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El pasado 13 de septiembre murió en Rolle, a orillas del lago Lemán, Jean-Luc Godard. Falleció por suicidio asistido, una práctica legal en determinadas circunstancias en su Suiza natal.

El que siempre hizo lo que quiso en su cine, también eligió de qué forma morir. “No estaba enfermo, simplemente agotado”, informaron desde su familia al diario francés Liberation. Tenía 91 años y vivía con su esposa y compañera desde hacía varios años.

Con Godard se va uno de los últimos representantes de una generación que se propuso cambiar, de una vez y para siempre, el arte del cine. Y vaya si lo hicieron. Su relación con el cine empezó desde la crítica: no hay mejor manera de aprender un arte que tomándose el tiempo de verlo y analizarlo en profundidad. La mítica Cahiers du Cinema fue el primer espacio que lo alojó y le dio un lugar para proponer sus críticas y análisis del cine de los años 50, junto a compañeros como Chabrol y Truffaut.

Solamente tenía 30 años cuando estrenó Sin aliento (1960), la primera película de su etapa como parte de la Nouvelle Vague. Nada fue igual en el cine después de este estreno. En solamente seis años filmó una serie de películas que tuvieron como protagonista a Anna Karina, su primera esposa y actriz fetiche, y que representan, quizás, el punto máximo de su obra. El soldadito, Una mujer es una mujer, Vivir su vida, Los carabineros, El desprecio, Bande à part, Alphaville, Pierrot el loco, Masculino femenino (recientemente reestrenada en salas argentinas). A lo largo de su vida, filmó más de 100 obras, entre las que se incluyen cortos, películas y documentales. Fue nominado a más de 70 premios y fue galardonado con al menos 50.

Los números, sin embargo, no son más que números. Hay una vieja idea borgeana que consiste en pensar que existe un momento en la vida de cada persona en la que, de alguna forma, su destino se deja ver y las decisiones que allí tomemos marcarán nuestra identidad. Quizás, en la vida de JLG fue cuando fue al cine por primera vez y descubrió que no había un problema en el hecho de que la vida no fuera tal como la imaginaba, ya que siempre podría crearla a través de las imágenes. Habrá, seguramente, muchos otros también importantes. Yo, sin embargo, elijo quedarme con uno, tal vez para mí determinante.

Es mayo de 1968. Godard, en ese momento y para el mundo del cine, era dios. Sus películas habían revolucionado por completo al séptimo arte, y el público lo aclamaba. Así llegó al festival de Cannes, tal vez, el más prestigioso a nivel internacional. Sin embargo, afuera y a pocos kilómetros, París explotaba. El mayo francés estaba en pleno desarrollo; obreros y estudiantes copaban las calles, se marchaba al grito de “bajo los adoquines está la playa”, convocando a todes a saltar y moverse. 

Pasados unos días, los estudiantes llegaron a Cannes e interrumpieron el desarrollo del festival, generando las primeras discusiones con el público del evento, en gran parte convencido de que el evento debía continuar. El 18 de mayo varios directores, con JLG a la cabeza, dijeron basta. Tomaron el hall exigiendo la suspensión del festival en solidaridad con los obreros y estudiantes detenides durante las movilizaciones. Repudiaban, además, el cese de Henri Langlois, director de la Cinemática francesa, por el ministro de cultura André Malraux. 

Los organizadores se negaron a suspender el evento e intentaron que continúe; sin embargo, la definición estaba tomada y los empresarios una vez más debieron comprender que no hay arte sin artistas: directores como Louis Malle y Roman Polanski dimitieron como miembros del jurado, otros como Milos Forman y Alain Resnais sacaron sus películas del festival; y por si fuera poco, se pudo ver a Godard junto a Truffaut y otros directores, colgados de las pantallas donde se proyectaban las películas para impedir que sean vistas. 

La escena es famosa y sus imágenes muy conocidas. Para quienes no la conozcan, pueden buscarla en Youtube. Godard y Truffaut explican a un público que no quiere entender, la urgencia de levantar y suspender el festival. “No se trata de continuar o no continuar viendo películas. Se trata de manifestar, con un retraso de una semana y media, la solidaridad del cine con el movimiento estudiantil y obrero que recorre Francia.”, dice Godard en una escena recuperada en el documental Dos en una ola. Minutos después, frente al reproche e indignación por parte del público, el director insiste ya enojado. “Nosotros hablamos de solidaridad con estudiantes y trabajadores, y ustedes de primeros planos o ángulos de cámara. Son unos imbéciles.” Otra enseñanza que nunca está de más recordar, sobre todo para aquellos ingenuos que aún hoy creen en la posibilidad de que exista un arte independiente y escindido de la realidad de la cual surge.

Su compromiso político, sin embargo, nunca significó un límite en su constante experimentación formal, visible en cada una de sus películas. Con Godard se muere mucho: se mueren formas e intenciones irrepetibles sobre qué hacer con las imágenes, se muere un poquito más la primera generación que convenció a todos de que no se necesitan millones para hacer películas. Basta tener una idea, y saber cómo trabajarla. Confiamos, sin embargo, en que JLG logrará aquello que buscaba uno de los personajes de su película Al final de la escapada (1960). “¿Cuál es tu ambición? Mi ambición es ser inmortal, y después morir.” Godard será inmortal. Qué otra cosa, sino un nacimiento, será lo que ocurra cada vez que un nuevo espectador que nunca se enfrentó a alguna de sus películas, le de play por primera vez. 

Afiche de la película ‘Vivre sa vie’ (1962) intervenido por la artista plástica Olivia Jalid
Pedro Jalid
Pedro Jalid

Profesor de Letras. Leo más de lo que escribo, trato de hacer más de lo que digo.

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