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Disputas de sentido, libertad de expresión y una democracia en vilo. El magnicidio a Cristina Fernández de Kirchner, ¿un hecho aislado e irracional u otra herramienta explícita del atentado a los acuerdos democráticos y la soberanía política?

“No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.”

Raúl González Tuñón

Fueron días intentando pasar en limpio los últimos sucesos para intentar volcar al papel una lectura clara de los hechos ocurridos el pasado jueves 1 de septiembre . 

Al día de hoy, el panorama político se desarrolla en un marco de tires y aflojes entre quienes toman una postura de sentencia a los sucesos ocurridos y quienes eligen seguir fogoneando la situación a raíz de diversas declaraciones de descreimiento a la violencia, sujeta al caso particular del magnicidio y sobre aquella que se fue incrementando en los últimos años.

Como venimos observando de un tiempo a esta parte, quienes levantamos cotidianamente las banderas democráticas, y analizando determinados marcos de despliegue político, nos encontramos con una desarticulación cada vez más profunda sobre los criterios básicos de convivencia política dentro de diversos espacios de acción colectiva. Podríamos incluso hablar de una ruptura en el convenio democrático de 1983, convenio sobre el cual podemos ser más o menos afines y al cual podemos recriminarle más o menos deudas de carácter democrático, pero que garantiza un piso de discusión y convivencia.

No es sorpresa que los mismos que pusieron en duda la desaparición de Santiago Maldonado o la cifra de los detenidos desaparecidos de la última dictadura cívico-militar-económico-eclesiástica, sean los que hoy ponen en tela de juicio el disparo contra la referenta del campo nacional y popular como un atentado a la democracia. Tampoco es de extrañar que diversos personajes, representantes de los poderes económicos y de los medios de comunicación hegemónicos, vociferen en defensa del discurso del odio, en nombre de la libertad de expresión. 

Cabe preguntarnos, entonces, cuál es el límite actual del ejercicio político. ¿Hasta dónde es capaz de llegar el accionar cada vez más reaccionario de una derecha sobreidentificada con las herramientas más encarnizadas de la violencia? 

El gatillo de ayer es ni más ni menos que el gatillo de hoy. Representado por quienes defienden a diestra y siniestra los intereses de los más poderosos. Son ellos quienes tienen la definición de arrasar con los intereses de un pueblo a punta de fuego y quienes construyen en la cotidianeidad los discursos mediáticos de blindaje político para que estos hechos ocurran a vista de todos, y bajo el silencio de algunos. 

Ante la avanzada de discursos de odio y el fogoneo constante, focalizado por determinados sectores pero que se filtra en los andamiajes más íntimos de nuestra realidad y se impregna en diversas dimensiones de nuestra sociedad, construir marcos de unidad política es imprescindible. 

Podríamos pensar en diversos ejes de abordaje para la construcción de marcos de unidad. La construcción de políticas que trabajen en clave de memoria democrática, es decir, el desarrollo de una política pública que piense y articule sobre el contenido de los mensajes mediáticos que se encargan de alentar discursos de odio. Pero, y fundamentalmente, poner en práctica políticas contra el negacionismo que cala cada vez más profundo en el sentido común de nuestro pueblo, repensando también la pauta oficial, en tanto y en cuanto significa el financiamiento a quienes monopolizan el discurso mediático que atenta contra la democracia.

Por otro lado, pero no menos importante, es urgente repensar el rumbo económico al cual nos vemos sujetos, no solo en el territorio nacional, sino en la región. En este sentido, podemos leer un giro de carácter neoliberal adoptado incluso por gobiernos populares, que es condescendiente con la profundización de las desigualdades sociales más estructurales de la región latinoamericana. Sin hacer la vista gorda sobre las presiones del poder concentrado real, es imprescindible analizar las diversas crisis de gobernabilidad impuestas por los mecanismos de control que responden a los intereses del poder hegemónico.

Probablemente, las características desarrolladas evoquen a volver a hablar de imperialismo en el sentido más tangible y explícito de la palabra, en tanto podemos leer dentro del desarrollo de la acción política de determinados sectores del poder, una réplica intervencionista en el sentido más cruento del intervencionismo sobre políticas que responden a la autonomía y la construcción de soberanía de los países latinoamericanos. 

La violencia como respuesta política no escapa a las dinámicas ya conocidas de las derechas neoliberales sobre estas tierras. Es alarmante la indiferencia colectivizada de gran parte de la sociedad ante el avance de dichas violencias, podemos entenderlo atado a la individualización masificada, que garantiza la fragmentación necesaria para el avance de consensos sobre los parámetros que definen el verdadero límite de la violencia política. 

Y justamente por esto, no es redundante hacer hincapié en la necesidad de profundizar y construir una salida colectiva que nos permita volver a los espacios de discusión política respetando los acuerdos democráticos y volviendo a poner de relieve el límite de la violencia. 

Es urgente hablar de la crisis política en la cual nos vemos inscriptos hoy, tanto como hacernos carne de las luchas que nos anteceden en la constitución de un país libre, justo y soberano. Con memoria y, particularmente, con una conciencia colectiva que sirva de abono para construir la patria de los humildes, bajo un re-encanto del sentido político. No aquella que perpetúa las injusticias, sirviéndose de la misma pólvora del ayer, pero a miras de cambiar el cuerpo del cual se vale para gatillar. A través de la manipulación y la des-identificación del propio pueblo con ciertas insignias populares, la derecha se camufla y se fragmenta, con nuevas herramientas, construyendo nuevos relatos, para vender el mismo buzón de siempre. 

Y charlando con Discépolo, pareciera que en mordisquito, ¡a mi no me la vas a contar! nos moja un poquito la oreja para rematar.

“Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por la clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta lo de Vasena, porque pedía un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que los permitiera salvar a los suyos del hambre.(…)No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad.”

¿Qué más se le va a refutar al tanguero excluido de la élite? Si nosotros no inventamos a Cristina, ni a Néstor, ni mucho menos a Evita o a Perón; a ellos, a ellos los inventaste vos, con el odio de siempre, regurgitado y recalentado en los discursos de hoy. 

Manuela Bertola
Manuela Bertola

Hija y nieta de la historia de nuestro pueblo. Estudiante de sociología. Nacida y criada en la ciudad donde las diagonales tocan el sol.

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