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Fito Páez que se mezcla con Makano, el fotolog, el juego de la botellita que parece perdurar en el tiempo. Es todo el ruido de una época. Un pupitre que se escribe y se espera. Un juego de niños, que como todo juego de niños, es letal. Este es el terreno por el que camina este cuento de Paloma Barberena.
A Simón siempre le molestó que su mamá comprara cantimploras para los regalos de cumpleaños de sus compañeros. No por la cantimplora en sí, sino porque compraba al por mayor. Eran cantimploras de plástico duro y venían de varios colores y motivos pero igual cuando llegaba a las fiestas decían “Ahí viene Simón con la cantimplora”: Y Simón envolvía el paquete hacia adentro suyo y buscaba la mirada de algún adulto que lo defendiera.
Eso pasaba en los cumpleaños cuando eran más chicos: primer grado, segundo, tercero y cuarto. Ya más entrados en la preadolescencia los amigos de Simón creían que era canchero no hacer regalos. En su último año de primaria no había burlas, el ambiente Brillante sobre el mic era más fuerte que las cantimploras al por mayor. El clima de canción de Fito Paez y también el hartazgo los unía. No era un nene como los de primero, segundo, tercero y cuarto que veía en los recreos. Él y sus amigos estaban en sexto. Eran los dueños del patio y ya no corrían. Se sentaban en los bancos, revoleaban cosas, peleaban a sus compañeras por la música que escuchaban y tenían malones.
Le gustaban los malones pero él no sacaba a bailar a sus compañeras ni sus compañeras a él. Eso lo hacían Valentín o Bautista, dos amigos suyos que jugaban al rugby y tenían malones desde los nueve. Ese octubre estaba de moda Te amo de Makano y cuando sonaba,
generalmente en el medio de la fiesta a eso de las 23:00, todos lo cantaban a los gritos. A Simón le daba vergüenza mirar sin querer a una de las chicas y que pareciera que les decía “estar contigo es lo que me hace más feliz” a ella y no al aire.
El día que Tatiana hacía su malón, Simón estaba nervioso porque uno de los chicos había desafiado al resto a jugar al juego de la botellita y sus compañeras dijeron que sí. Él nunca había dado un beso ni pico ni con lengua. Sus amigos los rugbiers contaban que si, que se habían transado a las chicas de hockey del club y que la botellita les parecía una papa. Su
curso, el B, hacía turno tarde. Antes de cada cumpleaños él y sus amigos se reunían en la casa de alguno para prepararse y después alguna mamá, papá o hermano mayor los llevaba.
Siempre los dejaban media cuadra antes por pedido de los chicos, no daba que los vieran junto a los adultos.
En la última hora de clase no paró de mirar el reloj de pared que le parecía que no avanzaba. Ya se había perdido en lo que explicaba la maestra. Algo de las células eucariotas que anotó hasta la mitad. Se le hacía imposible porque para él estaban en esa clase hacía seis horas. En lugar de anotar del pizarrón, dibujó el escudo de Boca en la hoja Rivadavia y siguió garabateando hasta llegar a la mesa donde escribió “Aguante sexto B”. Texto que acompañó de flechas y caritas. Mientras tanto, en algún lado la maestra diferenciaba las células que nada tenían de interesante para Simón comparado a lo que se le iba a venir esa noche. Se acordaba de como poner los labios, Bautista le había dicho que cerrara los ojos antes porque sino la chica en cuestión iba a verlo como a un pez. El timbre que indicaba la finalización del día lo hizo volver al aula. Cerró y guardó sus cosas rápido, bruto y corrió hacia la puerta llevándose puestos unos pupitres. Él que doblaba en altura a sus compañeros tenía que tener siempre más cuidado cuando pasaba entre los bancos porque los chocaba.
A las nueve de la noche, después del ritual del gel en el pelo y las fotos con cámara digital
frente al espejo, salieron para el cumpleaños Simón, Bautista,Valentín y Camilo que tampoco había besado nunca pero decía que igual era chico. El cumpleaños empezaba a esa hora pero ellos decidieron llegar quince minutos tarde.
