En el lago-al lado

En el lago-al lado

TIEMPO DE LECTURA: 3 min.

Algo hundido en un lugar espera, gente que pasa como el tiempo. Una voz silenciosa que narra este cuento de Wanda Chaves

Juan aparecía siempre, todos los domingos a las diecisiete horas estaba acá. A veces variaba, si era verano y hacía mucho calor, se aparecía a las diecinueve, y en invierno la misma lógica, pero más tempranito claro. Venía, me miraba un rato, un rato largo. Hacía gestos con su cara, movía sus ojos y sus manos, como que estaba diciendo algo.

Pero no decía nada. Se prendía un pucho, siempre después de todo el baile. Lo fumaba lento, tanto que a veces hasta yo quería dar unas pitadas de esas, parecían refrescantes. Aguantaba el humo unos segundos largos, y después, cuando lo soltaba, también parecía soltar parte de él, o algo que llevaba él. A los minutos de eso, se levantaba casi de un salto, agarraba la bici y empezaba a pedalear. Sin decir chau, sin mirar atrás, nada, se iba. Pero a la semana volvía y así era siempre. Parte del trato era que yo le guardara un lugar cómodo, seguro, tranquilo; y él, a cambio, me miraba. Me hacía sentir contemplado, me hacía sentir.

Es difícil en estos tiempos, nadie puede juzgarme. Ya no vienen a verme a mí. Acordate el Renacimiento, la gente venía a pintarme, a escribir sobre mí, a decir lo que yo les hacía sentir, y ya no es más así. Vienen a no verme. Ponele que a veces los turistas, los extranjeros, me devuelven un poco de entusiasmo, pero hasta ahí. Aparte los traen acá después de haber pasado por la República y no me parece.

Les quita la emoción y a acá solo llega un ay, qué lindo.

Respecto a la acusación de una supuesta condición artificial no quiero hablar. Es un tema muy serio, me tiene muy acomplejado aún hoy y no me siento cómodo ni preparado para abordar el asunto. Gracias. Porque después empiezo a hablar y no paro. A quién se le ocurrió que yo era culpable de la situación, yo soy la principal víctima de todo. Ustedes ya ni nos sonríen y pretenden que sigamos como si nada, así no es la cosa. Ya nadie se queda como si nada. Les aviso, les advierto. Te aviso, te anuncio//que hoy renuncio//a tus negocios sucios. Más vigente que nunca.

El viento ya está tomando cartas sobre el asunto.

Y de repente, Juan ayer no vino solo. Me sorprendió. Aah está re piola este lugar.

Viste boludo. Sentate acá.

Perdón hermano, no sé qué onda.

Tranqui boludo, estás enojado, está bien. Sí, pero ya me voy de tema a veces.

Por eso vengo para acá amigo. Mira el agua. Yo vengo todos los domingos a las cinco de la tarde a prenderme un pucho y mirar el agua amigo. Te juro. Mirala, está quieta, tranquila, parece que habla. Si haces mucho silencio, y por suerte este lugar es re tranquilo y siempre está libre, podes escuchar el sonido que hace. Es relajante amigo. Esta es mi terapia amigo.

 Gracias amigo.

Ahí me di cuenta, dije claro. Con Juan tenemos una relación. También la tendré con los demás que vienen cotidianamente.

—–

¿El señor que viene a dormir, a veces, al lado mío?

¿La pareja que viene a pelear para terminar siempre a los besos sucios cochinos?

¿La que viene a usar el celular y ni me registra?

¿La nena y el bebé?

¿Las dos abuelas?

—–

También está la que viene a usar el celular, no saca la cabeza de ahí.

Aunque yo sé que ella me contempla, levanta la mirada cada tanto. Pero ni ella me entiende. Aunque trata, pero no entiende. Nadie entiende. Ni yo. Porque no puedo. Yo estoy quieto y ellos a un lado.

Wanda Chaves

Platense nacida en Julio del 2001. Hoy estudio Letras en la UNLP.
Hace 10 años que tengo el mismo número de teléfono; soy bastante charlatana y también contempladora.
La mejor sensación es la que tenemos cuando conocemos algo nuevo.

Perros que vuelven

Perros que vuelven

TIEMPO DE LECTURA: 8 min.

