facto, difícilmente comprendan alguna vez la potencia y el poder que tiene la solidaridad de un pueblo en tiempos combulsos como este.

Subir, bajar y otra vez volver a subir

Subir, bajar y otra vez volver a subir

TIEMPO DE LECTURA: 10 min.

Advertencia: usted está por comenzar a leer un relato verídico que contará el esfuerzo de caminar ciento catorce kilómetros en la cordillera argentina, bajo el sol, el viento y la lluvia, cargando comida, carpas y hasta kayaks inflables para lograr atravesar a remo sectores intransitables de la cordillera argentina. 

Un relato con ampollas en los pies, lesiones en las rodillas, inyecciones, fatiga, hambre y dignidad.

Usted comenzará a leer el andar de cincuenta marchantes que en un contexto adverso y de retroceso, decidieron poner su tiempo, dinero y salud en pos de la defensa de la soberanía argentina, llegando una vez más, hasta las orillas de Lago Escondido: espejo de agua argentino usurpado por el magnate británico Joe Lewis.

“Los Argentinos no somos empanadas que se comen sin mas trabajo que abrir la boca”

José de San Martín

Impulsadas por un viento frío, las gotas de lluvia me revientan en las mejillas pálidas y rojizas al mismo tiempo. Siento la naríz helada, pero debajo de la campera impermeable el vapor brota sobre mis hombros, la transpiración de mi espalda se convierte en una sopa que moja mi remera  y me hace resbalar la mochila de 75 litros cargada de ropa, comida para dos semanas, una bolsa de dormir, una carpa, dos garrafas de gas butano y una bandera Argentina.

Subir, bajar, volver a subir, inflar los cachetes para resoplar intentando expulsar del cuerpo el cansancio, volver a subir. Frenar, sacarse la mochila y que el peso por un instante descanse sólo en el antebrazo, darse cuenta de golpe, los kilos que uno lleva en la espalda, buscar una barrita de cereal, unos frutos secos, un poco de agua; esperar a los compañeros que vienen algunos metros atrás. Aprovechar mientras tanto e intentar que la montaña, los alerces, los coihues y cipreses entren todos juntos, al mismo tiempo en la retina. Volver a cargarse la mochila y que te raspe a la altura del hombro y el trapecio. 

Es el segundo día de caminata. Faltan más de treinta kilómetros para la cabecera oeste de Lago Escondido. 

Subir, bajar y otra vez volver a subir.

***

-Cierran todos el orto. ¡Dijimos que hablaba yo, carajo! 

De las cincuenta almas que esperaban a la espalda de Alejandro Meyer “El Vikingo”, no voló una mosca. 

El cartel de chapa color marrón con la tipografía que caracteriza el ANPRALE dando la bienvenida a la Reserva Natural Lago Escondido, nos daba una pista de donde estabamos metiendo la nariz, el Comisario de Rio Negro, los tres cordones de Policia que lo acompañaban y las patotas de paisanos a caballo con la cara tapada unos metros más atrás, confirmaban cualquier duda.

En palabras de José “Pepe” Sbatella, viejo militante de las FAP e integrante de la Columna Juana Azurduy: Estábamos cerca de la madriguera.

Atada al cuello, como si fuera una capa, una bandera Argentina colgaba a los hombros de una piba medio colorada, que con su celular y una autentica y sincera cara de asco nos filmaba sobrepasando el cordón de la policía de Río Negro. Detrás de las fuerzas de seguridad, por parte de los paisanos con el rostro tapado, volaban los insultos y también un dron de gran tamaño que nos firmaba desde el cielo, dejando un pequeño ruido a enjambre de abejas en el aire.

Intentando esquivar la mirada del Vikingo que lo tenía a una mano de distancia, el Comisario se refregaba las palmas y dedos por la cara, intentando parar la transpiración que caía de su su frente. Como pudo tartamudeó un par de argumentos, buscando dar a entender que su rol al igual que el del resto de policías presentes en el medio de la montaña era el de cuidarnos a nosotros. Luis Bianco, abogado de Hidden Lake y representante de Joe Lewis, observaba al Comisario de reojo al igual que una bandera patria que sostenía Juan, uno de los marchantes de la Columna Juana Azurduy.

