*Por Franco Lizarraga, uno de las ganadores del concurso de crónicas “Arriba les que luchan”.
Fotografía de Gustavo Molfino
Hacia las 7 de la mañana, en un amanecer aliviadoramente fresco para la época luego de un verano con varias olas de calor, desde el Congreso de la Nación, Gustavo Molfino mira cómo se va armando el vallado alrededor del edificio en el que trabaja como fotógrafo de la Cámara de Diputados. Algunos agentes toman mate, los autos circulan y el rumor de la ciudad continúa eterno e inmutable. Pero el comentario entre los compañeros de Gustavo está, la cosa invisible ya está ahí, llega antes que nadie.
Hacia las doce del mediodía comienzan a llegar los primeros manifestantes: jubilados, sindicalistas de la CGT, de la UOCRA, el partido socialista, hinchas de Rosario Central, Boca, River, Independiente, San Lorenzo, Newells y los hinchas de Chacarita, aquellos con los que empezó todo una semana atrás, por Carlos Dawlowfki, el jubilado afiliado que venían gaseando desde abril cada miércoles.
“Acá va una vieja meada”, “Genios de la Economía, Caputo y Milei, ¿Cómo se hace para vivir con trescientos mil?”, “Policía y plasticola, sirven para pegar”, se lee en pedazos de cartón, todos ya sin estar forrados con papel afiche, porque lo importante es que también los carteles resistan ese día.
Terminada la jornada laboral, sobre las tres y media, Gustavo baja y empieza a disparar con su Nikon Z, ya colgada del brazo. En la esquina de Callao y Rivadavia ya están hechas las primeras fotos, muchas de las cuales quedarán en sus redes sociales. Casi dos horas antes del inicio pautado, estaban los chorros beiges de gas volando sobre aquella esquina.
Gustavo camina por Entre Ríos, cruza por la plazoleta frente al Congreso, sobre el vallado y el cordón policial y llega finalmente a Hipólito Yrigoyen, donde uno de los camiones de agua rodea la plaza para apuntar desde Cevallos a las columnas que se juntaron en la esquina de Montevideo. Dispara en el momento en el que el camión se dirige a Cevallos y observa el fuego en dirección al Anexo del Senado. Se pone a la espalda de los gendarmes y ve frente a sí al montón de fotógrafos. Piensa que no vale la pena meterse ahí, entre medio de los bandos, entiende que esa foto ya está hecha. Toma, igualmente, algunas desde lejos, al mueble prendido fuego. Allí da media vuelta, cruza la plaza y se dirige a la Avenida de Mayo. Al ver hacia la formación que se estaba dando sobre Yrigoyen, sintió lo que ocurriría. Vio esa foto muchas veces pero nunca habría de imaginar que ese mueble en llamas fue lo mismo que fotografiaron él y Pablo Grillo, lo único que los conectó a ambos, además de la profesión. Pero solo eso, porque el destino fue opuesto para los dos. Sigue por Avenida de Mayo e Yrigoyen, había pasado más de una hora. Piensa en todo lo que sacó, piensa en lo cansado que está y se dirige hacia su casa en dirección a la Casa de Madres. Esa misma misma noche sube dos posteos, 22 fotos.
Cristina Sillie, fotoperiodista freelance, llegó pasadas las cuatro, iniciados los picos de represión. Empezó a sacar fotos en la Plaza del Congreso, fotos quemadas por el sol. En esa época es imposible evitar la sobreexposición de las fotos, la famosa hora mágica para los fotógrafos empieza en el ocaso y sin embargo, atraída por el fuego sobre Yrigoyen, se corre del centro de la plaza y allí captura al famoso joven retratado por muchos, que entre el cordón policial y los hinchas, desafiaba a brazos abiertos a las fuerzas de seguridad. Cristina lo toma de perfil, en un plano entero, parado sobre el piso mojado, tan brillante el suelo como el mueble ardiendo que fotografió Gustavo antes de irse. El joven estaba con una bufanda roja, una remera, chupín y zapatillas negras, con la cabeza rapada al descubierto y armado con un gesto de “fuck you” que con bronca apuntaba al cordón, algo que le costaría una herida de bala de goma en la cabeza que muy bien se tomó el tiempo de mostrar frente al lente de Cristina. Un chupón en carne viva de color bordo que parece la mordida de una sanguijuela africana hambrienta.
