Alberto Fernández y el síndrome del eurocentrismo blanco

Alberto Fernández y el síndrome del eurocentrismo blanco

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El presidente Alberto Fernández ha pronunciado, en una reunión internacional, una falsedad manifiesta que procede de los vestigios que aún siguen del eurocentrismo y el colonialismo blanco. Es esa raigambre que alardea del origen europeo de la población argentina, colocando al margen a los pueblos originarios y a otros grupos sociales de nuestra sociedad. 

El presidente Alberto Fernández afirmó este miércoles que los argentinos “llegamos de los barcos”, a diferencia de los brasileños que provienen de “la selva” y los mexicanos que descienden de los indios.

Fernández incurre así en una antigua falacia que se ha creado desde la historiografía liberal mitrista y oligárquica, la de construir la idea de Argentina como un “país blanco europeo”.

Pero también al hablar de “los barcos” se piensa en los veleros y vapores de la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Nadie piensa en los buques que, mucho antes, llegaban con sus bodegas repletas de esclavos, afrodescendientes que la cultura historiográfica blanca se encargó de “desaparecer” de nuestra historia argentina.

De más está decir de que Argentina, como el resto de los países de América (no sólo latino-caribeña), es un país de pasado pluricultural. Si bien en tierras argentinas actuales no se desarrollaron culturas estatales significativas como el caso de los azteca e inca, en México y Perú, respectivamente, las culturas diversas de pueblos originarios desde Jujuy a la Patagonia tienen sus legados. Los esclavos africanos también dejaron su sello. De hecho, en tiempos coloniales se creó una sociedad de castas, de pigmentocracia, donde las clases altas blancas tanto ibéricas como criollas, se colocaron arriba de todo para explotar.

Más allá de la independencia de 1816, esa sociedad pluricultural dejó su sello, que la historiografía mitrita de fines del siglo XIX quiso borrar del mapa. Los mitristas han engendrado una quimera, una Argentina blanca, europeísta, y que odia a las masas populares, como reivindicando la “civilización y barbarie” de Domingo Faustino Sarmiento.

Congraciarse con el jefe de estado español Pedro Sánchez llevó a Fernández a mezclar frases del mexicano Octavio Paz y del músico rosarino LittoNebia que desembocaron en una especie de dicha eurocéntrica muy simplista, pero que tiene aún sus nichos en los textos escolares en Argentina.

Lo que dijo Fernández viene de un viejo discurso oficial de historiografía de falsa “universalidad” que pretende colocar en un pináculo a lo europeo, en detrimento de la larga y rica historia de los pueblos originarios.

Alberto Fernández se supone no comulga con visiones conservadoras y elitistas, sino, como peronista, con una mirada enaltecedora de la nación argentina y su pueblo. Pero se vio envuelto en la trampa del eurocentrismo clásico. Las academias están imbuidas de colonialismo eurocéntrico, y eso es una realidad. ¿Falta formación política en contra del colonialismo en las cúpulas políticas tradicionales? Parece ser que sí.Presumir de “pureza” o de un origen único no sea del todo exacto, y a veces resulte ridículo, es parte del viejo relato oficial del imperialismo.

El escritor, periodista y luchador revolucionario Rodolfo Walsh ha escrito:

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece, así, como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Como han enseñado diversos pensadores y luchadores sociales y populares, como es el caso de Walsh, la Historia no le pertenece únicamente a los de arriba. La Historia la hacen los pueblos. Mujeres y hombres que al frente de su pueblo van haciendo patria, fundando naciones, lograron hacer ingresar a la Historia a sectores populares antes olvidados y marginados. Hubo una liberación social también en el estudio del pasado humano, ya que las masas lograron ingresar como protagonistas de los cambios en el tiempo. Siempre estuvieron, pero no se les dio lugar en el estudio de la Historia. Hoy en día esto ha cambiado y las masas están allí con sus luchas, sus formas de vida y sus legados culturales en el tiempo. Y esto fue gracias a las mismas luchas de los pueblos oprimidos.

