Asirnos a Martí: motivación permanente y necesidad revolucionaria

Es el pensamiento martiano una fortaleza emancipatoria que nos da la fórmula para vencer muchos de los males que hoy continúan atacando a las naciones de nuestra América; que nos arma en el enfrentamiento a los vicios que sobreviven en los pueblos comprendidos desde el río Bravo hasta la Patagonia; que señala un camino ético a la altura de su talla moral, de su ideología liberadora y su profunda vocación de justicia.

Hemos arribado al aniversario 126 de la siembra eterna de José Martí. Era el 19 de mayo de 1895 cuando el Apóstol de la independencia cubana salió a la carga para, desde la manigua redentora, enfrentar al enemigo colonialista. Hacía parte de su deber su presencia en la gesta, en los campos de batalla. El propio Martí lo había expresado: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber[1]. Alude así a su responsabilidad con los derroteros de la guerra necesaria que él había organizado; y era cuestión de honor su “deposición absoluta y continúa” a los designios de la patria. Así lo deja consignado Martí:

Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado. Para mí, ya es hora[2]. Su altura ética trasciende, se eleva sobre lo común de la naturaleza humana. No precisaba de reconocimientos ni nombramientos, no padecía de egoísmo personal, no pensaba en sí, porque quien lo hacía, según el propio Martí, no amaba a su patria. Y ese es el hombre que cae heroicamente en combate aquel 19 de mayo, con tanto por hacer, porque como Bolívar tenía y sigue teniendo mucho que hacer todavía.

Y aunque desapareciera, su pensamiento no lo haría; Martí tenía un deber. No solo alcanzar la independencia de Cuba, que ya expresaba su necesidad incluso para acelerar el equilibrio del mundo desde un pensamiento revolucionario y antillanista: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo[3]. Con qué claridad le dice Martí a su amigo Federico Henríquez y Carvajal estas ideas. Pero si vamos a las honduras del pensamiento martiano nos damos cuenta que su pupila cae sobre la otra América, la que no es nuestra.

Martí y Fidel, un solo legado revolucionario.

Su visión de los Estados Unidos es de una profundidad que impresiona. Supo desentrañar las pretensiones imperiales para con nuestros pueblos. La advertencia martiana adquiere hoy una vigencia notoria por cuanto el peligro que representaban en tiempos de Martí los apetitos estadunidenses se mantiene, incluso, con más fuerza. Es una amenaza la política agresora del Norte revuelto y brutal que nos desdeña. El pensamiento emancipador de Martí es de un carácter resueltamente antimperialista; de ahí su continúa alerta a los pueblos de nuestra América. En el año del aniversario 130 del medular ensayo martiano Nuestra América, creo conveniente revisitarlo por su actualidad y universalidad. Comparto algunas ideas que ya había expresado en un texto anterior[4]:

Nuestra América clama hoy por ese viejo y necesario anhelo de los padres de la independencia, de los próceres y pensadores de la libertad, líderes de la revolución nuestroamericana: la segunda independencia. Es un ideal vivo, base del pensamiento crítico que forma o nutre el marco teórico de la lucha revolucionaria, integracionista, de liberación de los pueblos. La primera independencia quedó inconclusa y aspectos de vital importancia como la integración, la justicia e igualdad social e identidad común (desde la salvación de la memoria que impide olvidar la historia); introducen los fundamentos de la actual lucha.

Ello, con la asunción del poder político, en auge progresista de gobiernos de izquierda, esperanzadora y continuadora del ideal bolivariano y martiano; se complementa con la urgencia de alcanzar una liberación cultural frente a las venenosas garras del imperialismo. He ahí el fundamento, la primera independencia buscaba liberarnos del dominio colonial español; la segunda, en cambio aboga por vencer un colonialismo diferente, caracterizado por las grandes empresas transnacionales, el monopolio que sigue sentado como un gigante implacable, el sistema financiero internacional, el neoliberalismo y la globalización neoliberal.

