El ojo que molesta 

El ojo que molesta 

TIEMPO DE LECTURA: 10 min.

*Por Franco Lizarraga, uno de las ganadores del concurso de crónicas “Arriba les que luchan”.
Fotografía de Gustavo Molfino

Hacia las 7 de la mañana, en un amanecer aliviadoramente fresco para la época luego de un verano con varias olas de calor, desde el Congreso de la Nación, Gustavo Molfino mira cómo se va armando el vallado alrededor del edificio en el que trabaja como fotógrafo de la Cámara de Diputados. Algunos agentes toman mate, los autos circulan y el rumor de la ciudad continúa eterno e inmutable. Pero el comentario entre los compañeros de Gustavo está, la cosa invisible ya está ahí, llega antes que nadie. 

Hacia las doce del mediodía comienzan a llegar los primeros manifestantes: jubilados, sindicalistas de la CGT, de la UOCRA, el partido socialista, hinchas de Rosario Central, Boca, River, Independiente, San Lorenzo, Newells y los hinchas de Chacarita, aquellos con los que empezó todo una semana atrás, por Carlos Dawlowfki, el jubilado afiliado que venían gaseando desde abril cada miércoles. 

“Acá va una vieja meada”, “Genios de la Economía, Caputo y Milei, ¿Cómo se hace para vivir con trescientos mil?”, “Policía y plasticola, sirven para pegar”, se lee en pedazos de cartón, todos ya sin estar forrados con papel afiche, porque lo importante es que también los carteles resistan ese día. 

Terminada la jornada laboral, sobre las tres y media, Gustavo baja y empieza a disparar con su Nikon Z, ya colgada del brazo. En la esquina de Callao y Rivadavia ya están hechas las primeras fotos, muchas de las cuales quedarán en sus redes sociales. Casi dos horas antes del inicio pautado, estaban los chorros beiges de gas volando sobre aquella esquina. 

Gustavo camina por Entre Ríos, cruza por la plazoleta frente al Congreso, sobre el vallado y el cordón policial y llega finalmente a Hipólito Yrigoyen, donde uno de los camiones de agua rodea la plaza para apuntar desde Cevallos a las columnas que se juntaron en la esquina de Montevideo. Dispara en el momento en el que el camión se dirige a Cevallos y observa el fuego en dirección al Anexo del Senado. Se pone a la espalda de los gendarmes y ve frente a sí al montón de fotógrafos. Piensa que no vale la pena meterse ahí, entre medio de los bandos, entiende que esa foto ya está hecha. Toma, igualmente, algunas desde lejos, al mueble prendido fuego. Allí da media vuelta, cruza la plaza y se dirige a la Avenida de Mayo. Al ver hacia la formación que se estaba dando sobre Yrigoyen, sintió lo que ocurriría. Vio esa foto muchas veces pero nunca habría de imaginar que ese mueble en llamas fue lo mismo que fotografiaron él y Pablo Grillo, lo único que los conectó a ambos, además de la profesión. Pero solo eso, porque el destino fue opuesto para los dos. Sigue por Avenida de Mayo e Yrigoyen, había pasado más de una hora. Piensa en todo lo que sacó, piensa en lo cansado que está y se dirige hacia su casa en dirección a la Casa de Madres. Esa misma misma noche sube dos posteos, 22 fotos. 

Cristina Sillie, fotoperiodista freelance, llegó pasadas las cuatro, iniciados los picos de represión. Empezó a sacar fotos en la Plaza del Congreso, fotos quemadas por el sol. En esa época es imposible evitar la sobreexposición de las fotos, la famosa hora mágica para los fotógrafos empieza en el ocaso y sin embargo, atraída por el fuego sobre Yrigoyen, se corre del centro de la plaza y allí captura al famoso joven retratado por muchos, que entre el cordón policial y los hinchas, desafiaba a brazos abiertos a las fuerzas de seguridad. Cristina lo toma de perfil, en un plano entero, parado sobre el piso mojado, tan brillante el suelo como el mueble ardiendo que fotografió Gustavo antes de irse. El joven estaba con una bufanda roja, una remera, chupín y zapatillas negras, con la cabeza rapada al descubierto y armado con un gesto de “fuck you” que con bronca apuntaba al cordón, algo que le costaría una herida de bala de goma en la cabeza que muy bien se tomó el tiempo de mostrar frente al lente de Cristina. Un chupón en carne viva de color bordo que parece la mordida de una sanguijuela africana hambrienta.  

