El q quieras

El q quieras

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Todo se diluye en la experiencia humana. Una lectura como un remolino. Un último atardecer en la tierra, con Bolaño. Gerónimo Rivera Cano, una vez más, con su Crónica de niño solo. 

“…Pa papa papa papa papa… i found a reason to keep living. Oh!…”

Junio y el frío se asemejan en algo. Pasan como si nada. Por entre la ropa. Por entre la tela. Por entre la piel. 

Junio se acaba, como se acaban los libros. Como el frío o nuevas lecturas, Bolaño llegó a mis ojos peleándome. 

A las piñas y patadas. Era un autor a quién criticaba, decía que no me bancaba aún sin haberlo leído. Me parecía demasiado cinematográfico. Muy de guión. Bueno, nada que ver, con gusto admito hoy: Me equivoqué

Es que ahora veo su foto y pienso en los mundos ciegos. Un planeta literario sin foto de portada. Ni perfil. Ni orden cronológico de vida. Nada más que texto escrito y página en blanco, es decir: texto vacío lleno de posibilidad de escribir. Texto en potencia. 

Infrarrealismo. 

Bolaño es experiencia. Nos dice: Dale, que la paja agarre haciendo, no mirando la palma de la mano buscando suerte. 

Cortito y al pie el principio. Agrio e irónico el final.

Horas pasaron de que acabé de leer Siete Casas Vacías de S. Schweblin. Grandes relatos. Paranoides. Extraños. De aquellos que dejan escozor. Que cierran de una manera pero bien podrían cerrar de otra. Un borcego que se amolda a todo tipo de pie. Talle universal. 

Cajas y espacios ocupados por cuerpos. Guardemos cosas en las cajas y no dejemos que las cosas nuestras en manos de otros sean guardadas. 

Frío. Sin embargo mi imperativo categórico es salir del apartamento a pasearme. Siempre las 17hs es un buen momento para leer al tránsito. La hora de los pájaros diría Perez. 

Pienso en que la ciudad no escupe a nadie. Pienso que aún peor. Pienso que la ciudad no niega. Pienso que es peor de lo que pensamos o decimos pensar. La ciudad no sabe de nosotros. Nosotros caminantes. 

Pienso y de ahí al físico no hay barrera: Pesa la mochila por indeciso. No sé que leer. Si Bolaño o Foucault. Indecisión clasheana. 

Tengo que comprar papa, batata, zapallo, boniato y un tomate. Me cruzo una pizarra que nunca había visto. Promoción hoy, un domingo. Bingo. Verduleria y coso. Un termo sin mate sobre una mesita playera. Dos sillas vacías. No hay playa en el centro de La Plata. 

El local, un pasillo en grado de tentativa. De la esquina un grito. Es el tano, con su gorro y campera inflada llega hablando por celular. 

Tengo gente tengo gente. 

Como Luca ha venido de Italia a desintoxicarse. Dejamos la charla ahí.  Los santos de hoy no preguntan por sus pecados cometidos. Me pone contento su existencia. Imagino una gran internacional de verdulerías. El planeta más verde que lo que es. Todo situado acá, entre diagonales. Donde según el tano el frío es más frío que en Italia pero las pretensiones personales -por ser humanas- son del mismo talante. 

Me rompo la cabeza entrada la noche pensando en Velvet Underground. Me decidí por Fabian Casas. Encontré una razón para mantenerme vivo. 

 


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Gerónimo Rivera Cano

No sé mucho de mi persona. Huyo del “conócete a ti mismo”. Solo tengo por ofrecer un par de sienes ardientes: mi capital intelectual se basa en ser graduado en Ciencias Jurídicas, reseñar cosas, hacer notas de opinión, análisis y crónicas. Como sujeto narrante soy buen lector. Me prostituyo en las palabras. Formo parte del multimedio Trinchera, integro el equipo de CAPTO. Trabajo en un estudio jurídico y notarial. Nací y me crié en la ciudad de La Plata. No me gusta el helado. Maradoniano, sí, aunque se poco de futbol. Siempre de acá, el lado en donde reina el amor y la igualdad

Paco

Paco

TIEMPO DE LECTURA: 7 min.