El trapo rezaba: Las Malvinas son Argentinas Lago Escondido también.

Intimidado por Bianco o la bandera, el Comisario estaba hecho una sopa, nervioso y avergonzado. Sin poder evitar demostrar que por más que llevara los borcegos lustrados y calzara su uniforme con  insignias y atributos de jerarquía, en esas coordenadas de la Cordillera Argentina, él  era un empleado más de la Corona Británica. 

Demostrando su poder e intentando dejar en claro que era él quien manejaba la situación, Bianco hizo un gesto con su mano derecha,  invitando al Vikingo para que se acerque a hablar a solas a un par de metros alejado de los marchantes. 

Los cincuenta integrantes de la Columna quedamos expectantes y callados, confiando en la orden que habíamos recibido la noche anterior en la cena, cuando nos confirmaron, en el refugio de Los Laguitos, que ese cinco de febrero de dos mil veintiséis llegaríamos a la cabecera oeste de Lago Escondido. Serenos y con confianza en las voces de mando de La Juana, después de comer nos fuimos a nuestras carpas. Posiblemente, ya en la bolsas de dormir nos quedamos un rato pensando qué paisaje nos aguardaba en Lago Escondido, pero principalmente procesando la importancia de la tarea política que nos esperaba. 

Por esta razón mientras el Vikingo discutía con Bianco, nosotros estábamos tranquilos, sacando pecho y mostrando nuestras banderas. 

Parados casi sobre el paralelo 42, nos encontrábamos en la entrada del punto estratégico que tiene el imperio para la balcanización de nuestro territorio nacional.

Metiamos la nariz en la base que la OTAN tiene en nuestro país, “casualmente” en territorio de frontera, a unos pocos kilómetros de Chile. Sí, el principal aliado de los británicos en la guerra de Malvinas. 

El lugar dónde Obama se encontró con Mauricio Macri en 2016.

El lago de la mansión de Lewis, el magnate inglés que opera en territorio argentino desde los menemistas años 90 y quien recientemente fue indultado por el Presidente norteamericano Donald Trump, perdonando la condena penal de la justicia yanqui por fraude financiero, conspiración y traficar información privilegiada. Solo Lewis y Trump, saben el precio de semejante favor.

La mansión donde el Monopolio Clarín le puso la frutilla a la torta del Lawfere, apuntando todos sus caños o condenas en este caso, a Cristina Kirchner.

El punto estratégico donde se reunieron los Jueces  Federales: Julian Ercolini, Pablo Yadarola, el Juez Federal de la Camara de Casación Carlos Alberto Mahíques y el ex Jefe de Seguridad Porteño,  Marcelo D’Alesandro, hombre del riñón de Patricia Bullrich.

***

La suela del borcego talle 44 color gris va embarrada por completo, en esas piernas largas hay años de caminata. En muchas ocasiones verano tras verano patearon aquel sendero que arranca en Wharton acompañando el cauce del Río Azul y que sube por la montaña entre bosques nativos, toca lagunas de altura, se topa con Lago Soberanía y pudiendo plantar bandera allí, testarudo, continúa su sendero, bordeando el espejo de agua, subiendo montañas imposibles, hasta por fin llegar a Lago Escondido.

Esas piernas que obligadas, en tiempos de dictadura, fueron calzadas con botas negras militares y  tuvieron que caminar distancias interminables en la turba malvinera, en el barro hecho nieve, con ese color que poco tiene de blanco y es más amarronado, amarillento. Esas piernas vestidas de verde que marcharon el paisaje hostil, argentino y frío de nuestro Atlántico Sur. 