Sillie permanece escondida, cuando de la pantalla de humo aparece un proyectil que impacta en la cabeza de Pablo Grillo y lo desmaya allí mismo. Rápidamente los compañeros rodean a Grillo y Cristina se acerca y dispara a la cara de Pablo en la cual no queda ningún gesto de dolor. Se queda allí hasta la llegada de la ambulancia pero sin dejar de disparar contra el cordón que estaba a unos metros frente a sí. “Después lo hablamos con los compañeros y vimos que podríamos haber sido cualquiera de nosotros. Al ver las fotos que él venía sacando, cuando se publicaron, eran las mismas que venía sacando yo”, dijo Cristina. 

Luego de llevarse a Pablo decide retirarse por Avenida de Mayo y en la marcha, sobre Santiago del Estero, entre cánticos que parecen sonar en toda la ciudad sin perder fuerza, observa una enorme llamarada que le anuncia otra catástrofe. Lejos de poder perderse una vida, un patrullero de la Policía de la Ciudad dado vuelta se calcinaba como madera seca. Ya no se distinguía el ploteo celeste de las fuerzas. Solo era un chasis gris al que ya no le quedaban ni ventanas, ni butacas ni cubiertas. Esa es su última foto, pasadas las 18 horas. Por fortuna, para aquella cobertura un compañero le había prestado un casco y salió ilesa. 

A Emanuel Herrera, notero de Crónica TV y a su camarógrafo Guillermo, les empezaron a pegar en la esquina de Callao y Rivadavia, en la vereda, mientras hablaban con la gente. El camarógrafo recibe el golpe con el brazo para proteger la cámara. La Prefectura sigue avanzando y ellos se alejan por Rivadavia hasta la altura del Cine Gaumont. Terreno opuesto de donde se movían Molfino, Sillie y Grillo. 

La policía empieza a meterse en la vereda para detener gente al tiempo que tiran balazos de goma. Mientras mostraban los hechos, Emanuel recibe un balazo de goma en la pierna derecha y Guillermo dos balazos en la pierna derecha y una en la izquierda, en torno a los muslos y los tobillos. Ante los balazos registrados en vivo, desde el canal les ordenaron bajar señal y dirigirse al edificio de Crónica para llevarlos a ser atendidos al Centro Gallegos. Emanuel volvió a las doce de la noche a su casa. En su calidad de periodista para un medio de renombre, inició la jornada con protecciones. Sin embargo, a la hora de la verdad, todos somos iguales ante la ley.  

La experiencia es un sexto sentido. Gustavo vio muchas veces la foto que se forma cuando se amontonan dos bandos contrarios. Cuando estaba en las espaldas de los gendarmes, en la escena previa del balazo a Grillo, ya supo lo que sospechaba desde hace tiempo. Los efectivos se repartían los blancos. Pablo Grillo fue el del cabo primero Héctor Jesús Guerrero de la Gendarmería. 

En ambos bandos, todos los miércoles son lo mismo. Gustavo y Emanuel, acaso también Cristina, ven a los mismos oficiales. Y ellos ven a los mismos periodistas. Incluso el primero llegó a saludar a los efectivos en los preparativos matutinos de cada mitad de semana y recibir el mismo saludo. Emanuel confirmará más tarde esta rutina. Saludarse con el hombre que más tarde es que te da el palazo, saludarse con el tipo que te pone la lente en la cara. El vínculo entre opresor y oprimido ¿Dónde está la diferencia? Ambos se disparan, ambos trabajan, ambos usan cascos y chalecos, ambos caminan las bulliciosas calles de los miércoles y ambos se conocen. Pero la diferencia es la ideología y en el “ambos se conocen” está la ruptura. 

“Nosotros íbamos caminando por la Avenida de Mayo y detectamos que policías de la federal se estaban sacando selfies mientras reprimían, y ahí había gente de un streaming libertario que estaba filmando y les pedían grabar tirando gas lacrimógeno al aire”, comentó Emanuel, más tarde, sobre el motivo por que cree que fueron baleados en las piernas ese día. 