Sillie permanece escondida, cuando de la pantalla de humo aparece un proyectil que impacta en la cabeza de Pablo Grillo y lo desmaya allí mismo. Rápidamente los compañeros rodean a Grillo y Cristina se acerca y dispara a la cara de Pablo en la cual no queda ningún gesto de dolor. Se queda allí hasta la llegada de la ambulancia pero sin dejar de disparar contra el cordón que estaba a unos metros frente a sí. “Después lo hablamos con los compañeros y vimos que podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Al ver las fotos que él venía sacando, cuando se publicaron, eran las mismas que venía sacando yo”, dijo Cristina.
Luego de llevarse a Pablo decide retirarse por Avenida de Mayo y en la marcha, sobre Santiago del Estero, entre cánticos que parecen sonar en toda la ciudad sin perder fuerza, observa una enorme llamarada que le anuncia otra catástrofe. Lejos de poder perderse una vida, un patrullero de la Policía de la Ciudad dado vuelta se calcinaba como madera seca. Ya no se distinguía el ploteo celeste de las fuerzas. Solo era un chasis gris al que ya no le quedaban ni ventanas, ni butacas ni cubiertas. Esa es su última foto, pasadas las 18 horas. Por fortuna, para aquella cobertura un compañero le había prestado un casco y salió ilesa.
A Emanuel Herrera, notero de Crónica TV y a su camarógrafo Guillermo, les empezaron a pegar en la esquina de Callao y Rivadavia, en la vereda, mientras hablaban con la gente. El camarógrafo recibe el golpe con el brazo para proteger la cámara. La Prefectura sigue avanzando y ellos se alejan por Rivadavia hasta la altura del Cine Gaumont. Terreno opuesto de donde se movían Molfino, Sillie y Grillo.
La policía empieza a meterse en la vereda para detener gente al tiempo que tiran balazos de goma. Mientras mostraban los hechos, Emanuel recibe un balazo de goma en la pierna derecha y Guillermo dos balazos en la pierna derecha y una en la izquierda, en torno a los muslos y los tobillos. Ante los balazos registrados en vivo, desde el canal les ordenaron bajar señal y dirigirse al edificio de Crónica para llevarlos a ser atendidos al Centro Gallegos. Emanuel volvió a las doce de la noche a su casa. En su calidad de periodista para un medio de renombre, inició la jornada con protecciones. Sin embargo, a la hora de la verdad, todos somos iguales ante la ley.
La experiencia es un sexto sentido. Gustavo vio muchas veces la foto que se forma cuando se amontonan dos bandos contrarios. Cuando estaba en las espaldas de los gendarmes, en la escena previa del balazo a Grillo, ya supo lo que sospechaba desde hace tiempo. Los efectivos se repartían los blancos. Pablo Grillo fue el del cabo primero Héctor Jesús Guerrero de la Gendarmería.
En ambos bandos, todos los miércoles son lo mismo. Gustavo y Emanuel, acaso también Cristina, ven a los mismos oficiales. Y ellos ven a los mismos periodistas. Incluso el primero llegó a saludar a los efectivos en los preparativos matutinos de cada mitad de semana y recibir el mismo saludo. Emanuel confirmará más tarde esta rutina. Saludarse con el hombre que más tarde es que te da el palazo, saludarse con el tipo que te pone la lente en la cara. El vínculo entre opresor y oprimido ¿Dónde está la diferencia? Ambos se disparan, ambos trabajan, ambos usan cascos y chalecos, ambos caminan las bulliciosas calles de los miércoles y ambos se conocen. Pero la diferencia es la ideología y en el “ambos se conocen” está la ruptura.
“Nosotros íbamos caminando por la Avenida de Mayo y detectamos que policías de la federal se estaban sacando selfies mientras reprimían, y ahí había gente de un streaming libertario que estaba filmando y les pedían grabar tirando gas lacrimógeno al aire”, comentó Emanuel, más tarde, sobre el motivo por que cree que fueron baleados en las piernas ese día.
Gustavo señala que en las múltiples marchas el rastreo y persecución son comunes. Recuerda que en otra ocasión vio efectivos de civil, a espaldas de ellos, en la zona de la plazoleta de Avenida de Mayo, mostrándose primeros planos de personas, todos manifestantes, para luego, dada la orden, dirigir grupos de oficiales directamente a la persona buscada.“Yo tengo una foto en la que hay dos policías. Uno está filmando con el celular y el otro me está señalando a mí (Dos pendejos, aparte). Y eso quiere decir que estás marcado para una próxima manifestación, si te ven”, dijo Gustavo, en otro momento. Todos se conocen, pero algunos más que otros.