El mayor de los desafíos que se ha planteado la historia en la segunda mitad del siglo XX, y que sigue vigente a comienzos del XXI, es el de superar el viejo esquema tradicional que explicaba una fábula de progreso universal en términos eurocéntricos. La idea de descolonizar el pasado humano se hizo muy fuerte, sobre todo, en África y América Latina, donde surgieron una gran cantidad de historiadores y científicos sociales que criticaron al eurocentrismo en el estudio de la historia global.

Pero se destacan los intelectuales latinoamericanos que atacan la supervivencia del eurocentrismo en la academia a la hora de enseñar historia, filosofía, sociología, economía, psicología, politología, etc., destacándose los aportes del argentino-mexicano Enrique Dussel y el peruano Aníbal Quijano. Se trata de la llamada decolonialidad es sinónimo de “pensar y hacer” decolonialmente y cuestiona o problematiza las historias de poder que emergen de Europa. Estas historias subyacen a la lógica de la civilización occidental. La decolonialidad es una respuesta a la relación de dominación directa, política, social y cultural establecida por los europeos. Esto significa que la decolonialidad se refiere a enfoques analíticos y prácticas socioeconómicas y políticas opuestas a los pilares de la civilización occidental: la colonialidad y la modernidad. Esto hace que la decolonialidad sea un proyecto tanto político como epistémico.

Ya desde los años de los decenios de 1960 y 1970 surgieron tendencias conocidas como el orientalismo, el indigenismo, el africanismo y la etnografía posmoderna, que se mezclaron tanto con trabajos patrocinados por la UNESCO como con las luchas sociales de los zapatistas de Chiapas o de los Movimientos Sin Tierra del Brasil. Sin lugar a dudas, estas tendencias contribuyeron a descolonizar la tradicional “historia universal” que legó el colonialismo, el imperialismo y el racismo del siglo XIX.

Sin embargo, los manuales de “historia universal” en el mundo occidentalizado siguen ratificando la vieja periodización eurocéntrica, dejando de lado marginados a innumerables culturas a la hora de enseñar historia en las escuelas y universidades. El modelo lineal de la historia del progreso tenía, sin embargo, otro ámbito de exclusión.

La historiografía del siglo XIX del tipo occidental se trasladó a las naciones modernas que surgieron en las Américas tras las etapas de la descolonización. Surgieron, pues, las historias patrias y oficiales, especialmente desde mediados del siglo XIX, para legitimar el orden estatal que engendraron las oligarquías locales desde México hasta la Patagonia. Se crearon las historias nacionales al estilo de los franceses, alemanes e ingleses, siguiendo criterios occidentalistas, pero, sobre todo, exaltando a los próceres, las fechas de independencia y los símbolos patrios. El objetivo de esta historiografía era formar una ciudadanía casi obsecuente a la nación moderna junto a los himnos, los símbolos patrios, las fechas patrias y el llamado folklorismo. 

Las historias nacionales latinoamericanas siempre miraron hacia Occidente y vieron lo autóctono como algo “bárbaro” e “incivilizado”, adoptando incluso la periodización eurocéntrica en sus textos escolares para enseñar historia y educación cívica. Los oligarcas latinoamericanos en el poder se creían europeos, superiores y admiraban el positivismo y el darwinismo social, y ni se consideraban latinoamericanos.

América Latina es un concepto que hace referencia a los países del continente que hablan los idiomas español, portugués y francés, de la rama indoeuropea e hijas del latín antiguo del imperio romano. Pero hay otras denominaciones para los países al sur de Estados Unidos. Nuestra América, dijo el cubano José Martí; Patria Grande, dijo el argentino Mario Ugarte; Indoamérica, dijo el peruano Raúl Haya de la Torre, Iberoamérica o Hispanoamérica, dijo el mexicano Juan Vasconcelos; Eurindia, dijo el argentino Ricardo Rojas y otros tantos nombres que indicaban la necesidad de pensar desde su propia realidad para reunir en un mismo destino lo que intereses políticos ajenos a la región habían logrado fragmentar.