La radicalidad del pensamiento martiano y su carácter revolucionario van de la mano, se conectan necesariamente en la trágica historia de las naciones latinoamericanas y con un método auténtico nos devela el misterio de aquellas, lo explica, lo corporifica adaptándolo a su tiempo y nos brinda las herramientas para entenderlo nosotros. El ensayo Nuestra América, que ha cumplido 130 años de su publicación, contiene ideas que son medulares para la lucha que llevamos a cabo por la unidad latinoamericana, nos da pautas esenciales para un programa rector de la batalla política, ideológica y cultural de América Latina y el Caribe.

  • Despertar de la América como estrategia para acometer la batalla por su verdadera independencia ante el peligro que representaban los Estados Unidos. Esta idea es cardinal pues desde el comienzo de Nuestra América, Martí alerta, indirectamente, del peligro expansionista que acuñaba –“…y le pueden poner la bota encima”– el imperio del Norte a la aldea americana.
  • Urgencia de la unidad continental (de nuestra América) ante el peligro advertido. Los pueblos que no se conocen, apunta Martí, deben apurarse en hacerlo como si fueran juntos a salir al camino redentor; he ahí la esencia de la unidad latinoamericana.
  • Orgullo de ser hijos de la Patria Americana, de ser hermanos del indio, del negro y el campesino, de ser consecuentes con lo que se espera de nosotros, de ser hombres en su más alta expresión.
  • Una mirada hacia dentro de nuestra América representa la sentencia martiana de cómo debe ser el gobernante americano; aquello que no le está permitido obviar en su ejercicio de gobierno para hacer buena política. Lección que enuncia rudimentos de la política básicos, parte esencial de la cultura de hacer política. Es requisito sine qua non conocer los elementos propios del país donde se ejercerá gobierno, sus elementos originarios, los que lo distinguen, sus particularidades y especificidades.
  • Defensa de la autoctonía y la universalidad en nuestra América. José Martí deja sentada su postura contraria a la asumida por Domingo Faustino Sarmiento, (contraposición entre barbarie y civilización). ¿A qué llamaban barbarie?, a la vida de los nativos americanos, a los caracteres que distinguían al indio del colonizador, a la cultura, identidad y costumbres del llamado por Martí hombre natural. Para el Apóstol la batalla no era entonces entre la civilización y la barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza.
  • Inefectividad política de construir pueblos nuevos bajo los esquemas estructurales de sistemas pasados. Este es uno de los prolegómenos más alarmantes de la América de 1890, y más cerca en el tiempo, de la actual. No se puede pretender que un cambio de gobierno triunfe sobre la base de la mantención de los viejos esquemas de orden económico, político y social imperantes, si estos han sido seriamente cuestionados y puestos en tela de juicio ante la imposibilidad de resolver las problemáticas que aquejan a los nuevos pueblos levantados. Es preciso barrer con los rezagos del pasado, los que ya no tienen nada que aportar, los que, en vez de propiciar herramientas para el cambio y la transformación, enmohecen u obstaculizan las políticas revolucionadoras de la sociedad.

Un sistema opuesto a los intereses y hábitos de los opresores hacía falta en América; ésta se iba salvando de todos sus peligros que a lo interno la hicieron errar; ciertamente el problema de la independencia no se hallaba en el cambio de forma; esta era clara (república versus colonia) sino en el cambio de espíritu. Seguía la colonia en el intríngulis de la república. Nos enuncia Martí cuan necesario era la asunción de una estrategia cultural de descolonización, que rompiera las ataduras dominadoras de antaño y oxigenara la nueva política. Había pues que contar, en los tiempos reales que se vivía, con el hombre real que le nacía a la América.

Caída en combate de Martí

Un mensaje directo a la juventud, al nuevo negro, indio o campesino: era imprescindible el pase generacional –con que agudeza política– describe el Maestro el cambio en nuestra América; y sólo con la creación podía lograrse, había que crear, no quedaba otra alternativa si realmente queríamos salvar la América. Retrato hermoso de los jóvenes en su más ferviente creación, en un profundo activismo que se traduce en el despertar de la vida, en la llegada de la cálida primavera luego del frío y gris invierno: “Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear, es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”[5].