Partiendo del cuento Habrá que matar a los perros, de nuestro autor del mes Miguel Briante, Juan Machado propone un recorrido por la figura de los perros desde Rulfo hasta autores de la actualidad.

Briante dice que la inglesa dijo que habrá que matar a los perros, pero que no sabe, él no, su narrador, Briante dice que su narrador no sabe. Que a la noche dan lastima oírlos ladrar así, tan despacio, como si lloraran. Los perros, en este cuento, para Miguel Briante son la banda musical que lo entristece todo. También son la insistencia, el recuerdo que pierde fuerza, pero no peso. En fin, un fantasma.

En Habrá que matar a los perros, cuento escrito en 1968 y que es parte del libro Ley de Juego publicado en 1983, los perros son el pasado que insiste. Reaparecen una y otra vez, su forma es la forma de la melancolía del lamento, del recuerdo, de lo que no se va, ni aún muerto. Los perros de Briante que, en principio, penosos, ladran, van deformando la voz para al final llorar. Los perros de Briante no ladran, lloran y son el fondo de un hombre que recuerda su época de domador, su tiempo de payaso, la vieja Laver, la humillación. Porque recordar, muchas veces y en todo caso, es humillarse.  

Pero, ¿Con qué tradición se sienta a discutir Miguel Briante? ¿De dónde vienen los perros que a él le lloran? ¿A quién le contesta?

Lo que es presencia en Habrá que Matar a los Perros nace de la ausencia. Para pensar la ausencia es necesario irse hasta el gran autor de los vacíos, quien del silencio hizo un lenguaje; 1953 es el año, el lugar es México. El Fondo de Cultura Económica en su colección Letras Mexicanas, publica El Llano en Lllamas de Juan Rulfo. Este, su primer y único libro de cuentos, contiene No Oyes Ladrar a los Perros. Hay autores con universo propio, eso es palabra usada a la hora de describir la obra de un autor, en este caso no es aplicable, porque entrar a Rulfo no es entrar a su universo, es entrar a una literatura que no se parece a nada. Juan Rulfo, como otro puñado mínimo de autores, es una literatura por sí misma. Se instala con este libro y años más tarde con Pedro Páramo, como un artefacto, hecho de lenguaje y nuevas estructuras, complejo y palpable en la literatura universal. 

Son muchos los autores y autoras que van a comer de Rulfo, uno de ellos es Briante. 

En No oyes ladrar a los perros, un padre cruza el llano con su hijo a cuestas, herido por su mala vida, por andar en los malos pasos. La noche se les cae encima y ya nada es lo que se ve. Queda entonces la esperanza de oír el ladrido de los perros que indiquen que ahí está Tonaya, que ahí está la cura para las heridas del hijo, que ahí están los perros y la vida esperando.   

¡Aguántate! – Dice Rulfo que dice el padre – ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. Pero lo que llega es la muerte del hijo. El padre -dice Rulfo- después de descargar el cuerpo del hijo, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.  

Los perros de Rulfo que son ausencia. 

Los perros de Briante que son presencia. 

Los perros de Rulfo que son la esperanza perdida en el silencio.

Los perros de Briante que son la derrota en el recuerdo.  

Entonces, justo ahí, está Moyano. Retomando la figura de perro de Rulfo poco después que Briante. Daniel Moyano es el escritor Riojano que supo decir: antes de Borges y de Cortázar yo estoy muchas más cerca de Rulfo cuando dice mi hermanita la Tacha está a un tantito así de volverse piruja. En uno de sus libros más reconocidos, El estuche de cocodrilo publicado en 1974, retoma una de las figuras que Rulfo plasma en El llano en llamas. En Cantata para los hijos de Gracimiano, Daniel Moyano toma la figura del perro y lo introduce en la historia de un matrimonio pobre -como todos los matrimonios sobre los que contó Moyano- que sube a todos sus hijos al carreta para ganar la calle e ir dejándolos uno por uno en diferentes casas por no poder darles de comer, para que tengan un mejor futuro o un futuro. Dice que, cada acto de amor les sabía a duelo. En Moyano el amor es perder; a diferencia de Miguel Briante, no son perros los de Moyano, es un perro, porque los personajes de Moyano siempre son tímidos, están heridos y solos. En Habrá que Matar a los Perros, la figura del animal está presente en el cuento en la primera línea, creciendo como un paisaje en el desarrollo, también aparece en la última. En Cantata para los Hijos de Gracimiano, el perro recién aparece en la sexta página: El último en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor. Los brazos de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía todavía.  El perro va a ser lo último que escuche José, el primero en bajar de la carreta; José se quedó mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después del ladrido.  El ladrido del perro en Moyano es el último gesto de amor de una vida que nos abandona. 

