Lo heredado: muertos como si fueran muebles

Lo heredado: muertos como si fueran muebles

TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

Sobre Como corderos, de Juan machado. Libro de cuentos publicado por la editorial “Azul Francia”

Machado viene del campo, conoce la tradición. Sabe que en los pueblos es costumbre elegir quienes son los otros a los que hay que odiar, que todo el mundo conoce a los monstruos y que la inocencia dura lo que la dejan durar. Así construye una familia más poblada de muertos que de vivos, los Funes, y un pueblo, La Cuenca, donde el diablo perdió el poncho pero no su influencia. Todo lo que suceda aquí será terrible, porque el mal, como los muebles y los muertos, también se hereda.

Tradición. Sarmiento dijo “el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes, y se le insinúa en las entrañas…esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las campañas, imprime, a mi parecer, en el carácter argentino, cierta resignación estoica para la muerte violenta”. Barbarie, dijo. El campo es barbarie. Muerte violenta y resignación. De eso está lleno Como corderos y los Funes son su máxima expresión.

Vamos a presentarlos: “El viejo se veía que era malo a la legua y a la vieja le sentías el olor a chupe desde antes de que llegaran al pueblo”. De los varones, “Cuatro de los seis ya habían muerto, incluso antes de que naciéramos los más chicos”. Accidente, enfermedad, suicidio, linchamiento, cada uno con su altar. Después están Nicandro, Martín y Haydee. Los Funes, entreverados con la muerte. Machado les da vida, les insufla un resentimiento viejo y los suelta en el campo, para que cada uno se encuentre con el final que le toca.

Y sin embargo ¿Dónde está la civilización, entonces? ¿En la demoníaca presencia del Padre Macario? ¿En la perversidad abusiva de los Muller? ¿En la velocidad del juicio de los decentes, de su mano que castiga y mata al inocente sin querer escuchar voz o réplica? ¿En la heredada sentencia de que el indio, por indio, es escoria y no merece perdón ni despertar remordimiento, siquiera? Sarmiento también dijo que no tenía sentido intentar educarlos, que aquí también deberían haber hecho como en Estados Unidos, y barrer con todos.

El texto está lleno de sentencias como ésta. Máximas inquebrantables que resuenan en la sangre, que son indiscutibles porque limitan el universo de lo posible. Los niños de la familia pueden repetirlas de memoria porque casi que es lo único que tienen. Son heredadas como los muebles, como los muertos y como el mal. Por estas sentencias se vive y se muere, se dura,

se aguanta, se queda, se mata. Ponen a cada uno en su lugar. Muchas de estas frases son las más hermosas del libro. “Padre nos enseñó que hacia un miedo se camina rápido. El miedo es algo que uno se tiene que sacar de encima lo más antes posible”. Tienen un brillo tenebroso y seductor, son como huesos que emergen limpios y brillantes en una huerta.Tientan. El resto de su mundo es un silencio tangible, separado en segmentos por disparos como signos de puntuación, a veces de exclamación, nunca de pregunta. Aquí nunca se mata sin decisión.

Tradición. Borges dijo que el cuento es la idea y la novela el personaje. Machado no sólo le robó a Borges un nombre, Funes, sino que también puso en jaque esta idea. Cada una de las historias que componen este libro es un cuento, pero no. Cada una de las historias es un capítulo de una novela, la de los Funes, pero no. Son los personajes: la brutalidad de su devenir, la soledad de su existencia, la taciturna violencia de sus modos y de su muerte. Son sus ideas: el debate sobre la tradición, la ambigüedad de la barbarie y el peso de las sentencias. Como corderos camina una fina línea entre los géneros, no me importa cómo lo vendan. Usa los personajes para machacar una idea y forja a los Funes al fuego de las discusiones que incita.

Este libro es como una silla tallada entera desde una sola pieza de madera, con un cuchillo heredado, mango de asta de ciervo y hoja naranja de óxido. No es un trabajo fino ni elegante, no imposta formas inútiles ni extranjeras, pero está hecho con habilidad y decisión por las manos de alguien que conoce la madera y conoce el cuchillo. Quién lo vea lo identificará no por su belleza, sino por la brutalidad de sus líneas. Quien se siente en esta silla no estará cómodo, pero tendrá de dónde agarrarse. Luego recordará por semanas las astillas hundidas en la carne. Este es un libro que sabe doler.