El malón era en un garaje cubierto convertido en quincho con bañito propio. Los focos de las dos lámparas estaban cubiertos de papel celofán uno verde y otro rojo y en uno de los costados había una mesa con papas fritas, pizzetas y gaseosas. Tatiana tenía puestas plataformas. Se veían mucho sus zapatos porque todo el tiempo hacía comentarios sobre lo alta que quedaba comparada a las demás. Casi todas sus compañeras parecían más grandes que ellos. Algunas usaban labial y delineador, Simón tenía unos pocos pelitos que no llegaban a negro en los bigotes.
El momento en que la pista delimitada por cajas y sillas se encendió fue cuando sonó Yo soy tu maestro, otro de los hits de ese año. Bautista, que era amigo de las chicas, sacó a bailar a la cumplañera. A él no le daba vergüenza porque ellos eran BFF Best Friends Forever y subían fotos juntos a fotolog. Si alguien le preguntaba a Tatiana si gustaba de su amigo ella decía que ni en pedo, que era un tonto pero que lo re quería igual. Valentín se terminó una botellita de cocacola de vidrio y gritó “¿Y cagonas? ¿Se animan?” Todas las chicas respondieron que obvio, que era un juego y que igual a ellas les gustaban los de primero de secundaria. De todas formas fueron corriendo y apurando al resto para armar el círculo.
Bautista fue el primero y casi le tocó con Tatiana pero no. Ella dijo que menos mal, que se había salvado y el otro empujado por los amigos le dio un besito rápido a Mercedes que coronó el momento con aires de superada: “¿Ven? no es tan terrible.” Jugaron algunas rondas más pero a Simón nunca le tocó. Cada vez que el pico de la botellita pasaba cerca de él sentía movimientos en toda la panza y la metía para adentro como para frenar la sensación.
Después, cuando finalmente se detenía ante otro respiraba fuerte.
Esa noche se fue sin besar a nadie. Él no era bff de ninguna de las chicas, ni tampoco ninguna le gustaba. Miraba de lejos el momento en que las bocas de sus compañeros y compañeras se tocaban y creía que aún le faltaba mucho para llegar ahí y que el día que le tocara no sabría qué hacer. Las bocas de sus compañeras le parecían lejanas, como la voz de su profesora en clase pero no en un segundo plano tedioso, sino en uno imposible de alcanzar. Una vez en su casa, tardó en dormirse.
El lunes siguiente el juego de la botellita fue el tema de charla de las cuatro horas de clase.
Una de las chicas acusó a otro de haberla babeado, uno dijo que su compañera de beso tardó en despegarse. Simón no dijo nada. Tampoco escuchó la clase. Esta vez la maestra hablaba de la diferencia entre Día de la Raza y Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Él agarró su lápiz para seguir el dibujo que había empezado la semana anterior y cuando se dispuso a mejorar el escudo de Boca vio que debajo de su “Aguante Sexto B” decía “¡¡¡Aguante Sexto A!!!”, acompañado con un corazón de liquid paper.
Simón y sus amigos no se llevaban bien con los de Sexto A, en realidad no conocían a nadie.
Unos hacían turno mañana y otros turno tarde. Iban a conocerlos en noviembre cuando se hiciera el campamento de fin de curso en San Antonio de Areco organizado por los profesores de educación física.
Se quedó mirando la declaración desafiante y pensó en ignorarla pero algo en el corazón blanco lo motivó a responder. Primero escribió con lápiz “Amm, cualquiera ¿Quién sos?” pero decidió borrar con el dedo la última parte. Miró y miró su frase hecha de lápiz abajo del liquid, atinó apretar el dedo contra el pupitre para borrar pero no borró. En cambio repasó letra por letra con cuidado. Finalmente su mensaje sobresalía del resto de los garabatos de la mesa. No tocó más hasta que sonó el último timbre, cualquier roce podría deformar el texto. Se alejó del banco atento y hasta que cruzó la puerta no paró de mirarlo sin saber bien por qué.