Para el argentino José Hernández Arregui, la denominación de América Latina es culturalmente “imprecisa y cercana”, fue apoyada por escritores encandilados por Francia, y en su momento instalada desde los resabios de la inquina hacia España, “no solo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del Imperio español en América”. En realidad, parece ser que el concepto de América Latina se utilizó fundamentalmente para diferenciarse de la América anglosajona. Ya en 1856, el chileno Francisco Bilbao utilizó el concepto de “latinoamericano” y el colombiano José María Torres Caicedo, ese mismo año, escribió su poema “Las dos Américas”. Ambos residían en París. La diferencia con la América anglosajona se patentiza cuando los latinoamericanos hablan de Nuestra América, la propia, y en ella, por cultura, por lenguaje, por creencias y también precisamente por el sometimiento y despojo que continúa realizando el “otro”.

Las ideas desde antes de la independencia política de los países de América Latina eran diferentes de las europeas, como también de las asiáticas, las norteamericanas o las africanas. Fueron y son distintas realidades con distintas ideas y creencias. La dominación europea al principio, a través de la conquista y la colonización después, pretendieron uniformar la idiosincrasia nativa que poco a poco y con el mestizaje, se fue transformando hasta llegar a la globalización también impuesta por los poderosos.  Los fenómenos regionales de cada país comenzaron a ser tema de interés para los historiadores profesionales.

También surgieron innovaciones historiográficas más ligadas a los cambios del siglo XX, incorporando temáticas de la historia social, la historia de la clase obrera latinoamericana, la historia de las ideas políticas, la historia de las mujeres latinoamericanas y la historia oral.  Pero hay que decir que en América Latina se hizo inicialmente una historia nacionalista que no daba ningún protagonismo a los pueblos originarios, atribuía todos los males a la colonia y fijaba el momento fundacional en la independencia, que habría dado lugar a una ruptura total, gracias a la dirección ejercida por los próceres fundadores del estado.

Ha sido necesario proceder después a una reconstrucción total de esta visión nacionalista, de la cual han surgido, sobre todo en la América andina, unos trabajos de etnohistoria que han conseguido aproximarse a la problemática de los pueblos originarios en países como Ecuador, Perú o Bolivia. Ha sido necesario también reconstruir la historia colonial y profundizar en la de las sociedades nacionales surgidas de la emancipación para alcanzar una visión que no se limite a mostrar una historia vista exclusivamente a través de la mentalidad criolla, sino que establezca una nueva valoración que incluya su rico patrimonio indígena y africano.

Para el presidente argentino y para toda la dirigencia que aún sigue encerrada en los viejos legados del eurocentrismo, hay que formarlos en la descolonización del pasado de nuestras tierras.

Nunca es tarde y esperemos que esto sirva para seguir concientizando sobre la reivindicación del pasado pluricultural de Argentina y de la Patria Grande.

Mauricio Piñero
Mauricio Piñero

Cuentan las crónicas que nació como el hijo de nadie. Luchando por la Patria Grande, como Internacionalista y antiimperialista. Tripero de alma y cuerpo, siempre junto a la patriada barrial. La historia descolonizada es mi pasión como docente de la Escuela Pública y de los barrios. Las noticias sobre los pueblos que luchan como forma de viajar hacia una verdadera justicia social global.

El maestro rural a la Presidencia

El maestro rural a la Presidencia

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Con el 100% de actas procesadas y el 99,89% de actas contabilizadas, Pedro Castillo (50,145%) mantiene una ventaja mínima sobre Keiko Fujimori (49,855%). Aún faltan ingresar al cómputo 150 mil votos que están siendo observados, pero no le alcanzarían a Fujimori para torcer la elección.

No caben dudas de que esta segunda vuelta fue casi tan reñida como la de 2016, cuando Pedro Kuczynski revirtió el boca de urna y le ganó por un mínimo margen a la mismísima Fujimori, que este domingo perdió su tercer ballotage consecutivo.

Y aunque los números hablan de un empate técnico, los votos por provincia muestran otra cosa: que en la mayoría de los territorios de perú, Castillo arrasó. Y eso lo explica la historia reciente: los treinta años de neoliberalismo salvaje que comenzaron, precisamente, con la dictadura del padre de Keiko, Alberto Fujimori -condenado por delitos de lesa humanidad- enriquecieron a Lima -la capital- y sumergieron en la pobreza a los millones de peruanos que habitan las zonas rurales.

