TIEMPO DE LECTURA: 12 min.

*Por Fátima Lezcano, una de las ganadoras del concurso de crónicas “Arriba les que luchan”.

2025 

Antes de tocar el timbre de su casa en La Plata, los nervios se apoderaron de mí. La idea de entrevistar a alguien que significa tanto para la historia de nuestro país, incluso sin conocerlo, me intimidaba. No debe ser sencillo para ningún periodista adentrarse en un tema tan delicado, que nos atraviesa cada abril —pensé para mis adentros, intentando alentarme. 

Al cruzar el umbral recorrimos un patio grande y cuidado, hasta pasar esa puerta donde Norberto Santos compartiría conmigo parte de su historia. Era una casa de dos pisos, sorprendentemente acogedora a pesar de su tamaño. En principio solo éramos él y yo. Me invitó a sentarme en la mesa de algarrobo marrón y yo le pedí permiso para grabar. El reloj cucú de la pared color hueso marcaba el paso del tiempo como un testigo. A los minutos apareció su mujer, preguntando si queríamos mate y sumándose a la charla. 

Fue eso. Una charla. 

Más tarde aparecería su hija más pequeña, Malvina, y su hijo ya mayor de edad, Mateo. 

Sin planearlo, fui un 11 de junio, justo la fecha del último combate, el de Monte Longdon. Me contó que cada año se realiza una recreación en el Regimiento Siete, a la que él siempre asiste y, antes de invitarme, me advirtió que era algo fuerte. 

1982 

Era tres de abril. La guerra ya se había anunciado y Norberto, de 18 años —la misma edad que muchos de los muchachos que ya habían partido a Malvinas—, estaba casi como un día cualquiera en la esquina de su casa jugando un picadito con sus amigos del barrio en Tolosa. 

La pelota se movía entre sus pies cuando apareció un patrullero buscándolo: el anuncio era inexorable. 

Norberto, que estaba todo sucio, fue a su casa con los dos policías y les preparó el mate mientras se duchaba. Antes de partir le dejó una carta a su madre, anunciando que se iba al Regimiento Siete, que lo habían ido a buscar. “De ahí, no la volví a ver hasta la vuelta”, cuenta. 

Norberto fue de la camada del 62 e hizo solamente seis meses en la colimba. “Corre, limpia, barre”, resume su significado. Sin embargo, a comparación de camadas anteriores, a ellos les habían hecho hacer tareas que no eran las usuales, propias de la connotación de la palabra. Les parecía raro; más tarde atarían los cabos y entenderían el por qué. 

Aún no caían las primeras nevadas en Malvinas y en el campamento reinaba la idea de que todo podía resolverse sin llegar al enfrentamiento. Norberto, como muchos otros, creía que los británicos no se atreverían a desembarcar en las islas. Pero esa ilusión se rompió de golpe en la madrugada del primero de mayo, cuando el sonido seco de varias explosiones los despertó de lleno. Parecían venir desde la zona del aeropuerto. Más tarde supieron que se trataba de bombas lanzadas por un avión Vulcan. Ahí entendieron que la guerra ya no era una posibilidad, era un hecho. Desde entonces, la intensidad aumentó. Norberto, que era operador de telémetro de morteros, tuvo que poner en práctica todo lo que había aprendido. Al llegar a la isla, tuvo que enfrentar la dura realidad que lo acompañaría durante 72 días. Por errores de logística, la comida no llegaba. “La cocina de campaña es a leña. Pero en Malvinas no hay árboles, así que era imposible calentar. Además si se veía el humo era como decir ‘Estamos acá, vengan’”.

El hambre les llevó a salir en busca de ovejas, carnearlas y comer carne cruda. La guerra se les vino encima. En Monte Longdon y, en su caso, en Moody Brook, la noche era un campo de fuego. Veían los destellos de las balas recortando la oscuridad, respondían a ciegas, lanzaban morteros cada vez que una silueta aparecía entre las sombras. Todo era confusión, todo era miedo contenido.