Esas piernas y ese cuerpo alto de manos grandes, que hoy llevan el pelo largo, barba blanca, nariz respingada y unos pequeños ojos marrones. Unos ojos que guardan imborrables en su iris, el paso y las esquirlas de la guerra. Ojos que soportaron mirar a la Fuerza Aérea británica descargando metralla sobre la estepa de Malvinas, a los morteros reventar sobre las trincheras heladas, encapotadas de tormenta, viento y muerte; a los altos mandos milicos abrigados y transando con el enemigo pirata. Pero también unos ojos marrones profundos, que miraron las estrellas en largas noches de guardia defendiendo el pabellón patrio. 

Estrellas de mar abierto, con la Cruz del Sur en su máximo esplendor, estrellas patagónicas: constelaciones argentinas. En realidad nuestras mismas estrellas que se ven a un par de kilómetros en continente, y que ahora, cuarenta y cuatro años después, rumbo a Lago Escondido lo esperan, lo acunan y lo guían en el sueño de regresar a las Islas. 

***

-Fui evacuado el 14 de junio a la madrugada, en el último de los vuelos que se hacían por debajo de la línea de los radares británicos, en un avión Hércules.

El “Flaco” Bellido habla y unos tres o cuatro marchantes lo escuchamos expectantes mientras caminamos bordeando el Río Azul.

-Me evacuaron por tener un avanzado cuadro de congelamiento de los miembros inferiores – dice mientras se pasa la mano a la altura del muslo izquierdo.

Vamos a su ritmo para no perdernos ningún detalle. A veces apuramos el paso porque sus piernas largas lo ayudan a sacarnos distancia en las rectas sin pendiente y en otras, aminoramos la marcha para estar cerca y no perdernos nada de ese relato que nos deposita en nuestras Islas Malvinas. 

Paso a paso, a su lado, nos sentimos un poco más argentinos. Pero ese sentir nacional es una mezcla de orgullo y vergüenza al mismo tiempo. Orgullo por caminar junto a él, precisamente buscando llegar a ese pedazo de Patagonia usurpado por un inglés. Vergüenza por lo que cuenta de su tiempo en la Isla, su pie de trinchera, el ocultamiento y la desmalvinización sufrida durante el radicalismo y el menemismo. 

-En el hospitalito de Malvinas quisieron amputarme el pie izquierdo, me salvó la llegada del último avión y la presencia de un compañero que me ayudó a resistirme- relata mientras frena la marcha y de su mochila nos comparte una botella de agua. 

Callado, mientras lo escucho y caminamos a su ritmo, se me viene a la cabeza la imagen de El Diego. Primero aparece su puño escondido entre los rulos y el 1 a 0 a Inglaterra en aquellos Cuartos de Final de la Copa del Mundo. Después me copa el pensamiento un Maradona doce años más grande, puchereando alguna lágrima en la Bombonera, declarando que le habían cortado las piernas.

Entre flashes futboleros, lo sigo escuchando al “Flaco”, que mientras camina habla de las Islas, de sus compañeros, de los milicos y de la importancia de seguir luchando tantos años después. Pero ahora no paro de mirarle la pierna izquierda, esa que a las piñas, junto a otro compañero, defendió en el hospitalito de Malvinas. 

Justo la pierna izquierda, la misma con la que Diego nos devolvió un pedacito de dignidad entre tanto cachetazo.

***

Al final de la picada, todavía a unos cuantos metros de distancia aparece el primer resplandor que se escapa cortado entre la cortina de árboles. A unos pocos minutos, nos espera soberano y tranquilo, Lago Escondido. La montaña, el sol radiante y el cielo celeste sin una nube a la vista, descansan sobre esa película de agua estática como un espejo. 

Una garganta se desgarra al grito de:

 ¡Viva la patria! 

Rápidamente ese grito de guerra es retomado y replicado por otras gargantas:

¡Viva la patria!

Las ampollas, el cansancio y la tensión con la Policía de Río Negro ya no importan. 

La Columna Juana Azurduy avanza a paso firme por el camino de servidumbre que la gente de Hidden Lake dejó marcado con una cinta roja de peligro. 

Sobre el sendero angosto nos imponen su presencia con la policia, paisanos encapuchados a caballo y gente vestida de negro manejando cuatriciclos y rodados todo terreno. 