Daniel Moyano en sus cuentos suele cargar de sentido a los objetos, sépase un río en Para que no entre la muerte, en una puerta en La puerta, en un monumento en La espera. En Cantata para los hijos de Gracimiano todos los gestos inútiles en esa hora de los hijos van a estar cargados en la figura del perro. Entonces este doble final, que hacen a un cuento magistral. Porque este cuento termina dos veces, en el final mismo, pero también dos páginas antes, junto con el perro: El perro no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la congruencia que había en su brillo. 

Y entre Briante y Moyano, los galgos.

Sara Gallardo en 1968 -después de Briante y antes de Moyano-  publica su tercera novela, Los Galgos, Los Galgos, que en orden de importancia también será la segunda detrás de su obra máxima Eisejuaz.

Esta novela tensa el arco poético, lleva al texto al terreno del amor, pero no en la idea de romanticismo de época, este amor es un amor que se pregunta a sí mismo por el amor, el suelo que se pisa, la finitud, el silencio. Ahí están los galgos entonces, Corsario y Chispa, un casalito que Sara Gallando, de manera magistral y al igual que Moyano, carga de sentidos humanos, vivir por instinto es lo que quieren el resto de los personajes y que sólo los galgos lo logran. El amor se agota, es finito, se va apagando de a poco como toda llama que supo iniciar el fuego, y los galgos también.

El movimiento que hace Sara Gallardo en Los galgos, los galgos es simétrico al de Moyano en Cantata para los hijos de Gracimiano. Contar lo humano a través de los perros. Contar lo perros. 

En autores actuales los perros también aparecen, basta con citar algunos de ellos como Samanta Schweblin en Matar a un perro. Para conseguir un trabajo, un hombre debe pasar la prueba de matar a un perro. En este cuento Samanta Schweblin trae a juego, aunque el relato no este citado en tiempo y espacio concreto, las practicas que perduraron en la pos dictadura. El secuestro, la tortura y la muerte. Puede pensarse en este comportamiento, por ejemplo, al clan Pucho. Ahí está la necesidad de estos tipos de cuentos de leerlos en clave dictadura. En este cuento los perros son la alegoría, la ironía, el pasado, como en Briante, que insiste. 

En clave dictadura también se lee Infierno grande, cuento de Guillermo Martínez. Un triángulo amoroso en un pueblo, una desaparición en la época de las apariciones, el perro que irrumpe casi en el final del cuento para darle sentido a todo. En dictadura un perro se pasea por las calles del pueblo con una mano humana, el perro corre la suerte de los que han hecho preguntas en los tiempos de la no pregunta, un cuento clásico de Guillermo Martínez con un final abrumador. 

Y los perros van a ladrar, después, en la puerta de la casa, enfurecidos.  Dice Hernán Ronsino en su cuento Y a los perros también, incluido en la antología La Última Gauchada.  

Los perros de Ronsino son fuertes, tenaces, como esa familia que cuenta ahí, como el Fabián. Ellos van hacia la muerte, a ver al muerto y lo que deja el muerto, y los perros también. Los perros corren por el campo, acompañan o persiguen, que parece ser la misma cosa. Fabián, uno de los protagonistas, habla sólo de dos cosas, del trabajo o de los perros. Es acá que Ronsino se toma el tiempo de narrar la historia de los perros desde la llegada de los primeros, al echar cría le dan paso a estos perros que corren detrás de los dueños, babeando, sucios, tapados de tierra. Cada escena de este cuento, en su mayoría, la abren o la cierran estos animales. Todo se condensa en la relación que Fabián tiene con los perros y los perros con Fabián.  

El Fabián se distrae con los perros, cuenta la narradora, dice que son como chicos, que lo único que les falta es la palabra. Es de lo único que habla, mayormente. Entonces, para Ronsino, es Fabián quien hace lo de Gallardo, lo de Moyano: humanizar los perros. 