El 12 de junio, dos días antes de la rendición, dejó su posición para asistir a un herido y dos morteros le cayeron a unos pocos metros, uno a la derecha y otro a la izquierda, que le arrancaron el brazo y parte del fémur y le llenaron el cuerpo de esquirlas. “Abrí los ojos y un compañero me decía que no me podía levantar, entonces vino otro y me arrastraron”, recuerda. A eso se sumó un disparo en el pecho que —supone— fue un tiro de gracia para que dejara de sufrir. “Nunca lo pude comprobar, porque cuando pedí la historia clínica el Ejército me la negó”, explica. 

—Me llevaron al hospital de campaña. Ahí te ponían en el piso y según el charco de sangre al lado tuyo, era la prioridad que tenías. 

Con sus tres primeras parejas, no hablaba de Malvinas. Logró hacerlo con su actual esposa, que es muy “malvinera”, cuenta con una sonrisa. Ella empezó a investigar por internet y dio con una nota del Diario Patagónico a Elsa Lofrano, una enfermera, que hablaba de un joven al que había sacado de entre los muertos en la morgue del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, y del que no había vuelto a saber nada. 

“En la morgue ponían al cadáver en una bolsa de tela de avión con un cierre. Un día trajeron un montón y entre el montón sentía que alguien se quejaba. Le dije al mayor: ‘hay alguien vivo’. Y él dijo: ‘hay cosas que a veces salen más barato ponerles el cierre, llevarlos a Buenos Aires y no ponerse a mirar entre tantos cadáveres. Cierre la puerta’”, narraba la enfermera. 

Sin embargo, Elsa asegura que no cerraron la puerta. “El mayor se fue y nosotros entramos y sacamos a uno vivo. Lo sacamos a traumatología y se empezó a recuperar, tenía las dos piernitas hechas pedazos con el pie de trinchera”. La enfermera fue la primera mujer reconocida como veterana. Hay una placa en el hospital, pero no la nombran. Fue olvidada por desobedecer una orden militar. Se pusieron en contacto con ella y Norberto tuvo la oportunidad de agradecerle. A partir de ese hecho, pudo seguir reconstruyendo su historia. 

Norberto estuvo en coma casi un año en terapia intensiva, lo despertaban cada tanto por el respirador. 

—Cuando estaba internado me costaba moverme, no sentía las piernas. Yo jugaba al rugby y al fútbol, y si me cortaban las dos piernas y ya había perdido un brazo, mi vida no tenía sentido. Le dije al médico que, si me las cortaban, yo me iba a matar. El médico no quiso cargar con esa culpa y derivó la decisión a otro —me cuenta. Elsa, en su nota del diario Patagónico, rescata y relata el episodio con sentimiento: “El doctor, Manuel Sanguinetti, lo quería un montón, nosotros lo curábamos del tronco para arriba porque sabíamos que las piernas no se iban a recuperar nunca porque estaban negras. Ya habían planificado llevarlo al otro día a quirófano para quitarle las dos piernas, y el doctor Sanguinetti me dijo ‘¿Sabés una cosa, Elsa? no me da el cuero para amputarle las dos piernas, lo voy a derivar’. Santos todos los días preguntaba por qué no sentía sus piernas. ‘¿Usted no sabe Elsa si mis piernas las voy a volver a recuperar?’, decía. Nosotros no se las dejábamos ver por el vendaje. ‘Sí’ —le decía yo—, ‘cómo no las vas a recuperar’, y él decía que si no no iba a poder caminar y se ponía a llorar”. 

1984 

La posguerra fue más dura que la guerra. 

Norberto volvió de Malvinas a los dos años, y cuenta que lo que más le dolió no fueron las heridas visibles, fue la negación, el rechazo, el silencio. Ellos trataban de entender por qué fueron recibidos así. 

—La gente nos tuvo miedo, nos veían como locos de la guerra que podíamos matar cincuenta personas de la nada, y nada más lejano que eso. No querían sentarse al lado tuyo, tener un vínculo con vos. Gente conocida que te apartaba, eso te destruía por dentro —cuenta—, y me parece verle los ojos cristalizados. 