Gustavo señala que en las múltiples marchas el rastreo y persecución son comunes. Recuerda que en otra ocasión vio efectivos de civil, a espaldas de ellos, en la zona de la plazoleta de Avenida de Mayo, mostrándose primeros planos de personas, todos manifestantes, para luego, dada la orden, dirigir grupos de oficiales directamente a la persona buscada.“Yo tengo una foto en la que hay dos policías. Uno está filmando con el celular y el otro me está señalando a mí (Dos pendejos, aparte). Y eso quiere decir que estás marcado para una próxima manifestación, si te ven”, dijo Gustavo, en otro momento. Todos se conocen, pero algunos más que otros.

Después del 12 de marzo, el Ministerio de Seguridad, a través de un comunicado, calificó la movilización como una “concentración con elementos de violencia organizada”. Según el parte oficial, la represión fue “proporcional” y se justificó por “el accionar de grupos infiltrados que atentaron contra el orden público”, en referencia a los disturbios ocurridos sobre Avenida de Mayo y Santiago del Estero con el móvil policial. En el comunicado se lee que “la intervención de las fuerzas federales impidió una escalada mayor de violencia y protegió la integridad de los trabajadores del Congreso y del público general”. 

En el mismo documento, el Ministerio informó que hubo 124 personas detenidas, 76 mayores de 30 años y 47 heridos, incluyendo efectivos y manifestantes. No se aludió el nombre de Pablo Grillo ni las lesiones sufridas por reporteros, aunque en declaraciones posteriores, la ministra de Seguridad de ese entonces, Patricia Bullrich, calificó como “hecho lamentable” el impacto recibido por el fotoperiodista, y aseguró que “la Gendarmería actuó dentro de los protocolos vigentes”. 

Por su parte, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) emitió un comunicado el 13 de marzo en el que denunció “la violencia sistemática contra la prensa” y exigió la identificación y sanción del gendarme responsable de herir a Pablo Grillo. En ese texto, se señala que 14 trabajadores de prensa fueron agredidos durante la cobertura, varios alcanzados por balas de goma y uno con heridas graves en la cabeza. 

En el informe elaborado en conjunto por ARGRA, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y el Mapa de la Policía, tras identificarse al cabo primero Guerrero, se deja constancia de que el proyectil fue disparado de forma horizontal y directa, violando los protocolos sobre el uso de armas no letales. En la investigación, el material videográfico revela que Guerrero no fue el único del personal que lo hacía. 

El Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) además, repudió la represión y convocó a una movilización frente al Congreso bajo la consigna Sin periodistas no hay democracia. En su declaración, apuntaron al “uso deliberado de la violencia institucional para disciplinar la cobertura crítica” y afirmaron que el ataque a Grillo “no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de intimidación”. 

Del lado oficialista, varios funcionarios evitaron condenar la actuación policial. Del bloque de La Libertad Avanza señalaron en medios que no debe tolerarse que grupos radicalizados usen a periodistas como escudos y pidieron una investigación sobre el rol de la “prensa alternativa” en la organización de las movilizaciones. 

Pablo Grillo ingresó minutos después de recibir el disparo en el Hospital Ramos Mejía, donde pasó casi tres meses en terapia intensiva. El parte médico explicó que sufrió fractura de cráneo y pérdida de masa encefálica. Además, el diagnóstico reveló hidrocefalia (acumulación de líquido en el cráneo, que aumenta la presión del cráneo), que obligó a realizarle varias cirugías por fisuras y la colocación de válvulas de drenaje del líquido. Se le tuvo que colocar una prótesis craneal. 