Flameamos nuestras banderas y comenzamos a cantar las primeras estrofas del Himno Nacional:

Oid ¡mortales! el grito sagrado:

 ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Saltando de alegría, con la celeste y blanca como primer estandarte y entonando el himno, llegamos a la cabecera oeste de Lago Escondido. 

En ese mismo punto, Mauricio Macri se juntó a comer con Obama, precisamente el 24 de marzo de 2016.

Inflando el pecho la Columna Juana Azurduy recordó a los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos.

coronados de gloria vivamos

o juremos con gloria morir.

***

La cabecera oeste de Lago Escondido tiene una bahía que serpentea formando una letra S.  En gran parte, los musgos verdes oscuros copan el paisaje y se extienden desde la orilla hasta la mitad del veril, donde el lago toma un color oscuro aturquesado.

Tiene una playa ancha con piedras color gris claras. Aun así, nosotros nos amontonamos en un pequeño sector. A los pocos metros, absolutamente en todos lados, la gente de Lewis nos mira de manera amenazante con la cara tapada. Algunos incluso fingen pescar desde un gran muelle, que bizarramente decidieron adornar con banderas argentinas. 

***

Mientras inflamos los kayaks, Camila y Ricky se apresuran a desarmar su mochila y ponerse rápido la malla y las antiparras. Al mismo tiempo, como si estuviesen sincronizados o cortados por la misma tijera, toquetean sus relojes para dejar asentado, vía satélite, cada brazada, cada metro que darán en las aguas frías de Lago Escondido.

En esta ocasión el Padre Paco no pudo hacerse presente, entonces Franco y el Vikingo agarran un vasito de plástico y con el agua del lago, comienzan a bautizar a los marchantes que por primera vez llegaron a ese pedacito de patria usurpado. Mientras el Vikingo moja la nuca de los marchantes, Franco improvisa algunas palabras donde la fe y la lucha son parte de lo mismo.

Terminado el sacramento, algunos salen a remar en los kayaks flameando las banderas de sus organizaciones. Otros despliegan chacinados, frutos secos y preparan sanguchitos sentados en la playita de piedras.

Carlitos hace lucir un pedazo de queso y dulce, y se clava victorioso, un postre Vigilante mirando el agua.

Sandra se toma unos minutos para contemplar. Por su cabeza, quizás pasan imágenes del incendio que a principios de febrero del 2025 devoró chacras familiares, viviendas y miles de hectáreas de bosque nativo. 

Incendio que arrancó horas antes del comienzo de la Marcha a Lago Escondido del año pasado y que casualmente arrancó en Wharton, cercano a la picada que bordea el Río Azul y va de a poco adentrándose en la Cordillera, donde Joe Lewis es dueño de la mayor porción de tierras.

Alimentado por el viento y con terreno favorable por la poca lluvia, el fuego arrasó con todo. No discriminó en animales, bosques milenarios, pinares, ni mallines. Arrasó con todo menos con las tierras bajo posición británica.

Sandra contempla el reflejo de la montaña en el lago hecho un espejo. A unos metros de distancia, con la cara tapada, la miran amenazante los mulos de Joe Lewis, los mismos que aportaron a ensuciar su nombre y responsabilizarla por el inicio del fuego.

La culparon por mujer, por militante sindical, por habitante de la Comarca y por mapuche.

Sandra se acerca al Lago y pidiéndole permiso, de a poco camina dentro de él. Sus piernas color tierra se mojan. Su sangre, heredera de quinientos años de resistencia, circula fresca.

El Escondido, orgulloso y soberano le devuelve la mirada en el reflejo.

¡Sumate a la Comunidad Trinchera y aportá a la Comunicación Popular!

Tu aporte es esencial para que el Multimedio Trinchera pueda continuar con la construcción de una comunicación por y para el pueblo. Agradecemos el apoyo de nuestra comunidad y te invitamos a suscribirte para afianzar día a día nuestra Trinchera y disfrutar de un montón de beneficios.

1