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Laika Perra Rusa presentó oficialmente su último disco Matanza. La jornada, rodeada de mística, tuvo lugar en el Galpón de las artes y estuvo acompañada por Fraxu. 

La cita fue en el Galpón de las Artes. Las artes son ese galpón: es un galpón donde las artes se crean, donde las artes son. Y allí entramos: El techo altísimo tinglado de chapa, los ventanales típicos del estilo de los tantos galpones ferroviarios ingleses, abandonados por gestiones cipayas; y hoy recuperados, y llenados con aquello que tanto quisieron, y aun hoy quieren, arrebatarnos: nuestra inmensa cultura popular. 

Hagamos el intento de pensar desde una lógica del desafuero, una lógica acorde con nuestro tiempo. Expropiado para nuestro tiempo. Tiempo nuestro, no por pertenencia, sino por casualidad.

La matanza se está produciendo, y es corazón y a la vez ensañamiento, y ternura y nudo y desenlace. Somos corderos, sí, pero también lobos. Acá no corre nadie, porque todes somos tigres en la matanza, y en esta ocasión la corrida es el baile, el goce bajo el único imperativo de disfrutar, disfrutarnos, ser. 

La elección del lugar no debería parecer azarosa: las retrovisiones de los años noventa se notan a leguas. 

El universo que construye Laika Perra Rusa parece ser más que una apuesta conceptual, es un mundo que nos recuerda de dónde somos y para qué existimos: seres socializadores, inconformes con un sistema instalado, fascista y violentamente (in)humano, donde la única salida parece ser la respuesta adolescente y prematura de romper todo lo que no. Pero lejos de ser una apuesta solemne y tan solo “de protesta”, Laika Perra Rusa denuncia y propone. Ya lo dice su género autoproclamado “Pop de Trinchera”: un lugar seguro desde donde disparar. 

Su último lanzamiento, Matanza, termina de sintetizarlo. Nos conduce por los restos de una explosión donde los personajes, sobrevivientes, protagonistas y víctimas; algo como vos, algo como yo, están encomendados a resolver este bardo, que vaga entre lo personal y lo político, mientras lo mezcla y lo hace todo uno. El guiño a la coyuntura es innegable, pero Laika lo hace conservando esa mística de las cumbias tristes: A realidades violentas, melodías hermosas. 

Signados por su dualidad, nos arrojan una red de conceptos bélicos para, así sin más, matarnos de amor. La presentación de “Matanza” lo dejó más que explícito. Una suerte de retrofuturismo decoraba el lugar, una armada de terroristas del baile se colaban en la pista, banderines con una estrella de siete puntas enaltecían las paredes. 

Dos artistas y un escenario altísimo. Nadie parece percibirlo, pero no hay vallas entre el escenario y el público más que la altura y los arreglos verdes. Plantas. Selva. Verde en la jungla de metal, bajo un cielo plomizo y nocturno. Bajo un tiempo que no es nuestro más que por decir.

La noche se abrió con Fraxu y su electro-pop melancólico y profético. La Luna tranquila observaba escondida, siendo parte de la entrada en calor que anticipa la matanza. 

Laika arrancó con “Bum (chocamos un auto)”, el tema teaser de su álbum, dejando que la explosión comience a llevarse todo por delante. Lo pícaro rebelde se colaba en el estilo de las vestimentas: el cuadrille rojo, bien rojo, como los brazaletes que llevaban en su brazo izquierdo; brazaletes que algún distraído podría haber asociado con cierta simbología nazi. Lejos de serlo, el evento fue una parada fundamentalmente antifascista: cualquier derechoso se hubiese sentido completamente incomodo ante tal show. 

Esta presentación fue inmersiva, el público fue público y protagonista, fue un tigre en la matanza mientras se sentía hipnotizado por el saxo aterciopelado de Sofi Culleres que lo llevó, casi sin darse cuenta, al atentado en la pista. Este último orquestado por Lu Uncal, artífice del escuadrón terrorista del baile que se coló entre la gente como aliciente de la danza salvaje y rebelde que irrumpió como bomba, arengando al desacato coordinado por los ritmos cariocas, novedosos y particulares de Matanza. 

Laika es militancia popular pura, no ve triunfo del pueblo sin el goce, sin el baile, sin el llanto y menos sin el colectivo. Mientras bailamos, nos recuerda que algo más grande que vos, que yo, y que cualquiera de nosotros, está pasando. Algo pasa en otro lugar, porque hay otro lugar y algo debe de estar pasando allí. Pero en la fiesta, no debería importarnos. No ahora. Acá es lo único que pasa. Lo que sucede, aquí y ahora, nos seduce. Se nota en algunos bailes, en las manos que dibujan al aire y lo acarician. Lo calman. Lo aquietan. Lo forman. Es ahí cuando el mundo gris, carnicero y represor deja de hacer tanto ruido, deja de existir y por un momento, solo queda bailar.

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