Fue dado de alta el martes 3 de junio. El traslado a un centro de rehabilitación empezó a las diez de la mañana. Se lo vio salir en campera negra rompeviento, un gorro de tela rojo y blanco, con barba de semanas, las piernas tapadas con protector celeste y en camilla. Sonríe a todos los compañeros que cantan para él: “Te estamos esperando, que vuelvas para el barrio”. La expresión es inmutable, paralítica. Una sonrisa que no se distingue si es por no poder hacer otra expresión, por generosidad a quienes reunieron ahí por él o porque acaso la sacó barata, al ver la luz de sol una vez más. Pero desde que lo acercan a la puerta hasta que lo meten en la ambulancia, esa cara no cambió. Así comenzó su rehabilitación en el hospital Manuel Rocca. Enfrenta la posibilidad de secuelas como deterioro neurológico, deficiencia motriz o cognitiva e incertidumbre de recuperación total de funciones. 

Tiempo atrás, el 29 de abril, el asesor presidencial Santiago Caputo, tuvo un altercado con el fotoperiodista Antonio Becerra. El hombre de mayor confianza del presidente asistía al debate de candidatos porteños y le tapó la cámara al fotógrafo que lo retrata en primer plano. Caputo tomó la credencial de fotógrafo, le sacó una foto con su celular y se fue, mascando chicle. 

Dos días después, el 1 de mayo, en un mensaje publicado en su red social “X”, el presidente Javier Milei dijo: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”. 


Franco Lizarraga

Mirando lo que duele y escribiendo para que no se vuelva costumbre, porque la lucha empieza por ver.

La guerra no terminó en junio

La guerra no terminó en junio

TIEMPO DE LECTURA: 12 min.

*Por Fátima Lezcano, una de las ganadoras del concurso de crónicas “Arriba les que luchan”.

2025 

Antes de tocar el timbre de su casa en La Plata, los nervios se apoderaron de mí. La idea de entrevistar a alguien que significa tanto para la historia de nuestro país, incluso sin conocerlo, me intimidaba. No debe ser sencillo para ningún periodista adentrarse en un tema tan delicado, que nos atraviesa cada abril —pensé para mis adentros, intentando alentarme. 

Al cruzar el umbral recorrimos un patio grande y cuidado, hasta pasar esa puerta donde Norberto Santos compartiría conmigo parte de su historia. Era una casa de dos pisos, sorprendentemente acogedora a pesar de su tamaño. En principio solo éramos él y yo. Me invitó a sentarme en la mesa de algarrobo marrón y yo le pedí permiso para grabar. El reloj cucú de la pared color hueso marcaba el paso del tiempo como un testigo. A los minutos apareció su mujer, preguntando si queríamos mate y sumándose a la charla. 

Fue eso. Una charla. 

Más tarde aparecería su hija más pequeña, Malvina, y su hijo ya mayor de edad, Mateo. 

Sin planearlo, fui un 11 de junio, justo la fecha del último combate, el de Monte Longdon. Me contó que cada año se realiza una recreación en el Regimiento Siete, a la que él siempre asiste y, antes de invitarme, me advirtió que era algo fuerte. 

1982 

Era tres de abril. La guerra ya se había anunciado y Norberto, de 18 años —la misma edad que muchos de los muchachos que ya habían partido a Malvinas—, estaba casi como un día cualquiera en la esquina de su casa jugando un picadito con sus amigos del barrio en Tolosa. 

La pelota se movía entre sus pies cuando apareció un patrullero buscándolo: el anuncio era inexorable. 

Norberto, que estaba todo sucio, fue a su casa con los dos policías y les preparó el mate mientras se duchaba. Antes de partir le dejó una carta a su madre, anunciando que se iba al Regimiento Siete, que lo habían ido a buscar. “De ahí, no la volví a ver hasta la vuelta”, cuenta. 

Norberto fue de la camada del 62 e hizo solamente seis meses en la colimba. “Corre, limpia, barre”, resume su significado. Sin embargo, a comparación de camadas anteriores, a ellos les habían hecho hacer tareas que no eran las usuales, propias de la connotación de la palabra. Les parecía raro; más tarde atarían los cabos y entenderían el por qué. 

