TIEMPO DE LECTURA: 4 min.

¿Qué sucede con la literatura cuando el presente solo nos deja pensar en un futuro sin sistema, sin, redundantemente, futuro? Para Juan Mattio y Marcelo Acevedo, no tenemos que pretender tanto del arte y no buscar respuestas entrelíneas. O algo así nos adelantaron el pasado martes 12 de septiembre en el conversatorio “Imaginaciones sobre el fin del mundo”.

La semana pasada, en la Comunidad Ferroviaria se plasmaron reminiscencias de lo post-punk y la literatura “extraña”. La danza esta vez no fue física, fue mental. Con C.A.P.T.O fuimos parte del conversatorio “Imaginaciones sobre el fin del mundo”, impulsado por el programa literario de Trinchera, Plástico Cruel. Sus miembros, Juan Machado y Luciano Montoya, en conjunto con Juan Mattio y Marcelo Acevedo nos invitaron a pensar sobre la idea de Frederic Jameson de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Juan Mattio y Marcelo Acevedo son co-directores de la colección Arqueologías del futuro, perteneciente a la editorial Indómita Luz de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). Nos proponen una lectura desde la perspectiva y autoría latinoamericana sobre las nuevas distopías y la “nueva ficción extraña”. Una ficción categorizada por Mattio como un “frankestein” que se inspira desde lo “pulp” y que toma objetos de lo fantástico, el cyberpunk, el policial negro, el terror y también del realismo, entre muchos otros.

Es difícil categorizarlo, pero sí se puede pensar que funciona como aliciente para imaginar
un post apocalipsis saliendo de la norma. En “Osobuco”, un cuento parte de la colección codirigida por Acevedo y Mattio, Ever Roman nos plantea la idea de que la literatura futurista y las telenovelas románticas crean un mundo “claustrofóbico e intolerable”, y si bien la resolución de los problemas en ambas es muy distinto, nos deja para pensar en cómo imaginamos una salida a ese futuro distópico. La respuesta no nos la dará la literatura, pero sí podemos crear espacios de encuentro, como el conversatorio, donde reflexionar hacia qué caminos vamos como comunidad. Esa tarde se juntaron diversos imaginarios a pensar, a idear el fin del mundo. Pero no por mero morbo, porque sí, nos gusta lo catastrófico y pensar en “¿cómo sería si?”. Pero además, nos rodea constantemente la posibilidad de que suceda: el hambre, la derecha, el cambio climático. Todo va allanando el camino para pensar que es más probable que haya una invasión zombi a que hagamos la revolución.

Pero el fin de esta literatura no es dar respuestas solemnes a un mundo en crisis, sino reflejar una realidad desde cierta distancia para analizarla, sin pretensiones, condimentadas por lo fatídico y el lobo del hombre en supervivencia. Con el fin de reconocernos personas y entender que el todos contra todos no nos llevará a grandes salidas, sino a consumar el objetivo de quienes nos quieren sometidos. El nuevo extraño nos dice que si llega ese día donde todo se acabe, donde los dioses se mueran, no tendremos las respuestas certeras, pero de seguro que lo hemos imaginado todo.

La imaginación es una perspectiva que sirve para equiparar teoría con práctica; un estado meditabundo antes de caminar. La utopía es, literalmente, un no-lugar. La distopía en cambio, es un puerto más próximo a una resolución post punk, cyberpunk de lo-que-pueda-ser.

Mientras tanto, el capitalismo rebalsa y renace, pero también se autofagocita. “Es que pensamos que el capitalismo es la forma de relación humana ¿A qué le tememos más? ¿A la falta de Estado o a la falta de mercado?”, se preguntaba Juan Mattio en su intervención. Y estar tan aferrados al capital nos hace imaginar más fácilmente una salida individual que colectiva.

Pero por más que pregone lo individual, nos signa como sociedad una sensibilidad o susceptibilidad de época, donde todo lo peor, y lo mejor, podría ser; pero no es. Aún más cuando hay falsos profetas que intentan desensibilizar y la insensatez marca el pulso de lo epocal. La literatura nos respalda y nos solventa la poesía. Viró el estado gendarme de la palabra hacia el estado benefactor de poesía, y somos necios si no lo aprovechamos. Poesía no en el mero sentido de verso, sino en el sentido de ver lo romántico en lo cotidiano, para imaginarnos que la destrucción también puede tener una salida que guarde cierta ternura y amor hacia el otro.

El nuevo extraño, la literatura, la poesía aparecen como espacios para reflejar esa sensibilidad que nos encuentra enmarañados en sentimientos funestos y esperanzadores, si es que acaso puede ser posible semejante híbrido. Es allí cuando el conversatorio deviene en comunión, el compartir nos lleva a respuestas colectivas en momentos donde se busca inculcar el todos contra todos. Cabe destacar que el conversatorio se hizo en Comunidad Ferroviaria, un lugar donde lo colectivo se materializa para buscar salidas cooperativas y comunitarias a la desigualdad y que el mismo cerro con lecturas de poesía y baile. Es ahí, justo en ese sitio al borde de la capital provincial donde reverdece aquello que, entre lecturas compartidas, ritmo de zamba, chacarera, gato y palmas, se corrieron los bancos, se armó un círculo y el baile se cuela. Somos vulgares y románticos, pero no idiotas como creen, un abrazo, un baile compartido no detendrá al derrumbe, pero cuánto nos ayuda.

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