Eso explica por qué Lima era el bastión fujimorista que casi le permite a Keiko una victoria. Fujimori ganó en Lima porque es la capital enriquecida a costa de las zonas rurales la que necesitaba sostener el modelo neoliberal. La victoria de Castillo, que trataron de evitar con la consigna “nunca más comunismo”, significaba una redistribución de la riqueza que los sectores de poder, aglutinados en la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas, no estaban dispuestos a aceptar.

Por suerte, todo parece indicar que perdieron, que ganó el maestro rural y por lo tanto ganó el pueblo, porque Castillo promete una asamblea constituyente para cambiar la Carta Marga de la dictadura fujimorista, ese armazón que encorsetó la democracia peruana; promete una política fiscal redistributiva, la nacionalización de recursos estratégicos, la estatización de los fondos de pensiones, una reforma agraria y una reforma educativa decolonial, importantísima para comenzar a pensar una educación verdaderamente emancipadora.

Como contrapartida, se opone a la ampliación de derechos como el matrimonio igualitario y el aborto, pero aclaró en algunas entrevistas que el pueblo debía decidir y que por eso iba a trasladar el debate sobre estos derechos a la asamblea constituyente. Cabe señalar, de cualquier manera, que esto es signo de un conservadurismo religioso que aún se encuentra fuertemente arraigado en la sociedad peruana y es importante comprender los procesos históricos de cada país en el análisis.

La denuncia de fraude

Keiko Fujimori, asustada porque perdió su tercer ballotage, comenzó el lunes a denunciar un fraude electoral. Y aunque subestima a un porcentaje importante de los peruanos que saben que Castillo y su partido, de origen humilde, no cuentan con los fondos suficientes como para montar un vasto fraude electoral, quizás vale recordad que a Evo Morales le hicieron un golpe de Estado incluso cuando la diferencia de votos era muchísimo mayor.

Ellos lo controlan todo: tienen bajo su manga a los grandes medios de comunicación, a las grandes encuestadoras, a los grandes grupos de empresarios y por supuesto a Estados Unidos. Aún así, con todo su poder económico y mediático, perdieron la elección y como última maniobra apelaron a la anulación de 200 mil votos en zonas que apoyaron ampliamente a Castillo. Pero la mismísima OEA, en su informe de observación, se refirió a un “proceso electoral positivo” en el que no se detectaron “graves irregularidades”.

Comienza entonces un tiempo de interrogantes porque el establishment buscará desestabilizar desde el primer día, o desde antes (ya se vio el terrorismo financiero con la caída de la bolsa y la disparada del dólar). Y puede haber al menos tres estrategias.

En primer lugar, el golpismo sin atenuantes, lo que explica por qué el Ministerio de Defensa tuvo que salir a reiterar lo que debería ser obvio: el carácter no deliberante de las Fuerzas Armadas y su no derecho a la intromisión en los resultados electorales. Incluso algunos veedores internacionales advirtieron que existe un posible golpe de Estado.

En segundo lugar, la guerra de asedio y desgaste, con la acción concertada de las corporaciones mediáticas, judicial y parlamentaria (porque Pedro Castillo no la tendrá fácil en el Congreso), que buscarán imponer al presidente electo nuevas mociones de censura y confianza en continuidad con los últimos años de desestabilización política. Y en tercer lugar, y no menos probable, la estrategia de “canibalización” de Castillo y Perú Libre, por la cual candidatos que llegaron al poder con programas populares como los de Alejandro Toledo y Ollanta Humala, acabaron siendo cooptados por las élites gobernantes.

Habrá que ver si a Castillo lo devora el sistema o si se anima a cambiar el rumbo de la historia construyendo ese futuro que, como imaginaba Mariátegui, no sea “ni calco ni copia, sino creación heroica”. Ganó el pueblo, pero comienza la resistencia para sostener al gobierno y lograr las transformaciones necesarias para desmantelar el Estado Neoliberal, y en este punto, el apoyo de los gobiernos progresistas de la región será fundamental. 

Miranda Cerdá Campano
Miranda Cerdá Campano

Nací en Chubut y milito porque no hay mejor manera de transformar el mundo. Soy hincha fanática de San Lorenzo y fundamentalista de la Vuelta a Boedo. Lloro por todo y no sé cómo explicarle a la gente lo mucho que me gusta la palta. 

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