Aún no caían las primeras nevadas en Malvinas y en el campamento reinaba la idea de que todo podía resolverse sin llegar al enfrentamiento. Norberto, como muchos otros, creía que los británicos no se atreverían a desembarcar en las islas. Pero esa ilusión se rompió de golpe en la madrugada del primero de mayo, cuando el sonido seco de varias explosiones los despertó de lleno. Parecían venir desde la zona del aeropuerto. Más tarde supieron que se trataba de bombas lanzadas por un avión Vulcan. Ahí entendieron que la guerra ya no era una posibilidad, era un hecho. Desde entonces, la intensidad aumentó. Norberto, que era operador de telémetro de morteros, tuvo que poner en práctica todo lo que había aprendido. Al llegar a la isla, tuvo que enfrentar la dura realidad que lo acompañaría durante 72 días. Por errores de logística, la comida no llegaba. “La cocina de campaña es a leña. Pero en Malvinas no hay árboles, así que era imposible calentar. Además si se veía el humo era como decir ‘Estamos acá, vengan’”.

El hambre les llevó a salir en busca de ovejas, carnearlas y comer carne cruda. La guerra se les vino encima. En Monte Longdon y, en su caso, en Moody Brook, la noche era un campo de fuego. Veían los destellos de las balas recortando la oscuridad, respondían a ciegas, lanzaban morteros cada vez que una silueta aparecía entre las sombras. Todo era confusión, todo era miedo contenido.

El 12 de junio, dos días antes de la rendición, dejó su posición para asistir a un herido y dos morteros le cayeron a unos pocos metros, uno a la derecha y otro a la izquierda, que le arrancaron el brazo y parte del fémur y le llenaron el cuerpo de esquirlas. “Abrí los ojos y un compañero me decía que no me podía levantar, entonces vino otro y me arrastraron”, recuerda. A eso se sumó un disparo en el pecho que —supone— fue un tiro de gracia para que dejara de sufrir. “Nunca lo pude comprobar, porque cuando pedí la historia clínica el Ejército me la negó”, explica. 

—Me llevaron al hospital de campaña. Ahí te ponían en el piso y según el charco de sangre al lado tuyo, era la prioridad que tenías. 

Con sus tres primeras parejas, no hablaba de Malvinas. Logró hacerlo con su actual esposa, que es muy “malvinera”, cuenta con una sonrisa. Ella empezó a investigar por internet y dio con una nota del Diario Patagónico a Elsa Lofrano, una enfermera, que hablaba de un joven al que había sacado de entre los muertos en la morgue del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, y del que no había vuelto a saber nada. 

“En la morgue ponían al cadáver en una bolsa de tela de avión con un cierre. Un día trajeron un montón y entre el montón sentía que alguien se quejaba. Le dije al mayor: ‘hay alguien vivo’. Y él dijo: ‘hay cosas que a veces salen más barato ponerles el cierre, llevarlos a Buenos Aires y no ponerse a mirar entre tantos cadáveres. Cierre la puerta’”, narraba la enfermera. 

Sin embargo, Elsa asegura que no cerraron la puerta. “El mayor se fue y nosotros entramos y sacamos a uno vivo. Lo sacamos a traumatología y se empezó a recuperar, tenía las dos piernitas hechas pedazos con el pie de trinchera”. La enfermera fue la primera mujer reconocida como veterana. Hay una placa en el hospital, pero no la nombran. Fue olvidada por desobedecer una orden militar. Se pusieron en contacto con ella y Norberto tuvo la oportunidad de agradecerle. A partir de ese hecho, pudo seguir reconstruyendo su historia. 

Norberto estuvo en coma casi un año en terapia intensiva, lo despertaban cada tanto por el respirador. 

—Cuando estaba internado me costaba moverme, no sentía las piernas. Yo jugaba al rugby y al fútbol, y si me cortaban las dos piernas y ya había perdido un brazo, mi vida no tenía sentido. Le dije al médico que, si me las cortaban, yo me iba a matar. El médico no quiso cargar con esa culpa y derivó la decisión a otro —me cuenta. Elsa, en su nota del diario Patagónico, rescata y relata el episodio con sentimiento: “El doctor, Manuel Sanguinetti, lo quería un montón, nosotros lo curábamos del tronco para arriba porque sabíamos que las piernas no se iban a recuperar nunca porque estaban negras. Ya habían planificado llevarlo al otro día a quirófano para quitarle las dos piernas, y el doctor Sanguinetti me dijo ‘¿Sabés una cosa, Elsa? no me da el cuero para amputarle las dos piernas, lo voy a derivar’. Santos todos los días preguntaba por qué no sentía sus piernas. ‘¿Usted no sabe Elsa si mis piernas las voy a volver a recuperar?’, decía. Nosotros no se las dejábamos ver por el vendaje. ‘Sí’ —le decía yo—, ‘cómo no las vas a recuperar’, y él decía que si no no iba a poder caminar y se ponía a llorar”. 