Un desplazamiento, la lenta virtud de quien busca. El recuerdo, un lugar en el cuerpo. Vuelve a Revista Trinchera los cuentos de Paloma Barberena.

Siempre conté los puchos hasta tu casa, Paco. Entraba uno solo en las cuatro cuadras que separaban tu edificio del mío, pero yo me las arreglaba para meter dos apretaditos.

A pesar de tener una amistad de más de cuatro años, cada vez que sabía que iba a verte me agarraba algo en la boca del estómago que se me subía al esófago y se desparramaba hasta los hombros. No era lindo ¿Sabés? No era esa boludez de las mariposas, yo sentía que me descomponía, que me iba a desmayar.

Me acuerdo que una noche me escribiste como a las doce, yo ya me había acostado. En el mensaje me preguntaste si estaba despierta. “Sí”, te respondí. Y fui a tu casa porque estabas intentando escribir y no podías. Cuando llegué vi un libro abierto y la lámpara dándole luz como si fuera un objeto de estudio.

Lo cerraste, le diste dos golpecitos a la tapa y me miraste: “este tipo debería ser más conocido”. Te corrí los dedos para entender el título: “Los Ochoa” decía. Me costó leer el nombre del autor, fue engorroso pronunciarlo en mi cabeza: Filloy, pero en voz alta y sin que me preguntaras dije “sí, me suena”. Vos sonreíste.

Estaba tu hermano en el piso de arriba durmiendo, me hiciste seña con los dedos para que no levantara la voz y me condujiste hacia la ventana que daba al balcón. Te prendiste un pucho y no me miraste, me acuerdo. “Estoy seco”. No indagué. “Nadie habla como en las películas, no puedo escribir así”.

Había gente que hablaba como en las películas. Quise que recordaras esa anécdota, la del día en la oficina cuando vos me dijiste que nadie hablaba como en las películas pero después llegó el chico nuevo. Estábamos los tres casi pegados a las pantallas de nuestras compus llenando planillas y él, trayéndonos de manera forzada a ese aquí y ahora, contó que su novia lo había dejado y que por primera vez sintió como se le partía el cuerpo en pedazos. Ahí me miraste. Había gente que hablaba como en las películas.

Pero en ese momento, pegado a la ventana, no. Te dije que si querías podías escribir como en las películas pero que era al pedo porque vos eras mucho más real. Me arrepentí. No quería que pensaras lo que ya pensabas de mí. Vos no te enamorabas de las chupamedias. Te enamorabas de esas que te calentaban un poco una noche clandestina y después volvían con sus novios.

Les escribías cuentos a las chicas clandestinas, casi siempre militantes de algún movimiento filo piquetero. Describías sus tetas con una precisión que me hacía mirar para otro lado cada vez que me leías los textos, también narrabas sus flequillos rolingas y ese primer pucho que una te prendió en una fiesta y que “no olía a tabaco, olía a sexo”.

Todo en vos, todo lo que hacías o decías era un rasgo de algún escritor. Me reventaba cuando te comparabas con el personaje de “El lado oscuro del corazón”. En cualquier momento, se conversase de lo que se conversase, vos tirabas el principio de ese poema de Girondo, el de las mujeres que no sabían volar. Me reventaba porque quién eras vos para decidir si alguien volaba o no.

Una vez te escribí en el margen de una hoja “¿Encontraste a la que vuela?” No sé si lo viste pero yo me sentía en tu sintonía. Siempre hablabas de cómo nadie se daba cuenta que Borges era peronista. Yo te miraba y sugería que usaras eso para la tesis y vos respondías lo mismo una y otra vez: “en la Facultad no entienden”.