—Cuando volví del hospital a mi casa, mis viejos no me dejaban hacer nada. Me vestían, me daban de comer. No era vida. Y ahí decidí irme a vivir solo, y me encontré con una realidad dura que no esperaba: la gente te apartaba, nadie te daba laburo. 

Una vez fui a Sanidad por un aviso del diario de trabajo. Dije que era excombatiente. El médico me dio una palmada en la espalda: “te vamos a llamar”. Nunca me llamaron. Volví a los meses, y dije que había tenido un accidente de moto. Automáticamente me dieron el trabajo. Me destrozó. Fue peor eso que si me lo hubieran negado. 

Norberto tuvo que inventar una historia sobre un accidente de moto y mantenerla un año. Como cupo de discapacitado entraba, pero como ex combatiente no valía.

Vivía con el miedo constante a ser descubierto, como si haber ido a poner el cuerpo por nuestra soberanía hubiese sido un delito. 

—Tiempo después me vieron en una marcha. Un compañero me reconoció. Me preguntó: “¿No sos vos?”. Lo negué. “Pero eras vos, estabas desfilando con los soldados”. Después le conté la verdad y le pedí que no dijera nada. Subí a la oficina: la mitad se apartó, la otra mitad se quedó. 

En el trabajo hacíamos órdenes de pago. Todos 20, yo con un solo dedo también hacía 20. Cuando se enteraron, la jefa me dijo: “Hace las que puedas”. Hasta el día de hoy no sé si fue un acto de miedo, o de bondad. 

2007 

En el vigésimo quinto aniversario de la guerra, Norberto, convencido por compañeros ex combatientes, volvió a Malvinas. Fueron a través de un puente aéreo desde la ciudad chilena, obligados a llevar pasaporte y bajo prohibición de cualquier distintivo celeste y blanco. 

Los ojos húmedos lo acompañaron durante toda esa semana. Llegó hasta el cementerio de Puerto Darwin, donde pudo despedirse de sus compañeros caídos en combate. Y sin quererlo, guiado por su mente, terminó en su trinchera rodeada de piedras. Los recuerdos y las sensaciones lo invadieron; el frío, el hambre, el miedo, el dolor. Era como si una vieja película se proyectara en su cabeza, y él volviera a estar ahí, entre sus compañeros. 

Desde ese viaje, algo dentro suyo empezó a calmarse. 

—Antes, con los cohetes de fin de año era un… desastre. 

Excavando con sus manos en la trinchera halló una cuchara, un tenedor, un tubo de dentífrico y un pedazo de suela de un par de borcegos que le pertenecían. Lo trajo todo, junto a la turba, esa tierra húmeda y esponjosa que cubre gran parte del suelo malvinense. Ahora lo guarda todo en una suerte de museo que tiene en un rincón de su casa; Malvinas está presente en cada espacio de su hogar, en vitrinas, paredes, estantes. Como si la memoria necesitara de esos restos para seguir hablando. Algunas de las cartas que conserva, aún no se animó a leerlas.

De ese viaje también pudo conseguir la tarjeta de internación del hospital. Cayó herido el 12 de junio a las 10:45 a.m., y tiene el ingreso al hospital el día 13. El registro que le falta coincide con la historia de Nora en la morgue. En esa época, nada era digital, era todo papel. Y los militares desaparecieron todo el archivo. 

Mientras me hace un recorrido por su santuario malvinense, su hija de 4 años, Malvina, se prueba el pesado casco de guerra y le dice con entusiasmo “¡Papi, mira!”. Su mujer añade, con una pizca de orgullo, que es la última hija de un excombatiente malvinense. 

2025 

—Fuimos con 18 años, y volvimos con 90 —dice Norberto. 

Hoy en día, tiene la habilidad de afeitarse con la luz apagada sin mirarse en el espejo. 

—Si se mira en el espejo, se corta todo —añade su mujer, entre risas.