1984 

La posguerra fue más dura que la guerra. 

Norberto volvió de Malvinas a los dos años, y cuenta que lo que más le dolió no fueron las heridas visibles, fue la negación, el rechazo, el silencio. Ellos trataban de entender por qué fueron recibidos así. 

—La gente nos tuvo miedo, nos veían como locos de la guerra que podíamos matar cincuenta personas de la nada, y nada más lejano que eso. No querían sentarse al lado tuyo, tener un vínculo con vos. Gente conocida que te apartaba, eso te destruía por dentro —cuenta—, y me parece verle los ojos cristalizados. 

—Cuando volví del hospital a mi casa, mis viejos no me dejaban hacer nada. Me vestían, me daban de comer. No era vida. Y ahí decidí irme a vivir solo, y me encontré con una realidad dura que no esperaba: la gente te apartaba, nadie te daba laburo. 

Una vez fui a Sanidad por un aviso del diario de trabajo. Dije que era excombatiente. El médico me dio una palmada en la espalda: “te vamos a llamar”. Nunca me llamaron. Volví a los meses, y dije que había tenido un accidente de moto. Automáticamente me dieron el trabajo. Me destrozó. Fue peor eso que si me lo hubieran negado. 

Norberto tuvo que inventar una historia sobre un accidente de moto y mantenerla un año. Como cupo de discapacitado entraba, pero como ex combatiente no valía.

Vivía con el miedo constante a ser descubierto, como si haber ido a poner el cuerpo por nuestra soberanía hubiese sido un delito. 

—Tiempo después me vieron en una marcha. Un compañero me reconoció. Me preguntó: “¿No sos vos?”. Lo negué. “Pero eras vos, estabas desfilando con los soldados”. Después le conté la verdad y le pedí que no dijera nada. Subí a la oficina: la mitad se apartó, la otra mitad se quedó. 

En el trabajo hacíamos órdenes de pago. Todos 20, yo con un solo dedo también hacía 20. Cuando se enteraron, la jefa me dijo: “Hace las que puedas”. Hasta el día de hoy no sé si fue un acto de miedo, o de bondad. 

2007 

En el vigésimo quinto aniversario de la guerra, Norberto, convencido por compañeros ex combatientes, volvió a Malvinas. Fueron a través de un puente aéreo desde la ciudad chilena, obligados a llevar pasaporte y bajo prohibición de cualquier distintivo celeste y blanco. 

Los ojos húmedos lo acompañaron durante toda esa semana. Llegó hasta el cementerio de Puerto Darwin, donde pudo despedirse de sus compañeros caídos en combate. Y sin quererlo, guiado por su mente, terminó en su trinchera rodeada de piedras. Los recuerdos y las sensaciones lo invadieron; el frío, el hambre, el miedo, el dolor. Era como si una vieja película se proyectara en su cabeza, y él volviera a estar ahí, entre sus compañeros. 

Desde ese viaje, algo dentro suyo empezó a calmarse. 

—Antes, con los cohetes de fin de año era un… desastre. 

Excavando con sus manos en la trinchera halló una cuchara, un tenedor, un tubo de dentífrico y un pedazo de suela de un par de borcegos que le pertenecían. Lo trajo todo, junto a la turba, esa tierra húmeda y esponjosa que cubre gran parte del suelo malvinense. Ahora lo guarda todo en una suerte de museo que tiene en un rincón de su casa; Malvinas está presente en cada espacio de su hogar, en vitrinas, paredes, estantes. Como si la memoria necesitara de esos restos para seguir hablando. Algunas de las cartas que conserva, aún no se animó a leerlas.

De ese viaje también pudo conseguir la tarjeta de internación del hospital. Cayó herido el 12 de junio a las 10:45 a.m., y tiene el ingreso al hospital el día 13. El registro que le falta coincide con la historia de Nora en la morgue. En esa época, nada era digital, era todo papel. Y los militares desaparecieron todo el archivo. 