Si estábamos reunidos en grupo con los del trabajo tu voz se escuchaba más veces que las del resto. Un día se te ocurrió escribir tangos porque, según tu argumento, si Verne no había recorrido el mundo para escribir 20.000 leguas de viaje submarino, vos podías no haber vivido la época de la inmigración.

Me acuerdo cuando tu viejo te hizo entrar a trabajar al Estado y lo festejamos con un vino. Hicimos chistes, vos ibas a ser presidente y yo tu vice. El Estado nos parecía un monstruo inaccesible lleno de responsabilidades y contactos, pero queríamos estar adentro para transformarlo. Igual, cuando pasaba por tu casa siempre estabas ahí.

Pasábamos tardes enteras juntos después del trabajo, a veces sin almorzar. Mientras vos te ibas a cambiar la yerba del mate yo aprovechaba y texteaba excusas para no ir a lugares. Vos nunca tenías a donde salir. Yo sentía que era necesario quedarme, leer tus relatos y escuchar tus análisis. Después cuando me iba me parecía tan incomprensible que no me amaras.

A medida que pasaba el tiempo me daba cada vez más vergüenza hablar de vos con mis amigas. Esa era la palabra. Nunca había avances, porque ¿Qué es un avance? Cuando te conocés con alguien, se gustan y se va formando algo, de a dos. Yo notaba como las chicas inhalaban cada vez más fuerte y profundo cuando tenían que responder. No les hablaba de vos para ser piadosa con ellas.

Siempre me imaginé la noche en que me confesarías tu amor. Digo la noche porque los tipos como vos son de noche. Me figuraba una escena en alguna de esas terrazas de los antros donde leías tus relatos. Nunca los llevabas impresos en hoja A4 como el resto, sino en servilletas y ante el micrófono ponías alguna excusa que generaba la risa del público como en los capítulos de Friends.

Me imaginaba el momento en que leías. En mi fantasía vos elegías leer el cuento de los dos chicos que se conocieron en una marcha. Cuando terminabas me mirabas y murmurando me decías “sí, somos vos y yo”. Pero tus noches en las terrazas se volvieron cada vez más inalcanzables, empezaste a escribir con metáforas de calesitas y sangre. Yo ya no te entendía y no podía disimularlo. El resto aplaudía y asentía en cada oración.

También me inventé un montón de situaciones en las que yo por fin te contaba que te amaba. En una de las escenas volvíamos borrachos de esos recitales de folclore fusión que conocí por vos. Ya se escuchaban los pájaros de la primera mañana gris que tanto nos deprimían y los dos caminábamos por la calle siete zigzagueando. Tan exactos eran mis pensamientos, que por pisar una baldosa floja de la vereda, yo me caía sobre tus hombros. Vos me atajabas y nos dábamos un beso. Después nos preguntábamos qué hacer con eso que acababa de pasar.

En otra de las fantasías, habíamos salido a alguna fiesta universitaria y bailábamos cuarteto. El tema del Diego, para ser precisa. Lo pensé todo. Después de mucha transpiración y euforia nacionalista se nos volvía imposible sostener la tensión y nos besábamos, esta vez adelante de los demás. En todas mis representaciones era difícil figurar el momento siguiente a un beso con vos. Como cuando dicen que es imposible soñar con la muerte porque no se sabe que viene después.

En cambio, me era simple, divertido, crear el momento en que decidíamos contarle al resto de nuestro grupo de amigos que estábamos probando salir juntos. Todos respondían que ya era hora, que nosotros éramos los únicos que no nos habíamos dado cuenta de lo que pasaba y seguíamos la reunión tocando la guitarra, comiendo asado pero esta vez abrazados.

En el divagar que me armaba, éramos como el tema de Miranda, ese de los amigos que siempre te enorgulleció no conocer. El que dice que son perfectos juntos porque antes habían sido amigos pero que se la jugaron probando el desempeño en el amor. Yo pensé que era atinado, que encajaba impecable con vos porque eras lo mejor, entonces nuestra historia y nuestro presente serían superiores al del resto de las parejas banales y ordinarias.