Allá le llamaban posición adelantada, como si fuera un partido de fútbol. Pero en Malvinas no había goles, ni hinchada, ni revancha. Solo pibes mal armados y un enemigo real: estabas a dos kilómetros de tu grupo de combate, y tenías que tirar un tiro para avisar que venían los ingleses; si lo hacías, eras boleta. 

Eran tres o cuatro horas solo en la oscuridad, la cabeza giraba para todos lados. Entonces, se afeitaban en la oscuridad para entretenerse con algo. Otra de las muchas secuelas que arrastra Norberto —además de las físicas, como el reemplazo de su brazo izquierdo por una prótesis, las esquirlas que aún lleva en el cuerpo, o las 64 cirugías a las que fue sometido— es el miedo a los espacios cerrados: necesita que su cama esté siempre junto a una ventana. 

Una de las tantas esquirlas que le sacaron del cuerpo.

Norberto pudo rehacer su vida. Hace poco se jubiló de martillero público, y su familia es su mayor pilar. Comenta con alegría que ese domingo, Día del Padre, van a reunirse con su mujer y sus hijos a comer asado. Pero sabe que no todos tuvieron la misma suerte; hay muchos que están mal y la sociedad sigue mirando a un lado. 

Otro gran apoyo para él fue su grupo de ex combatientes, los cuales considera hermanos de sangre. Se mantienen en constante contacto, y se reúnen seguido a comer asado. 

—Nos habíamos agrupado con otros veteranos. No nos preguntábamos qué nos había pasado. Nos entendíamos. Pero siempre fue así: miedo, ocultamiento. Habíamos firmado papeles que decían que si hablábamos, nuestra familia iba a sufrir consecuencias.

Hace seis meses, después de 43 años y por insistencia de sus compañeros, recibió la medalla por herido por parte del ejército que habían entregado en 1982, cuando él se encontraba en terapia. 

Todos los papeles que tiene los recuperó por terceros, nunca por parte del Estado. Cuando trató de averiguar sobre su historia clínica apenas volvió, le dijeron: “Ni en pedo la pidas, los militares no te la van a dar”, y un médico comenzó a hacerle estudios para tratar de averiguar qué le habían hecho. Durante años no hubo nada, recién hace un año consiguió un papel de cuando salió del hospital de campaña herido hacia el continente. 

—Yo tengo seis hijos. Las nuevas generaciones empujaron mucho para que la realidad de Malvinas se conozca. Pero esto es como siempre: el día que no estemos, vamos a ser más importantes. Hoy nos usan para una charla, un documental. Cuando no haya más veteranos, la sociedad nos recordará más —dice con decepción. 

En promedio, cada dos días fallece uno. No siempre por causas directas del combate, comúnmente por problemas de salud. Los primeros años, en cambio, fueron más suicidios. 

Norberto no se considera un héroe. 

—Los héroes quedaron allá —dice con firmeza. —Hay que tratar de mantener vivo lo que ocurrió y a los que no volvieron.

Se hace un silencio. Y entonces, cuarenta y tres años después, el ex combatiente me confiesa: “La paz con Malvinas la encontré, con la sociedad no”. 


Referencias
El Patagónico (2 de abril de 2012). El soldado que fue rescatado de la morgue tras ser dado por muerto. El Patagónico. Recuperado de https://www.elpatagonico.com/el-soldado-que-fue-rescatado-la-morgue-ser-dado-muerto-n618905


Fátima Lezcano

Comprometida con un periodismo transparente y la escritura como un acto de memoria, responsabilidad y sensibilidad.


¡Sumate a la Comunidad Trinchera y aportá a la Comunicación Popular!

Tu aporte es esencial para que el Multimedio Trinchera pueda continuar con la construcción de una comunicación por y para el pueblo. Agradecemos el apoyo de nuestra comunidad y te invitamos a suscribirte para afianzar día a día nuestra Trinchera y disfrutar de un montón de beneficios.

Recibí nuestros mejores contenidos directamente en tu bandeja de entrada.

Dejanos tu comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Trinchera

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

1