Mientras me hace un recorrido por su santuario malvinense, su hija de 4 años, Malvina, se prueba el pesado casco de guerra y le dice con entusiasmo “¡Papi, mira!”. Su mujer añade, con una pizca de orgullo, que es la última hija de un excombatiente malvinense. 

2025 

—Fuimos con 18 años, y volvimos con 90 —dice Norberto. 

Hoy en día, tiene la habilidad de afeitarse con la luz apagada sin mirarse en el espejo. 

—Si se mira en el espejo, se corta todo —añade su mujer, entre risas.

Allá le llamaban posición adelantada, como si fuera un partido de fútbol. Pero en Malvinas no había goles, ni hinchada, ni revancha. Solo pibes mal armados y un enemigo real: estabas a dos kilómetros de tu grupo de combate, y tenías que tirar un tiro para avisar que venían los ingleses; si lo hacías, eras boleta. 

Eran tres o cuatro horas solo en la oscuridad, la cabeza giraba para todos lados. Entonces, se afeitaban en la oscuridad para entretenerse con algo. Otra de las muchas secuelas que arrastra Norberto —además de las físicas, como el reemplazo de su brazo izquierdo por una prótesis, las esquirlas que aún lleva en el cuerpo, o las 64 cirugías a las que fue sometido— es el miedo a los espacios cerrados: necesita que su cama esté siempre junto a una ventana. 

Una de las tantas esquirlas que le sacaron del cuerpo.

Norberto pudo rehacer su vida. Hace poco se jubiló de martillero público, y su familia es su mayor pilar. Comenta con alegría que ese domingo, Día del Padre, van a reunirse con su mujer y sus hijos a comer asado. Pero sabe que no todos tuvieron la misma suerte; hay muchos que están mal y la sociedad sigue mirando a un lado. 

Otro gran apoyo para él fue su grupo de ex combatientes, los cuales considera hermanos de sangre. Se mantienen en constante contacto, y se reúnen seguido a comer asado. 

—Nos habíamos agrupado con otros veteranos. No nos preguntábamos qué nos había pasado. Nos entendíamos. Pero siempre fue así: miedo, ocultamiento. Habíamos firmado papeles que decían que si hablábamos, nuestra familia iba a sufrir consecuencias.

Hace seis meses, después de 43 años y por insistencia de sus compañeros, recibió la medalla por herido por parte del ejército que habían entregado en 1982, cuando él se encontraba en terapia. 

Todos los papeles que tiene los recuperó por terceros, nunca por parte del Estado. Cuando trató de averiguar sobre su historia clínica apenas volvió, le dijeron: “Ni en pedo la pidas, los militares no te la van a dar”, y un médico comenzó a hacerle estudios para tratar de averiguar qué le habían hecho. Durante años no hubo nada, recién hace un año consiguió un papel de cuando salió del hospital de campaña herido hacia el continente. 

—Yo tengo seis hijos. Las nuevas generaciones empujaron mucho para que la realidad de Malvinas se conozca. Pero esto es como siempre: el día que no estemos, vamos a ser más importantes. Hoy nos usan para una charla, un documental. Cuando no haya más veteranos, la sociedad nos recordará más —dice con decepción. 

En promedio, cada dos días fallece uno. No siempre por causas directas del combate, comúnmente por problemas de salud. Los primeros años, en cambio, fueron más suicidios. 

Norberto no se considera un héroe. 

—Los héroes quedaron allá —dice con firmeza. —Hay que tratar de mantener vivo lo que ocurrió y a los que no volvieron.

Se hace un silencio. Y entonces, cuarenta y tres años después, el ex combatiente me confiesa: “La paz con Malvinas la encontré, con la sociedad no”. 


Referencias
El Patagónico (2 de abril de 2012). El soldado que fue rescatado de la morgue tras ser dado por muerto. El Patagónico. Recuperado de https://www.elpatagonico.com/el-soldado-que-fue-rescatado-la-morgue-ser-dado-muerto-n618905


Fátima Lezcano

Comprometida con un periodismo transparente y la escritura como un acto de memoria, responsabilidad y sensibilidad.


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