La noche que me mandaste ese mensaje preguntando si estaba despierta nos quedamos en silencio un rato fumando muchos cigarrillos con las ventanas cerradas y un hambre que lo sentía en los ojos y en los hombros, pero a vos no te molestaba. Ya me imaginaba lo que ibas a escribir unos días después. Seguro sería algo sobre la humareda y el tiempo que desaparece pero que eso es parecido a la felicidad cuando se está con amigos.

En algún momento nos sentamos en el sillón, vos te tiraste en mis piernas porque la lámpara daba mejor luz y yo no pude aflojar el cuerpo en todo ese rato. Lo tenía contraído como en la escena previa a una inyección cuando las jeringas reciben golpecitos para que el líquido no

tenga burbujas y el cuerpo de una, que antes era de carne y hueso, se vuelve rocoso, rígido. Me dio miedo que cualquier movimiento mío resultara inoportuno. Duró poco el acercamiento, quizá mis piernas compactas, embalsamadas, no te sirvieron de inspiración. Volviste a dar vueltas por toda la casa como si no fueran las cuatro de la mañana de un día de semana.

Después, me acuerdo como si hubiera sido ayer y no hace dos años, abriste tu cuadernito y  me leíste: “la muerte se caga de miedo si los encuentra juntos escapándole a la mañana” y yo morí de ganas de haber sido ella, a lo mejor ni te diste cuenta. Hubo un tiempo en que me convencí que en alguna parte dentro tuyo era yo la que hacía temblar a la muerte.

 


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El gótico viene del campo

El gótico viene del campo

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Marcelo Acevedo pasó por Trinchera para hablar de Gótico pampeano – rural. El periodista, escritor y editor hizo un recorrido por el género. Pensando de dónde viene y para dónde parece ir, arma un mapa de lecturas y referencias.

Marcelo viene armando mapas de lecturas, desde el trabajo con Juan Mattio y Flor Canosa, tanto en Ciudad ausente como en la colección de Ficción extraña que llevaron adelante bajo el nombre de Arqueologías del futuro en Indómita luz, lo escrito por él sobre la saga de Mad Max. Ahora parece que el Gótico pampeano o Gótico rural es el sitio para pensar. 

Leer es un acto solitario, como la escritura, pero qué pasa cuando a esa lectura le armamos una constelación, cuando lo que se lee no se lee suelto, cuando nos interesamos por saber, esto que estamos leyendo, de dónde viene, Con qué tradición discute. Dice Marcelo Acevedo; “Nuestra literatura nace ya jugando con lo que es el Gótico y con lo que es La Pampa. El inicio de nuestra literatura está en Echeverría y está en Sarmiento. Piglia decía que la historia de la narrativa argentina empieza dos veces, en El matadero de Echeverría y en el Facundo de Sarmiento. También tenemos a David Viñas que dice que la literatura argentina empieza con una violación. Analizando estos textos podemos llegar a la conclusión que el territorio conocido como La Pampa y lo rural son el escenario central de esta literatura fundacional. Al mismo tiempo la violencia, lo espectral y el horror en sus diferentes facetas son también elementos fundamentales a la hora de construir una literatura propia. Podemos decir que nuestra literatura nace ligada a lo rural, a la pampa y al Gótico.” 

Parece haber en la literatura contemporánea autores y autoras preocupadas por volver a estos inicios, a estos textos que Acevedo menciona como fundacionales. Basta destacar autores como Diego Muzzio con Las esferas invisibles, Las bestias de Vicky García, El viento que arrasa de Selva Almada, el cuento El fantasma y la oscuridad de Leo Oyola, entre otros textos. Lo que prima en estas historias, si bien tienen elemento fantástico, dice Marcelo Acevedo, es el horror del capitalismo salvaje, el machismo violento, la soledad extrema. 

 


Lxs invitamos a escuchar la charla completa que tuvo Marcelo Acevedo con Trinchera en nuestro ciclo de charlas: Vaciar Chat


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Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

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