En Y a los perros también, el autor contesta a Briante en Habrá que matar a los perros, lo que para uno es ausencia en el otro es toda presencia. Esos perros moribundos de Briante, ya sin fuerzas para el ladrido de tanto llorar y llorar, en Ronsino son la potencia, baba y tierra, ladridos que acompañar la vida, la muerte y lo que quedan sonando de este lado de la muerte.

Ahí están los perros en la literatura. Todo el tiempo son perros que vuelven como ausencia, como recuerdo, como pasado, como violencia, como amor, como perros.  

Juan Machado

Juan Machado nació en Carhué, provincia de Bueno Aires, en 1992. Poeta, escritor, también se desempeña como conductor y productor de Plástico Cruel en radio Trinchera. Publicó los libros, Pájaros Punk ( Malisia, 2022) y Como corderos (Azul Francia, 2024). Obtuvo una mención meritoria, por su cuento Una canción desesperada, en el 10° Concurso de cuento Haroldo Conti, 2023.

Pupitre

Pupitre

TIEMPO DE LECTURA: 12 min.

Fito Páez que se mezcla con Makano, el fotolog, el juego de la botellita que parece perdurar en el tiempo. Es todo el ruido de una época. Un pupitre que se escribe y se espera. Un juego de niños, que como todo juego de niños, es letal. Este es el terreno por el que camina este cuento de Paloma Barberena.

A Simón siempre le molestó que su mamá comprara cantimploras para los regalos de cumpleaños de sus compañeros. No por la cantimplora en sí, sino porque compraba al por mayor. Eran cantimploras de plástico duro y venían de varios colores y motivos pero igual cuando llegaba a las fiestas decían “Ahí viene Simón con la cantimplora”: Y Simón envolvía el paquete hacia adentro suyo y buscaba la mirada de algún adulto que lo defendiera.

Eso pasaba en los cumpleaños cuando eran más chicos: primer grado, segundo, tercero y cuarto. Ya más entrados en la preadolescencia los amigos de Simón creían que era canchero no hacer regalos. En su último año de primaria no había burlas, el ambiente Brillante sobre el mic era más fuerte que las cantimploras al por mayor. El clima de canción de Fito Paez y también el hartazgo los unía. No era un nene como los de primero, segundo, tercero y cuarto que veía en los recreos. Él y sus amigos estaban en sexto. Eran los dueños del patio y ya no corrían. Se sentaban en los bancos, revoleaban cosas, peleaban a sus compañeras por la música que escuchaban y tenían malones.

Le gustaban los malones pero él no sacaba a bailar a sus compañeras ni sus compañeras a él. Eso lo hacían Valentín o Bautista, dos amigos suyos que jugaban al rugby y tenían malones desde los nueve. Ese octubre estaba de moda Te amo de Makano y cuando sonaba,

generalmente en el medio de la fiesta a eso de las 23:00, todos lo cantaban a los gritos. A Simón le daba vergüenza mirar sin querer a una de las chicas y que pareciera que les decía “estar contigo es lo que me hace más feliz” a ella y no al aire.

El día que Tatiana hacía su malón, Simón estaba nervioso porque uno de los chicos había desafiado al resto a jugar al juego de la botellita y sus compañeras dijeron que sí. Él nunca había dado un beso ni pico ni con lengua. Sus amigos los rugbiers contaban que si, que se habían transado a las chicas de hockey del club y que la botellita les parecía una papa. Su

curso, el B, hacía turno tarde. Antes de cada cumpleaños él y sus amigos se reunían en la casa de alguno para prepararse y después alguna mamá, papá o hermano mayor los llevaba.

Siempre los dejaban media cuadra antes por pedido de los chicos, no daba que los vieran junto a los adultos.

En la última hora de clase no paró de mirar el reloj de pared que le parecía que no avanzaba. Ya se había perdido en lo que explicaba la maestra. Algo de las células eucariotas que anotó hasta la mitad. Se le hacía imposible porque para él estaban en esa clase hacía seis horas. En lugar de anotar del pizarrón, dibujó el escudo de Boca en la hoja Rivadavia y siguió garabateando hasta llegar a la mesa donde escribió “Aguante sexto B”. Texto que acompañó de flechas y caritas. Mientras tanto, en algún lado la maestra diferenciaba las células que nada tenían de interesante para Simón comparado a lo que se le iba a venir esa noche. Se acordaba de como poner los labios, Bautista le había dicho que cerrara los ojos antes porque sino la chica en cuestión iba a verlo como a un pez. El timbre que indicaba la finalización del día lo hizo volver al aula. Cerró y guardó sus cosas rápido, bruto y corrió hacia la puerta llevándose puestos unos pupitres. Él que doblaba en altura a sus compañeros tenía que tener siempre más cuidado cuando pasaba entre los bancos porque los chocaba.

