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La entidad formalizada en 1950 para crear, regular e incentivar la producción nacional de energía atómica, sostuvo durante diversos lapsos de desfinanciamiento la estrategia y fuerza de lucha para llevar adelante los logros del presente: tres centrales atómicas bajo el nombre de Atucha, junto a una productora de agua pesada.

La presidenta de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Adriana Serquis, confirmó, junto a su entorno y el de la Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería Sociedad del Estado (ENSI), que se pusieron oficialmente en marcha las obras para que vuelva a funcionar la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) ubicada en la provincia de Neuquén. Está en disfunción desde el año 2017, cuando fue desfinanciada, anteriormente se mantenía en actividad casi ininterrumpida desde su nacimiento en 1993.

El agua pesada representa un material imprescindible en el país para el funcionamiento de los reactores nucleares que utilizan uranio natural como combustible, por lo que, desde que se dejó de producir, comenzó a ser un gasto mensual más en la balanza comercial a modo de importación desde Rumania. Trata de un material similar al agua convencional, pero con dos moléculas de deuterio en vez de hidrógeno, lo cual la hace un 10% más densa, y tanto sus pisos de hervor como de congelamiento son más elevados: mientras que el agua convencional hierve a 100 grados, esta lo hace a 101,4; mientras que se congela en -3,8 grados, y no a 0 grados. En ese sentido, esta anomalía la hace valer más de 700 dólares por litro, y su fabricación requiere grandes cantidades de energía y agua.

La Planta Industrial de Agua Pesada fue un hito en la industria nacional de energía atómica logrado y resistido a través de la CNEA, creada el 31 de mayo de 1950, día que se conmemora en Argentina el Día Nacional de la Energía Atómica. Por aquellos años, el presidente de turno, Juan Domingo Perón, llevaba adelante una industrialización nacional acelerada, por lo que no es sorpresa que la comisión que logró posteriormente la producción de agua pesada en Argentina haya sido creada durante ese período. Cinco años más tarde, Perón fue derrocado mediante un golpe que no contemplo siquiera las vidas de los civiles que transitaban la Plaza de Mayo, pero la semilla ya estaba sembrada: en enero de 1958, en medio de un gobierno dictador que sabía que debía dar paso a elecciones prontamente (sería en mayo de ese año), la CNEA inauguró el primer reactor experimental de América Latina, construida en base a tecnología e instruidos del país. Serían años donde el “desarrollismo” del electo Arturo Frondizi daría paso a la industria, pero con mayoría de capitales extranjeros. Sin embargo, el plan de los golpistas comandados por Eugenio Aramburu era otro: pretendían el desguace de la capacidad instalada, por lo que en tres años Frondizi fue removido. Lo reemplazaría Arturo Illia.

La historia de la industria nacional no tiene un hilo conductor constante, sino que esta pausada en lapsos, los cuales tienen nombres, apellidos e ideologías, y mediante esta intención pasan los presidentes de turno. No es casualidad que el próximo elegido, Illia, tampoco pretendía desguazar la industria, lo cual llevó a un nuevo golpe de Estado por parte de las Fuerzas Armadas. Tampoco es azaroso que el siguiente hito en energía atómica se haya dado en 1974, cuando se creó Atucha 1, el primer reactor de potencia en América Latina, bajo el mando de Juan Domingo Perón nuevamente, que volvía del exilio tras 18 años y gobernaba luego de 20. Ese mismo año se comenzaría el segundo reactor nuclear, pero artífice de la industria nacional falleció en cuestión de meses, y la historia argentina no permitió continuar con el plan atómico durante muchos años que contemplaba la creación de 20 centrales antes del año 2000.

Durante todas estas interrupciones nombradas, la CNEA resistió en organización, así como a fines de los 70, cuando, sin poder tomar acción, planificaron la construcción de lo que en esta nota es el sujeto de análisis: la Planta Industrial de Agua Pesada, que en aquel momento se nombró como PEAP (Planta Experimental). El objetivo, ante la imposibilidad de operar, era poder demostrar que el país podía dominar esta tecnología, lo cual fue logrado de manera que quedó la “maqueta” de lo que más adelante se terminaría de conformar: en 1989 se creó la nombrada Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería Sociedad del Estado (ENSI), impulsada por la CNEA en conjunto con el gobierno provincial de Neuquén, a fin de hacer realidad la PIAP y comenzar a comercializar agua pesada.

Claro que dentro de estas “no casualidades” existen salvedades, porque a pesar de que durante el gobierno de Carlos Saúl Menem (1989-1999) se vendió gran parte de la industria nacional (aerolíneas, YPF, etc), fue durante esta década que se retomó el proyecto PIAP (1989) y finalmente se ejecutó (1993). No obstante, la línea siguió dentro de la “lógica”: el siguiente gran hito en energía atómica fue “Atucha 3”, en 2014 bajo la presidencia de la nombrada Fernández de Kirchner. Pero en un lamentable desenlace, la PIAP fue desfinanciada y depuesta de sus funciones en 2017, bajo el gobierno de Mauricio Macri, que en un período sin grandes salvedades registró bajas en la actividad industrial y la capacidad instalada. Cabe mencionar que el personal de la empresa se redujo de 400 a 100 personas dejando a 300 trabajadores en situación de desempleo.

Exactamente hace un año, en julio de 2022, Revista Trinchera dialogó con la presidenta de la CNEA, Adriana Serquis, ante la noticia de que ambas partes autoras de la PIAP (CNEA y ENSI) se movilizaron para que esta vuelva a funcionar. En aquel momento, Serquis confirmó que “en una parada técnica de mantenimiento (de la PIAP) el Gobierno de Macri decidió no volver a ponerla en marcha porque “ya había suficiente cantidad de agua para toda la vida útil” de las centrales Atucha. “Esto se desmintió al año siguiente, porque Nucleoeléctrica Argentina S.A necesitó el líquido y hubo que exportarlo”, ratificó Sequis en aquel momento. También había asegurado que la iniciativa de reactivación de PIAP era un hecho, pero que llevaría un tiempo, ya que había que contratar personal calificado que debía instruirse en el tema.

En mayo del año corriente, se firmó en el Palacio de la Hacienda el acuerdo específico para la puesta en marcha del plan “conservación, mantenimiento y acondicionamiento” de la Planta Industrial de Agua Pesada, en donde estuvieron el ministro de Economía y pre candidato a presidente de Unión Por la Patria, Sergio Massa, la secretaria de Energía, Flavia Royón, y los representantes de la CNEA y ENSI. De esta manera se dio un comienzo burocrático a lo que hoy finalmente pasa a la acción: actualmente se está acondicionando la primera línea de trabajo que pretende producir 80 toneladas anuales para 2025. La segunda línea de producción planifica fabricar amoníaco y urea para ser usados como fertilizantes. Se estima que esta producción cubra las necesidades de las tres centrales ATUCHA y exporte un margen de sobra. “En 25 meses podríamos volver a tener agua pesada desde la PIAP, pero ya en el último año y medio recibimos muchos contactos de empresas del exterior que consultan sobre las posibilidad de contar con parte de la producción”, aseguró en esta ocasión Serquis, en diálogo con Télam.

“La PIAP es la planta de agua pesada más grande del mundo y como tal es un bien estratégico del país porque garantiza tener el ciclo completo del combustible nuclear, y la posibilidad de tener una nueva central de ese tipo que va a depender de este insumo”, agregó y destacó la presidenta de la CNEA.


Joaquín Bellingeri

Militando desde la información y la palabra contra el amarillismo oportunista y por una sociedad en la que predomine la equidad social.

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