Esta tarde era tarde de fútbol. Se comió algunas puteadas ese día. Valentín le gritó si estaba dormido porque erró tres o cuatro pelotas y él pidió perdón. Si, estaba distraído. En lugar de ser las células eucariotas las que quedaban como en un segundo plano, como de fondo, era ese partido, sus compañeros y el entrenador. Y en el centro, como una imagen que uno quiere despejar pero no puede porque está fija, el corazón que acompañaba la frase “Aguante Sexto A”.
El día siguiente le pidió a la mamá que lo llevara unos minutos antes a la escuela. Que respetara el acuerdo de dejarlo en la esquina pero en lugar de a las 13:15 a las 13:00. Y corrió, revoleando la mochila hacia los costados y con los cordones desatados, corrió al aula con una adrenalina que jamás le había generado la primera hora de clase. Frenó su entrada envalentonada cuando vio que ya había algunas personas en el aula. Se detuvo y fue despacito hasta su pupitre que era siempre el mismo. Miró hacia los costados y una vez que se aseguró que nadie estuviera prestando atención buscó los textos de la mesa.
Durante esos segundos notó otra vez el movimiento en la panza que había sentido el día que la botellita casi se detuvo frente a él. No vio nada nuevo en el pupitre y resopló. Se desplomó en la silla y apoyó los codos sobre la mesa y ahí sí. Bien chiquito debajo de su “Amm cualquiera” leyó: “Jaja ¿Como andáss?”. Otra vez el movimiento en la panza como un retorcijón. Varios minutos se quedó mirando “Jaja ¿Cómo andás?” hasta que una voz, en un segundo plano, lo hizo volver al aula:
Ey ¿de que te reís, nene?- Lo increpó una de sus compañeras.
No me estoy riendo, tarada ¿Que flasheás?
Y para él no se estaba riendo. Se apuró a sentarse para que la interlocutora no viera la situación y tapó la conversación de lápiz y liquid sin apoyar la palma de la mano completa para no borrar.
Pasó la primera parte del día haciendo una barrera con el brazo entre Valentín, que era su compañero de banco, y él. Durante las dos horas que duró la clase de Historia leyó las cuatro líneas de charla mitad liquid mitad lápiz. Una y otra vez leyó las mismas palabras. La última línea era una pregunta que había que contestar. En el recreó volvió dos veces a custodiar su banco con la excusa de ir al aula a buscar su botella de agua. Lo miró de lejos sin tocar para no cambiar nada y chequeó si desde lejos se veía la charla.
La segunda parte del día se dispuso a pensar que responder y el pupitre de fórmica se le volvió una hoja en blanco. Y todo lo demás vacío. Solo el pupitre y él estaban ahí. Contó cuánto faltaba para terminar. Dos horas. Valentín estaba en otra haciendo bollitos con baba y pegándoselos al de adelante. Miró el reloj de nuevo y ahora faltaba una hora. Nunca se le había pasado tan rápido una clase de Lengua. Una hora era poco tiempo para una respuesta que tenía que ser perfecta. Valentín seguía con los bollitos que eran cada vez más grandes y babosos. Le dieron ganas de darle un manotazo y tirarlos todos al piso.
A las 16: 30 estaban en la recta final de la clase. Simón se apretó las dos sienes con las manos y se rascó la cabeza tanto que llamó la atención de su compañero. Puso rápido el brazo en el banco y los segundos que duró la conversación, la charla de la mesa quedó tapada. Sonó el timbre de salida y todavía no había un nuevo renglón. Nada era ni perfecto ni gracioso ni de piola para él que se quedó solo en el aula e invadido por un calor que le venía desde las extremidades. La maestra le pidió que saliera porque tenían que entrar a limpiar y él le rogó que le diera un segundo más alegando que había perdido una llave. Escribió “¿Bien y vos?” y salió tirando el lápiz en la mochila sin guardarlo.
