Oceanía, la otra historia humana a descolonizar

Oceanía es uno de los continentes olvidados por la historiografía occidental. Australia, Tasmania, Melanesia, Micronesia y Polinesia son las regiones oceánicas que durante mucho tiempo no estuvieron en las páginas de las historias mundiales de las academias y en los textos escolares. Sus pueblos originarios fueron ignorados por la historia oficial blanca, teniendo en cuenta que estos fueron protagonistas de culturas antiguas muy ricas y variadas.

Como ha pasado con las tierras de África, el Oriente Medio, el Indostán, Asia Central, Asia Oriental y las Américas, la historia colonial ha impuesto su versión oficial sobre el pasado de las culturas de Oceanía. Se la ha colocado como parte de una historia apéndice del mundo colonial, imponiendo la idea de que los oceánicos “ingresaron” a la historia universal cuando llegaron los “civilizados” europeos blancos.

Poco han sido los historiadores occidentales los que se preocuparon de la antigua Oceanía. Fue más bien la Antropología la que se preocupó de Oceanía originaria, desde el lado de la Etnología básicamente, con estudios muy interesantes que sacaron a la luz el pasado del continente olvidado. La Arqueología también hizo lo suyo en Australia y Nueva Guinea, como así también en Nueva Zelanda y la Isla de Pascua, desenterrando el pasado de los aborígenes.

Desde 1945 se produjo un creciente interés en la epistemología, la teoría y la metodología de la arqueología. Este interés se dio tanto en Gran Bretaña y en la llamada “nueva arqueología” más allá de las fronteras de Estados Unidos. Los nuevos trabajos arqueológicos llegaron tanto en China como en la Unión Soviética y luego en las jóvenes naciones tras la era de la descolonización en el Tercer Mundo.  En los tiempos de la llamada Guerra Fría (1945-1989) la arqueología y la antropología han crecido con nuevos hallazgos y también nuevas metodologías. Las modernas dataciones de los hallazgos se fueron perfeccionando y la aparición del método de datación por radiocarbono fueron las estrellas del gran avance tecnocientífico para la arqueología. También los estudios innovadores en antropología cultural, social, lingüística y física se acercaron mucho a la búsqueda del pasado humano tanto temprano como tardío. La etnología desnudó aún más al eurocentrismo de viejo cuño y contribuyó a que las visiones de los historiadores sean menos restringidas y occidentalizadoras.

En Oceanía el debate sobre el pasado se ha hecho casi exclusivamente en términos de Antropología, esta situación puede modificarse por la presión de los grupos nativos que quieren asumir el estudio de su historia. Esto pasó en Nueva Zelanda, donde los maoríes discuten el tipo de análisis llevado a cabo hasta ahora por los pakeha (neozelandeses de origen europeo) o que denuncian, como en Australia, las interpretaciones “blancas” que han servido para construir la imagen de la “inferioridad del nativo” y justificar que se le arrebate el control de sus tierras. Los estudios que tratan de integrar las dos perspectivas, la de los colonizadores y la de los colonizados, como los que hace en Australia el grupo que desde 1977 publica la revista Aboriginal history.

Pueblos originarios de Papúa Nueva Guinea, aldeanos que viven de esa forma desde hace unos 7000 años a.C.

La irrupción de los nacionalismos melanesios, entre las décadas de 1960 y 1970, tomó por sorpresa a los investigadores e incluso a las mismas potencias coloniales, porque estos “sobrevivientes de la prehistoria” (como se les ha llamado a veces) todavía en la primera mitad del siglo XX estaban condenados a desaparecer. Desde la época de los primeros contactos regulares entre europeos y melanesios, a principios del siglo XIX, la caída demográfica había sido especialmente masiva, afectando hasta al 95% de la población de ciertas islas. Las causas probables de esta desaparición no se limitarían a las diversas enfermedades llevadas por los europeos, sino también a la profunda desorganización social que experimentaron los melanesios (en especial la desaparición de los rituales de fertilidad). El pastor y etnólogo francés Maurice Leenhart relató que a su llegada a Nueva Caledonia, en 1902, los europeos consideraban la desaparición progresiva de los kanaks como un hecho consumado.

Dicho fatalismo demográfico comenzó a difuminarse hasta los años previos a la Segunda Guerra Mundial. La crisis de 1929 tuvo consecuencias relevantes incluso en esas lejanas tierras del Pacífico, cuya economía de plantaciones era sumamente dependiente de las coyunturas internacionales de aquella época (la copra principalmente, pero también la caña de azúcar, café, cacao, algodón y tabaco). En 1930, cuando Australia y la Nueva Caledonia dejaron de reclutar mano de obra de las Nuevas Hébridas (hoy Vanuatu), fue posible una recuperación del equilibrio demográfico de estas islas donde prácticamente ya no existían hombres jóvenes. Con el “regreso” de esos migrantes económicos y el retraimiento de los archipiélagos, nacerían nuevas sociedades. Asimismo, la antigua presencia de misiones cristianas había engendrado nuevos cultos e introducido nuevas jerarquías. Las sociedades melanesias comenzaban una confrontación cada vez más abierta con las autoridades coloniales.