Juan Fernández Marauda

Nació en Lanús, en 1988, pero creció en el Valle Inferior del Río Chubut. Trabaja en el cruce entre salud mental y escritura en un hospital de día. Es escritor, editor, librero y coordina el taller de escritura PULP! en la ciudad de La Plata. El puente de las brujas, su primera novela, fue publicada por EME en 2020 y Esplín Tropical (México) en 202

Entre guerras y tiranías

Entre guerras y tiranías

TIEMPO DE LECTURA: 5 min.

Angélica Gorodischer fue -y es- una autora argentina reconocida y premiada, sobre todo, por sus libros de Ciencia Ficción.

Angélica fue una de las grandes exponentes del género en nuestro país y muy amiga de otra gran autora de Ci Fi estadounidense Ursula K. Le Guin quien se encargó de traducir Kalpa Imperial al inglés. En 1983, en plena vuelta a la democracia argentina, Angélica publica la primera parte de Kalpa Imperial titulada “La casa del poder” y posteriormente se publica junto a la segunda parte denominada “El imperio más vasto”. Kalpa Imperial se transforma así en un libro compuesto de once relatos en los que propone diferentes historias sobre los Emperadores de este Vasto Imperio desconocido, historias del “Imperio Más Vasto que Nunca Existió”. Y ahí, en ese territorio desconocido, se entremezcla la fantasía y la ciencia ficción. Gorodischer crea un mundo que no existe pero que bien podría. Un mundo reconocible para el lector y a través de estos relatos nos cuenta la historia de los diferentes Emperadores que transitaron por ahí: Un Emperador Hurón, la Gran Emperatriz, un Emperador que su pueblo no conoce. Esta es – o son- la historia de los que gobernaron con tiranía, que prefirieron el totalitarismo para su pueblo, que vivieron llenos de joyas y en un palacio imperial al que nadie podía entrar, pero también es la historia de emperatrices que llegaron al poder desde abajo, desde las calles, emperatrices que no necesitaban de custodia para caminar junto a quienes gobernaba. Junto al pueblo. 

Gorodischer escribe la historia del vasto y jamás conocido imperio. Si hablamos de la historia antigua de este territorio desconocido, la tradición oral no puede faltar. Y no falta. Claro está que no es Angélica la narradora de esta historia, sino que construye un personaje para ello: un cuentacuentos que podría ser uno o podría ser muchos, pero un cuentacuentos igual. Este personaje se vuelve la pieza crucial para que el pueblo conozca el pasado de sus gobernadores, las diferentes dinastías, los linajes, la historia de Príncipes Oscuros o de Emperadores locos. La historia de quienes gobernaron al pueblo con tiranía, a sangre y fuego, y quienes gobernaron con astucia y paz. Gorodischer escribe sobre la historia de este Imperio, pero también sobre cómo se construyó y transmitió la historia misma. La tradición oral, la técnica narrativa. Así como en la Antigüedad Griega fueron los Aedos y Rapsodas los encargados de transmitir las hazañas de los héroes y las creaciones de las divinidades, el -o los- cuentacuento del Imperio también tiene su propio estilo, sus propias técnicas para narrar, pero sobre todo también tiene sus valores: un cuentacuentos le habla al pueblo, en las calles, por el pago mínimo de la comida del día o una manta caliente, después de pasar todo el día de pie. El o los oyentes son quienes le ponen valor a la historia, mientras que, por el contrario, los poetas son los que pueden entrar al Palacio Imperial y se alejan de las calles y de los habitantes comunes y le hablan -le narran- a los Emperadores, sean estos unos tiránicos o sean hombres -y mujeres -justos y sabios.

“Sin contar con que yo vivía en una casa humilde, de un barrio humilde, sin contar con que yo tenia pocos amigos, como corresponde a mi profesión, y que los pocos que tenia eran tan oscuros y pobres como yo, hay que ver que un contador de cuentos no entra al palacio imperial, y que si entra es porque no es un contador de cuentos, es un poeta”

En cada uno de los relatos, el narrador cuenta las aventuras, los infortunios, las guerras o el destino que debió enfrentar el Emperador de turno y cómo gobernó. Narra la historia de dinastías, la fundación de ciudades, las guerras absurdas entre el Sur y el Norte, el origen y el fin de un periodo más o menos extenso. También el modo de organización que se podría adoptar para que el gobierno sea próspero: ciudades independientes y soberanas, comunidades pastoriles o sociedades teocráticas. En el Imperio hubo lugar para Emperadores guerreros, emperadores justos y humildes, pero también para príncipes Oscuros que gobernaron con violencia y muerte. 