Se pasó todo el viaje de vuelta con los brazos cruzados, tirado sobre la ventana del auto y envuelto hacia adentro pero esta vez sin cantimplora al por mayor ni la posibilidad de hablar con alguien más grande que le asegurara que todo estaría bien. A Bautista o Valentin no les hubiera pasado eso. Ellos habrían contestado rápido, sin dudar y mostrándoles a todo el resto lo clara que la tenían aunque no supieran quién estaba escribiendo en el turno mañana. Sintió alivio de no haberle contado a nadie sobre su incipiente amistad secreta.
El día después no fue quince minutos antes. Llegó arrastrando los pies porque todo volvía a ser aburrido y era su culpa, nada más que su culpa. Convencido de haber arruinado la charla entre lápiz y liquid se tiró en la silla sin saludar a nadie pero por las dudas miró.
Efectivamente no había ningún mensaje blanco en la mesa. Pensó en la botellita, que ahora le parecía más lejana aún ¿Cuándo daría su primer beso? Seguro que como a los quince, pensó y sacó los útiles de la mochila como si cada uno pesara lo mismo que un bloque de cemento.
Miró el reloj, faltaban tres horas cincuenta y cinco minutos para que terminara el día y ahí dejó los ojos un buen rato.
La maestra retomó lo visto en la clase anterior. No bien empezó la explicación, él se sostuvo la cabeza con una mano. Se sentía más pesado. Con la otra empezó a dibujar la mesa. Hizo lineas hasta llegar al primer diálogo de liquid paper que ya era para él algo arruinado y rayó sus renglones, los de lápiz. Fuerte los rayó. No atinó a mirar dos veces las otras líneas, las blancas. Se le generaba una puntada como arriba del estomago hacia adentro que lo hacía apretar los labios y cerrar los ojos. Que desaparezcan, pensaba. Un golpe en la puerta lo hizo volver a concentrarse en la clase. La voz de la maestra, en un segundo plano, ya no se escuchaba. En cambio sonaba una menos densa. Alguien que decía :“Hola seño, perdón que interrumpa. Me olvidé la cartuchera ¿puedo buscarla?”.
Era una chica de la edad de Simón que tenía una vincha lila, el pelo muy lacio hasta los hombros y el guardapolvo aún puesto. Simón asumió que pertenecía a sexto A ¿Conocería ella a su amistad desconocida de mesa? La maestra le respondió: “Si, Pili. ¿Querés que la busque yo?” Pero la chica se negó porque no recordaba si la había dejado en el pupitre y
pidió entrar. Cruzó por delante del pizarrón y caminó en dirección al pupitre de Simón que se incorporó, como los días anteriores, como cuando se le movía la panza y le daba calor desde afuera hacia adentro.
Simón la veía cada vez más cerca. Ya no estaba desplomado, ahora en cambio estaba quieto y derecho. La chica frenó. Al lado de él frenó. Lo miró y le preguntó si estaba su cartuchera abajo del banco. Simón no respondió ni se movió ni atinó a mirar. Inhaló más fuerte que de costumbre. “La cartuchera y el liquid paper” volvió a decir Pilar, que ahora tenía nombre
además de letra. Valentín, lo empujó y le dijo bajito “Te está hablando, tarado. Hacé algo”. Y él tragando muy fuerte y sin pestanear metió la mano, que ahora estaba temblorosa, debajo del pupitre hasta encontrar una cartuchera y al lado el liquid paper. Se lo dio y sin querer su dedo tocó la mano de ella que era una mano suavecita y a la vez eléctrica.
Otra vez la sensación de ser observado, como con las cantimploras, pero esta vez sin un adulto cerca que pudiera defenderlo pero no le importaba. Pensó que seguro todos sus compañeros se daban cuenta de los hoyitos que aparecieron de repente en la cara. Tampoco importaba. Pilar le agradeció con una sonrisa chiquita. Eso sí, nadie más podría haberla notado y caminó a la puerta. Cuando se fue desde la ventana le hizo chau con la mano y salió corriendo. Simón la siguió con los ojos y pensó que su pelo era el más lindo del mundo.
La maestra retomó el tema de la clase anterior. Su voz estaba de nuevo en un segundo plano, como de fondo. Pero ahora a Simón la cabeza, las manos, el reloj y las cantimploras al por mayor no le pesaban más.