A las nueve de la noche, después del ritual del gel en el pelo y las fotos con cámara digital

frente al espejo, salieron para el cumpleaños Simón, Bautista,Valentín y Camilo que tampoco había besado nunca pero decía que igual era chico. El cumpleaños empezaba a esa hora pero ellos decidieron llegar quince minutos tarde.

El malón era en un garaje cubierto convertido en quincho con bañito propio. Los focos de las dos lámparas estaban cubiertos de papel celofán uno verde y otro rojo y en uno de los costados había una mesa con papas fritas, pizzetas y gaseosas. Tatiana tenía puestas plataformas. Se veían mucho sus zapatos porque todo el tiempo hacía comentarios sobre lo alta que quedaba comparada a las demás. Casi todas sus compañeras parecían más grandes que ellos. Algunas usaban labial y delineador, Simón tenía unos pocos pelitos que no llegaban a negro en los bigotes.

El momento en que la pista delimitada por cajas y sillas se encendió fue cuando sonó Yo soy tu maestro, otro de los hits de ese año. Bautista, que era amigo de las chicas, sacó a bailar a la cumplañera. A él no le daba vergüenza porque ellos eran BFF Best Friends Forever y subían fotos juntos a fotolog. Si alguien le preguntaba a Tatiana si gustaba de su amigo ella decía que ni en pedo, que era un tonto pero que lo re quería igual. Valentín se terminó una botellita de cocacola de vidrio y gritó “¿Y cagonas? ¿Se animan?” Todas las chicas respondieron que obvio, que era un juego y que igual a ellas les gustaban los de primero de secundaria. De todas formas fueron corriendo y apurando al resto para armar el círculo.

Bautista fue el primero y casi le tocó con Tatiana pero no. Ella dijo que menos mal, que se había salvado y el otro empujado por los amigos le dio un besito rápido a Mercedes que coronó el momento con aires de superada: “¿Ven? no es tan terrible.” Jugaron algunas rondas más pero a Simón nunca le tocó. Cada vez que el pico de la botellita pasaba cerca de él sentía movimientos en toda la panza y la metía para adentro como para frenar la sensación.

Después, cuando finalmente se detenía ante otro respiraba fuerte.

Esa noche se fue sin besar a nadie. Él no era bff de ninguna de las chicas, ni tampoco ninguna le gustaba. Miraba de lejos el momento en que las bocas de sus compañeros y compañeras se tocaban y creía que aún le faltaba mucho para llegar ahí y que el día que le tocara no sabría qué hacer. Las bocas de sus compañeras le parecían lejanas, como la voz de su profesora en clase pero no en un segundo plano tedioso, sino en uno imposible de alcanzar. Una vez en su casa, tardó en dormirse.

El lunes siguiente el juego de la botellita fue el tema de charla de las cuatro horas de clase.

Una de las chicas acusó a otro de haberla babeado, uno dijo que su compañera de beso tardó en despegarse. Simón no dijo nada. Tampoco escuchó la clase. Esta vez la maestra hablaba de la diferencia entre Día de la Raza y Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Él agarró su lápiz para seguir el dibujo que había empezado la semana anterior y cuando se dispuso a mejorar el escudo de Boca vio que debajo de su “Aguante Sexto B” decía “¡¡¡Aguante Sexto A!!!”, acompañado con un corazón de liquid paper.

Simón y sus amigos no se llevaban bien con los de Sexto A, en realidad no conocían a nadie.

Unos hacían turno mañana y otros turno tarde. Iban a conocerlos en noviembre cuando se hiciera el campamento de fin de curso en San Antonio de Areco organizado por los profesores de educación física.