Luego, en el curso de la década de 1950, aparecieron progresivamente movimientos de renacimiento cultural e ideologías nacionalistas bajo el impulso de una nueva generación de líderes melanesios. Estos líderes y sus partidos contribuirían ampliamente al nacimiento de los Estados independientes en la Melanesia: Ratu Mara en Fiji (1970), Michael Somare en Papúa Nueva Guinea (1975), Francis Bugotu en las Islas Salomón (1978), Walter Lini en Vanuatu (1980), así como el movimiento nacionalista en Nueva Caledonia, cuya figura insigne era Jean-Marie Tjibaou. Todos ellos colaboraron en la construcción de un nuevo espacio político e intelectual en torno de la identidad melanesia contemporánea. Como el resto del mundo, en el último cuarto del siglo XX, el Pacífico estuvo marcado por la irrupción de discursos políticos sobre la identidad.

Máscara de la antigua cultura polinésica de los lapita (2000-600 a.C.).

Frente a la aparición de los movimientos nacionalistas que reformulaban a placer la “tradición” con fines políticos, los investigadores que estudiaban esas sociedades debieron revisar algunas concepciones muy arraigadas. En primer lugar, fue evidente que estas sociedades llamadas “tradicionales”, lejos de ser “frías” y “sin historia” (o en todo caso “sin historias” para el colonizador), podían encargarse de su destino y de ser necesario voltear contra el colonizador sus propias armas, mostrando así su capacidad para “evolucionar”. En segundo lugar, por medio del pensamiento sincrético de algunos líderes e intelectuales indígenas, se constató que estas sociedades elaboraban discursos sobre sí mismas que poco a poco llegaban a rebatir las pretensiones de los especialistas occidentales de ser los únicos que poseían la “autoridad etnográfica” para hablar de ellas. En los archipiélagos melanesios, el antropólogo fue, de alguna manera, “capturado por su objeto”.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando los movimientos de descolonización del Tercer Mundo se intensificaron, pocos antropólogos intentaron realmente hacer una reflexión sobre las mutaciones sociales y políticas de las comunidades tradicionales. Los textos del francés Georges Balandier, sin embargo, constituían un verdadero programa de investigación en la materia, pero tuvieron relativamente pocos seguidores, al menos fuera del África Subsahariana. La antropología marxista de la década de 1960 llenó una parte de ese vacío, y ello se lo deben en gran parte a diversos africanistas como los franceses Claude Meillassoux, Pierre-Philippe Rey, Emmanuel Terray y, después de ellos, Jean-Loup Amselle, Jean Bazin, Jean-Pierre Dozon… siendo el más notable de todos el oceanista Maurice Godelier. En el Pacífico, Godelier no ponía en duda la delimitación etnolingüística propia de la Antropología y, además, en sus textos sobre el Estado, se interesó más en el problema de su formación y su perennidad como estructura antigua que en las condiciones concretas de su desarrollo en el nuevo Estado independiente de Papúa Nueva Guinea.

Las poblaciones de Oceanía, dominadas y pacíficas, habían visto considerablemente disminuidas sus posibilidades de desplazamiento y de intercambio. Estacionadas, forzadas a permanecer en un lugar (asignées à résidence), daban la impresión armoniosa de ser sociedades que formaban universos cerrados y fuera del tiempo. Por otro lado, fue desde la perspectiva de los contextos locales (la aldea o tribu) como los antropólogos observaron, después de 1945, bruscas y rápidas transformaciones, incluso si las aldeas o tribus en cuestión eran a veces el producto de reacomodos poblacionales impuestos por los misioneros, como en el caso de Fiji. La verdadera toma de conciencia de la etnología francesa sobre el “hecho colonial” en el Pacífico sur data de los acontecimientos de 1984 en la Nueva Caledonia. Antes, las lógicas sociales inducidas por la diversificación de recursos y retos (escuela, religión, trabajo) en realidad no eran consideradas como problemáticas dignas de interés. En el mejor de los casos, nociones vagas como “cambio social” o “modernidad” no aparecen más que al final de las monografías y como una especie de epílogo desafortunado que, al mismo tiempo, constituye el “principio” y el “fin” de la historia de estas “sociedades sin historia”. Sin embargo, estos sobresaltos se tornaron cada vez más visibles y se hizo mucho más difícil ignorar la palabra de los colonizados, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Las famosas estatuas gigantes de Rapa Nui, en la actual isla oceánica chilena de Pascua.