“Larga es la historia del Imperio, muy larga; tanto que no alcanza la vida de un hombre dedicado al estudio y a la investigación para conocerla por entero. (…) la historia del Imperio está sembrada de sorpresas, contradicciones, abismos, muertes y resurrecciones”

Ya Platón en La República y Aristóteles en la Política plantearon sus modelos de gobierno. En Kalpa Imperial, Gorodischer también se transforma en una novelista filósofa y describe – a través de las acciones y juicios del narrador- los diferentes tipos de gobiernos y gobernantes: el rey tirano que vive recluido en su palacio y nada sabe su pueblo, el Emperador Hurón que con locura y todo gobernó con justicia y sabiduría o la Gran Emperatriz que demostró que las mujeres y el poder no son una dicotomía y que la inteligencia y astucia está destinada a mejorar la vida de los habitantes.

 Gorodischer se transforma en una novelista filósofa y una novelista historiadora porque bien podría estar narrando la historia de un Imperio desconocido o bien podría estar hablando de la historia de nuestro país: dictaduras, mujeres que llegan al poder, la democracia, gobernadores que se alejan del pueblo. Kalpa Imperial se puede leer, entonces, como una gran alegoría del poder. Una cadena de metáforas que nos hablan de un Imperio no tan desconocido para nosotros. Una historia que entremezcla ciencia ficción y fantasía, filosofía e historia, narrativa y poética, una historia que habla de un imperio desconocido, lejano, pero en un registro conocido y cercano para nosotros. 

Plantea, además, algunas preguntas que quedan resonando en la cabeza de quien lee, preguntas que son históricas y actuales a la vez: ¿Cómo es un buen gobernador? ¿Qué cualidades se necesitan para permanecer en la Historia? Y es ahí, en esas preguntas, que todo se torna un hilo entrelazado porque solo así, contando la historia de quienes gobernaron en el Imperio, es que la gente que vive en él puede ¿decidir? qué es ser un buen Emperador.

Lau Uhrig

Trabajadora, estudiante y lectora de Literatura. Docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de La Matanza. Estudiante de Lic. en Lengua y Literatura (UnLaM). Siempre caminando por La Matanza.

Briante a la sombra

Briante a la sombra

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Miguel Briante nació en 1944 en General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Fue periodista, pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador.

Si esto fuera un cuento de Briante, quizás debería empezar por el final. Los hechos consumados, las tragedias acontecidas y solo algunos restos y efectos, que las cosas trajeron consigo. Si esto fuera un cuento de Briante, entonces, tal vez empezaría en una tarde calurosa de fines de enero en la que un hombre, vaya uno a saber por qué, se revela contra el ritual impostergable de la siesta de verano en los pueblos de Buenos Aires, y en vez de ir a descansar como el calor impone, decide, finalmente, arreglar el techo de su casa. Empezaría por la caída, la escalera que duda y el golpe, y después, por cierta tumba que desde aquel día dice que allí, en el pequeño cementerio de General Belgrano, descansan los restos de Miguel Briante.

Y si esto fuera un cuento de Briante, entonces, después de contarnos el final, despacio y sin ningún apuro, algún parroquiano en el bar de Arispe, mientras pide un vaso de caña para calentar la garganta, diría que aquel no había sido uno más, que nadie se confunda. Y entonces, empezaría a contar su historia. 

General Belgrano es un pueblo ubicado al este de la provincia de Buenos Aires. Hoy en día, no debe superar los 30 mil habitantes. Allí nació Miguel Briante, en 1944, cuando probablemente vivían menos de la mitad de esa cantidad de gente. Si para el viejo Sarmiento, el problema de la Argentina era su extensión; para nuestra literatura es parte de su posibilidad. Son muchos y muy importantes los autores que nacieron en la década del 40 en el interior de la provincia: Ricardo Piglia, en Adrogué en el 41; German García, en Junín en el 44; Cesar Aira, en el 49, en Pringles; Osvaldo Soriano, en el 43, en Mar del Plata. Miguel Briante, en General Belgrano un 19 de mayo de 1944. En pocos días cumpliría 80 años.