Se quedó mirando la declaración desafiante y pensó en ignorarla pero algo en el corazón blanco lo motivó a responder. Primero escribió con lápiz “Amm, cualquiera ¿Quién sos?” pero decidió borrar con el dedo la última parte. Miró y miró su frase hecha de lápiz abajo del liquid, atinó apretar el dedo contra el pupitre para borrar pero no borró. En cambio repasó letra por letra con cuidado. Finalmente su mensaje sobresalía del resto de los garabatos de la mesa. No tocó más hasta que sonó el último timbre, cualquier roce podría deformar el texto. Se alejó del banco atento y hasta que cruzó la puerta no paró de mirarlo sin saber bien por qué.

Esta tarde era tarde de fútbol. Se comió algunas puteadas ese día. Valentín le gritó si estaba dormido porque erró tres o cuatro pelotas y él pidió perdón. Si, estaba distraído. En lugar de ser las células eucariotas las que quedaban como en un segundo plano, como de fondo, era ese partido, sus compañeros y el entrenador. Y en el centro, como una imagen que uno quiere despejar pero no puede porque está fija, el corazón que acompañaba la frase “Aguante Sexto A”.

El día siguiente le pidió a la mamá que lo llevara unos minutos antes a la escuela. Que respetara el acuerdo de dejarlo en la esquina pero en lugar de a las 13:15 a las 13:00. Y corrió, revoleando la mochila hacia los costados y con los cordones desatados, corrió al aula con una adrenalina que jamás le había generado la primera hora de clase. Frenó su entrada envalentonada cuando vio que ya había algunas personas en el aula. Se detuvo y fue despacito hasta su pupitre que era siempre el mismo. Miró hacia los costados y una vez que se aseguró que nadie estuviera prestando atención buscó los textos de la mesa.

Durante esos segundos notó otra vez el movimiento en la panza que había sentido el día que la botellita casi se detuvo frente a él. No vio nada nuevo en el pupitre y resopló. Se desplomó en la silla y apoyó los codos sobre la mesa y ahí sí. Bien chiquito debajo de su “Amm cualquiera” leyó: “Jaja ¿Como andáss?”. Otra vez el movimiento en la panza como un retorcijón. Varios minutos se quedó mirando “Jaja ¿Cómo andás?” hasta que una voz, en un segundo plano, lo hizo volver al aula:

Ey ¿de que te reís, nene?- Lo increpó una de sus compañeras.

No me estoy riendo, tarada ¿Que flasheás?

Y para él no se estaba riendo. Se apuró a sentarse para que la interlocutora no viera la situación y tapó la conversación de lápiz y liquid sin apoyar la palma de la mano completa para no borrar.

Pasó la primera parte del día haciendo una barrera con el brazo entre Valentín, que era su compañero de banco, y él. Durante las dos horas que duró la clase de Historia leyó las cuatro líneas de charla mitad liquid mitad lápiz. Una y otra vez leyó las mismas palabras. La última línea era una pregunta que había que contestar. En el recreó volvió dos veces a custodiar su banco con la excusa de ir al aula a buscar su botella de agua. Lo miró de lejos sin tocar para no cambiar nada y chequeó si desde lejos se veía la charla.

La segunda parte del día se dispuso a pensar que responder y el pupitre de fórmica se le volvió una hoja en blanco. Y todo lo demás vacío. Solo el pupitre y él estaban ahí. Contó cuánto faltaba para terminar. Dos horas. Valentín estaba en otra haciendo bollitos con baba y pegándoselos al de adelante. Miró el reloj de nuevo y ahora faltaba una hora. Nunca se le había pasado tan rápido una clase de Lengua. Una hora era poco tiempo para una respuesta que tenía que ser perfecta. Valentín seguía con los bollitos que eran cada vez más grandes y babosos. Le dieron ganas de darle un manotazo y tirarlos todos al piso.

A las 16: 30 estaban en la recta final de la clase. Simón se apretó las dos sienes con las manos y se rascó la cabeza tanto que llamó la atención de su compañero. Puso rápido el brazo en el banco y los segundos que duró la conversación, la charla de la mesa quedó tapada. Sonó el timbre de salida y todavía no había un nuevo renglón. Nada era ni perfecto ni gracioso ni de piola para él que se quedó solo en el aula e invadido por un calor que le venía desde las extremidades. La maestra le pidió que saliera porque tenían que entrar a limpiar y él le rogó que le diera un segundo más alegando que había perdido una llave. Escribió “¿Bien y vos?” y salió tirando el lápiz en la mochila sin guardarlo.