Después del 12 de marzo, el Ministerio de Seguridad, a través de un comunicado, calificó la movilización como una “concentración con elementos de violencia organizada”. Según el parte oficial, la represión fue “proporcional” y se justificó por “el accionar de grupos infiltrados que atentaron contra el orden público”, en referencia a los disturbios ocurridos sobre Avenida de Mayo y Santiago del Estero con el móvil policial. En el comunicado se lee que “la intervención de las fuerzas federales impidió una escalada mayor de violencia y protegió la integridad de los trabajadores del Congreso y del público general”.
En el mismo documento, el Ministerio informó que hubo 124 personas detenidas, 76 mayores de 30 años y 47 heridos, incluyendo efectivos y manifestantes. No se aludió el nombre de Pablo Grillo ni las lesiones sufridas por reporteros, aunque en declaraciones posteriores, la ministra de Seguridad de ese entonces, Patricia Bullrich, calificó como “hecho lamentable” el impacto recibido por el fotoperiodista, y aseguró que “la Gendarmería actuó dentro de los protocolos vigentes”.
Por su parte, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) emitió un comunicado el 13 de marzo en el que denunció “la violencia sistemática contra la prensa” y exigió la identificación y sanción del gendarme responsable de herir a Pablo Grillo. En ese texto, se señala que 14 trabajadores de prensa fueron agredidos durante la cobertura, varios alcanzados por balas de goma y uno con heridas graves en la cabeza.
En el informe elaborado en conjunto por ARGRA, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y el Mapa de la Policía, tras identificarse al cabo primero Guerrero, se deja constancia de que el proyectil fue disparado de forma horizontal y directa, violando los protocolos sobre el uso de armas no letales. En la investigación, el material videográfico revela que Guerrero no fue el único del personal que lo hacía.
El Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) además, repudió la represión y convocó a una movilización frente al Congreso bajo la consigna “Sin periodistas no hay democracia”. En su declaración, apuntaron al “uso deliberado de la violencia institucional para disciplinar la cobertura crítica” y afirmaron que el ataque a Grillo “no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de intimidación”.
Del lado oficialista, varios funcionarios evitaron condenar la actuación policial. Del bloque de La Libertad Avanza señalaron en medios que no debe tolerarse que grupos radicalizados usen a periodistas como escudos y pidieron una investigación sobre el rol de la “prensa alternativa” en la organización de las movilizaciones.
Pablo Grillo ingresó minutos después de recibir el disparo en el Hospital Ramos Mejía, donde pasó casi tres meses en terapia intensiva. El parte médico explicó que sufrió fractura de cráneo y pérdida de masa encefálica. Además, el diagnóstico reveló hidrocefalia (acumulación de líquido en el cráneo, que aumenta la presión del cráneo), que obligó a realizarle varias cirugías por fisuras y la colocación de válvulas de drenaje del líquido. Se le tuvo que colocar una prótesis craneal.
Fue dado de alta el martes 3 de junio. El traslado a un centro de rehabilitación empezó a las diez de la mañana. Se lo vio salir en campera negra rompeviento, un gorro de tela rojo y blanco, con barba de semanas, las piernas tapadas con protector celeste y en camilla. Sonríe a todos los compañeros que cantan para él: “Te estamos esperando, que vuelvas para el barrio”. La expresión es inmutable, paralítica. Una sonrisa que no se distingue si es por no poder hacer otra expresión, por generosidad a quienes reunieron ahí por él o porque acaso la sacó barata, al ver la luz de sol una vez más. Pero desde que lo acercan a la puerta hasta que lo meten en la ambulancia, esa cara no cambió. Así comenzó su rehabilitación en el hospital Manuel Rocca. Enfrenta la posibilidad de secuelas como deterioro neurológico, deficiencia motriz o cognitiva e incertidumbre de recuperación total de funciones.
Tiempo atrás, el 29 de abril, el asesor presidencial Santiago Caputo, tuvo un altercado con el fotoperiodista Antonio Becerra. El hombre de mayor confianza del presidente asistía al debate de candidatos porteños y le tapó la cámara al fotógrafo que lo retrata en primer plano. Caputo tomó la credencial de fotógrafo, le sacó una foto con su celular y se fue, mascando chicle.
Dos días después, el 1 de mayo, en un mensaje publicado en su red social “X”, el presidente Javier Milei dijo: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.

Franco Lizarraga
Mirando lo que duele y escribiendo para que no se vuelva costumbre, porque la lucha empieza por ver.