Briante fue atrevido, los primereó a todos. El primero en arribar a la Capital, el primero también en escribir y publicar: En 1961, a los 17 años, ganó la segunda edición del Concurso de Cuentistas Americanos organizado por la revista El escarabajo de oro con su cuento «Kincón», que reescribiría y publicaría como novela años después. “Yo me llamo Bentos Márquez Sesmeao y estoy acostumbrado a morir”, así, con aires de Pedro Páramo, empieza este relato, que le ganó sus primeros oídos. El cuento se sumó a otros y para 1964, con tan sólo veinte años, publica Las hamacas voladoras, su primer libro de cuentos. Unos años después, le seguiría Hombre en la orilla.

Pero las cosas no siempre son tan fáciles y las vidas son más que una cronológica de wikipedia. Aquel éxito prematuro, en vez de ser despegue, le puso un cierto freno a su obra. Se asustó de sí mismo, quizás, y empezó a escribir poco. Al menos, ficción. Escribir, escribió siempre. Trabajó de periodista durante muchos años, construyendo pequeñas crónicas que combinaban el periodismo y la ficción. Pero a su obra narrativa, le puso una importante pausa. ¿Para qué escribir cosas nuevas? decía, si siempre habrá lectores nuevos. Los que tienen que cambiar son ellos.

Briante también fue pintor, crítico de arte, guionista y, sobre todo, un gran conversador. Si alguien, durante aquellos años, hubiera pataleado y protestado porque Miguel escribía poco, quizás hubiera estado bien contestarle que, si quería escucharlo contar, se acerque nomás a alguno de los bares del centro, que por ahí seguro lo encontraba vomitando alguna historia. Eso sí, que se prepare y se haga del tiempo, porque si empezaba a escuchar, no le iba a quedar más que dejarse llevar por el relato hasta el final.

Pero otras cosas pasaban mientras Miguel vivía. Si levantamos un poco la vista, veremos que eran los famosos años del boom latinoamericano. García Márquez, Cortázar, y todo lo que ya sabemos. Un grupo de autores, que de repente, cual vedettes, salían en la portada de las revistas, ganaban premios  y daban charlas multitudinarias. A Miguel siempre, le gustaron más los que reposaban bajo la sombra de aquellos: algo que se vuelve evidente en su excelente libro de entrevistas. Puig, Di Benedetto, Borges y Rulfo, algunos de los entrevistados. Y si aquellos estaban, por elección o por circunstancia, a la sombra del boom, Briante estaban a la sombra de las sombras del boom. Si Vargas Llosa y García Márquez buscaban escribir novelas universales, y se vanagloriaban de no ser “localistas y provincianos” en sus obras, Briante estaba en la vereda opuesta. Cuanto más pequeña fuera una historia, cuanto más alejada de los grandes ruidos, mucho mejor. ¿Para qué irse más lejos? Si toda la tristeza del mundo, cabe en la caminata de un nene que tiene que ir hasta el bar del pueblo, a buscar a su padre que otra vez no quiere ir a su casa.

Y si no también, para confirmar su pasión por las historias menores, miremos aquel viejo texto que publicó en Página 12, A la hora oficial, donde nos cuenta la historia de un pueblito, en la frontera entre Córdoba y Santa Fé, donde durante algunos veranos pertenecieron a usos horarios distintos: cuando de la avenida para allá eran las ocho, de la avenida para acá eran las nueve. Problema no menor, por supuesto, sino revisemos este fragmento: “Ya no hay paz, en las siestas, porque las madres de un lado y del otro no coinciden en la hora de encerrar a los chicos, los novios se desencuentran, un hombre vino y encontró a su mujer con otro y ahora está preso porque los amantes no habían cambiado la hora en sus relojes, el cura confunde más todo porque trata de conciliar a los dos bandos haciendo que el reloj toque todas las medias horas.” Historia olvidable seguramente para otros tantos autores, que buscaban ya tocar cielos extranjeros con las manos; historia hermosa para Briante, que encontraba la literatura en cualquier esquina o en cualquier bar, donde dos personas se sentaran a conversar. 

¿Qué dejaremos cuando ya no estemos más? ¿Sentirán, nuestros afectos, que algo quedó vacío? O las cosas seguirán sin mucho espamento, quedando solo alguna que otra anécdota y una pila de libros de la que alguien se tendrá que hacer cargo. Cuando Briante murió, su falta se sintió mucho. Sus amigos, familiares y lectores, lo siguen extrañando. “Falta alguien que pida ginebra” dice su amigo Gabriel Levinas, con quien fundaron en 1981 la revista El porteño. “Todos piden whisky, yo tomo campari. Falta alguno que pida ginebra”.

Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

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