Se pasó todo el viaje de vuelta con los brazos cruzados, tirado sobre la ventana del auto y envuelto hacia adentro pero esta vez sin cantimplora al por mayor ni la posibilidad de hablar con alguien más grande que le asegurara que todo estaría bien. A Bautista o Valentin no les hubiera pasado eso. Ellos habrían contestado rápido, sin dudar y mostrándoles a todo el resto lo clara que la tenían aunque no supieran quién estaba escribiendo en el turno mañana. Sintió alivio de no haberle contado a nadie sobre su incipiente amistad secreta.

El día después no fue quince minutos antes. Llegó arrastrando los pies porque todo volvía a ser aburrido y era su culpa, nada más que su culpa. Convencido de haber arruinado la charla entre lápiz y liquid se tiró en la silla sin saludar a nadie pero por las dudas miró.

Efectivamente no había ningún mensaje blanco en la mesa. Pensó en la botellita, que ahora le parecía más lejana aún ¿Cuándo daría su primer beso? Seguro que como a los quince, pensó y sacó los útiles de la mochila como si cada uno pesara lo mismo que un bloque de cemento.

Miró el reloj, faltaban tres horas cincuenta y cinco minutos para que terminara el día y ahí dejó los ojos un buen rato.

La maestra retomó lo visto en la clase anterior. No bien empezó la explicación, él se sostuvo la cabeza con una mano. Se sentía más pesado. Con la otra empezó a dibujar la mesa. Hizo lineas hasta llegar al primer diálogo de liquid paper que ya era para él algo arruinado y rayó sus renglones, los de lápiz. Fuerte los rayó. No atinó a mirar dos veces las otras líneas, las blancas. Se le generaba una puntada como arriba del estomago hacia adentro que lo hacía apretar los labios y cerrar los ojos. Que desaparezcan, pensaba. Un golpe en la puerta lo hizo volver a concentrarse en la clase. La voz de la maestra, en un segundo plano, ya no se escuchaba. En cambio sonaba una menos densa. Alguien que decía :“Hola seño, perdón que interrumpa. Me olvidé la cartuchera ¿puedo buscarla?”.

Era una chica de la edad de Simón que tenía una vincha lila, el pelo muy lacio hasta los hombros y el guardapolvo aún puesto. Simón asumió que pertenecía a sexto A ¿Conocería ella a su amistad desconocida de mesa? La maestra le respondió: “Si, Pili. ¿Querés que la busque yo?” Pero la chica se negó porque no recordaba si la había dejado en el pupitre y

pidió entrar. Cruzó por delante del pizarrón y caminó en dirección al pupitre de Simón que se incorporó, como los días anteriores, como cuando se le movía la panza y le daba calor desde afuera hacia adentro.

Simón la veía cada vez más cerca. Ya no estaba desplomado, ahora en cambio estaba quieto y derecho. La chica frenó. Al lado de él frenó. Lo miró y le preguntó si estaba su cartuchera abajo del banco. Simón no respondió ni se movió ni atinó a mirar. Inhaló más fuerte que de costumbre. “La cartuchera y el liquid paper” volvió a decir Pilar, que ahora tenía nombre

además de letra. Valentín, lo empujó y le dijo bajito “Te está hablando, tarado. Hacé algo”. Y él tragando muy fuerte y sin pestanear metió la mano, que ahora estaba temblorosa, debajo del pupitre hasta encontrar una cartuchera y al lado el liquid paper. Se lo dio y sin querer su dedo tocó la mano de ella que era una mano suavecita y a la vez eléctrica.

Otra vez la sensación de ser observado, como con las cantimploras, pero esta vez sin un adulto cerca que pudiera defenderlo pero no le importaba. Pensó que seguro todos sus compañeros se daban cuenta de los hoyitos que aparecieron de repente en la cara. Tampoco importaba. Pilar le agradeció con una sonrisa chiquita. Eso sí, nadie más podría haberla notado y caminó a la puerta. Cuando se fue desde la ventana le hizo chau con la mano y salió corriendo. Simón la siguió con los ojos y pensó que su pelo era el más lindo del mundo.

La maestra retomó el tema de la clase anterior. Su voz estaba de nuevo en un segundo plano, como de fondo. Pero ahora a Simón la cabeza, las manos, el reloj y las cantimploras al por mayor no le pesaban más.

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