Los movimientos de independencia nacieron más o menos en la misma época, a pesar de las historias coloniales específicas y de la gran diversidad política y lingüística que caracterizan a la Melanesia. La nueva generación de líderes melanesios que, a finales de los añosde 1960, comenzó a oponerse de manera cada vez más activa a la presencia colonial (tanto francesa como británica), siguió el ejemplo de los líderes africanos y se apoyó en conceptos y métodos tomados de Occidente, como el desarrollo de partidos políticos y de la militancia, la exigencia de democracia, la reivindicación del derecho a la autodeterminación. En sus reclamos suscribían dos grandes tendencias. La reapropiación de valores y dogmas occidentales (derechos del hombre, marxismo, humanismo cristiano), también empleados contra el colonizador, y la revitalización de los valores propios de sus sociedades según diversas modalidades (neotradicionalismo, sincretismos, políticas culturales de Estado).

Evidentemente, estas dos dimensiones no son excluyentes, más bien de su estrecha coincidencia nació la mayor parte de los discursos fundadores del renacimiento político del Pacífico. Además, todos los movimientos políticos indígenas de la región pregonaron una visión idealizada de las sociedades de Oceanía, nutrida abundantemente por los discursos de los misioneros sobre la igualdad de los hombres frente a Dios. Dicha visión enriquecía las ideologías, más o menos estructuradas, al exaltar la unidad cultural y la especificidad del mundo oceánico. En este sentido, las expresiones Pacific Way, Melanesian Way o Melanesian Socialism se acuñaron para designar una especie de cultura genérica que reúne tanto a la región del Pacífico en su conjunto como a la Melanesia únicamente o, incluso, a una comunidad nacional en formación.

Lo más viable es buscar una historia realmente panhumana, que tenga en cuenta a todas las culturas de los cinco continentes, no como mera descripción anecdótica, sino también buscando interrelaciones, sincretismos, legados, debates, hipótesis y nuevos aportes a las disciplinas encargadas del pasado. No es una tarea sencilla ni tampoco se trata de fundar una especie de dogma sobre una historia mundial antieurocéntrica. La globalización de hoy exige que las viejas visiones coloniales, racistas, sexistas, burguesas e imperiales sean desterradas del todo a la hora de conocer, comprender, analizar, reflexionar, problematizar y disfrutrar el derrotero del pasado humano en África, Asia, Europa, Oceanía y América.

Mauricio Piñero
Mauricio Piñero

Cuentan las crónicas que nació como el hijo de nadie. Luchando por la Patria Grande, como Internacionalista y antiimperialista. Tripero de alma y cuerpo, siempre junto a la patriada barrial. La historia descolonizada es mi pasión como docente de la Escuela Pública y de los barrios. Las noticias sobre los pueblos que luchan como forma de viajar hacia una verdadera justicia social global.

2 pensamientos sobre “Oceanía, la otra historia humana a descolonizar

  1. Muy buena nota.
    Tengo un matiz de discordia con el planteo final: «tampoco se trata de fundar una especie de dogma sobre una historia mundial antieurocéntrica».
    La historia y la cultura eurocéntrica, en tanto violenta como es, deberá sentir una oposición de similar tenor o no conseguirá detener su beligerancia y paralelamente es necesario deseurocentralizar la historia y el concepto de cultura eurocentrista, en cuanto conspira contra la entidad humana.

    1. Muchas gracias estimado Enrique Juan Box. La descolonización del pasado humano, sobre todo de África, Asia, Oceanía y las Américas es una de mis pasiones como historiador e investigador. Por cierto, tenemos una clara posición militante frente al eurocentrismo, para despojarnos del todo de una falsa «historia universal» que siempre imponía la versión de las «edades», es decir, «prehistoria», «edad antigua», «edad media», «edad moderna» y «edad contemporánea». Por supuesto, esa periodización de la historia humana ya no va más y comprende una imposición ideológica de raigambre colonialista y burguesa liberal. Pero tampoco hay que caer en tergiversaciones en el momento de la lucha antioccidental. Por ejemplo, se ha caído en la trampa del llamado afrocentrismo (ver nuestro artículo respecto a ese tema en https://revistatrinchera.com/2021/03/03/africa-y-la-busqueda-de-la-descolonizacion-de-su-historia/) por parte de algunos autores africanos, como queriendo emular al eurocentrismo, llegando a caer en un inútil etnocentrismo. No puede haber falsos dogmas antieurocéntricos en la lucha anticolonial del pasado. Hay que ser rigurosos en lkos estudios y elaborar estudios serios y metodológicos viables para conocer de forma adecuada el pasado de los pueblos que fueron ignorados por la historia oficial occidental. Abrazo enorme a la distancia y que siga el debate constructivo. Lo saluda atte. Profesor Mauricio Piñero.

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