Concentrando las ideas-desafíos de la unidad latinoamericana, grosso modo, en plenario de profundización las sintetizamos en:

  • El párpado abierto de América Latina ante las amenazas y agresiones del imperialismo norteamericano, siendo el peligro externo y mayor de nuestras repúblicas, la pretensión de incorporarnos a su sistema de dominación económica, política y cultural; o apuntalarnos dentro de éste.
  • Urge para América Latina seguir fortaleciendo su unidad ante el peligro que representan los Estados Unidos de Norteamérica; siendo consecuentes con el principio rector que preconiza la unidad en la diversidad que naturalmente tienen nuestros pueblos.
  • Los hijos de nuestra América tienen que sentir orgullo de haber nacido de sus entrañas; presupuesto para así defenderla, cuidarla y trabajar por su bienestar, progreso y sostenibilidad.
  • Ha de preservarse la autoctonía y la universalidad en nuestra América; garante de la defensa de la identidad de las naciones que la integran y su valía universal.
  • Logro de una estrategia cultural coherente que sirva de freno a los intereses y hábitos del sistema económico, político y cultural que detenta el capitalismo, insostenible para dar respuesta a los problemas globales de la humanidad.
  • Asunción de una estrategia política que permita el desarrollo de nuestros pueblos desde creaciones propias de cambio social y la ruptura de los esquemas estructurales de sistemas pasados.
  • El conocimiento del país como presupuesto para gobernarlo; de acuerdo a los elementos o factores naturales de éste; injertando el mundo en nuestras repúblicas, pero salvando que el tronco será siempre el de nuestras repúblicas.

José Martí nos muestra, ahí está el programa de Nuestra América, las premisas o claves de esta batalla por la unidad y la necesaria integración: el valor de la historia, de nuestra historia de más de doscientos años de lucha por la verdadera independencia; la defensa de la identidad nacional de nuestros pueblos, el respeto a la diversidad de las naciones latinoamericanas (“unir para vencer” como presupuesto frente al “divide y vencerás”); la batalla de pensamiento para defender y preservar nuestra cultura, su salvación frente a los intentos cada vez más intencionados de apropiación por parte de quienes utilizan el frente cultural como medio de opresión y dominación; así como el carácter antimperialista de nuestra proyección latinoamericanista.

Es el pensamiento martiano una fortaleza emancipatoria que nos da la fórmula para vencer muchos de los males que hoy continúan atacando a las naciones de nuestra América; que nos arma en el enfrentamiento a los vicios que sobreviven en los pueblos comprendidos desde el río Bravo hasta la Patagonia; que señala un camino ético a la altura de su talla moral, de su ideología liberadora y su profunda vocación de justicia. Es un reto, en aras de la anhelada segunda independencia, elaborar una estrategia, no sólo económica y política, sino también cultural que constituya por sí misma un reservorio de eticidad, de virtud y espiritualidad; inclusiva en todas sus formas, desprovista de discriminaciones y atentados a la dignidad plena del ser humano.

Recordemos que los que hacen política para el bien de todos deben, como premisa fundamental, conocer cómo hacer política. Y hacer política, sobre todo en este tiempo histórico, requiere de una cultura que sea capaz de ir a las esencias, de hurgar en los problemas reales de los grupos humanos a quienes irán dirigidas esas políticas, de ser portadores del conocimiento de los elementos naturales de las naciones, de la constitución propia de cada uno de nuestros países. Requiere de una sensibilidad –esta eleva a su más alta expresión la cultura– que incluya rasgos esenciales como la radicalidad y la armonía; que rompa las ataduras impuestas por la llamada cultura occidental y vaya a la fuente de la cual emana toda la obra humana que nos ha antecedido. Como alentara Martí, continúa siendo ésta “…la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.[6]

A 126 años de su caída en combate he ahí la vigencia martiana. Las luchas de hoy nos convidan a sostener con más fuerza las doctrinas del Maestro. Asirnos a él deviene motivación permanente y necesidad revolucionaria. Es Martí un revolucionario integral, un pensador cuya propuesta ética constituye referente en la lucha. Ascendamos a su altura, seamos martianos hoy y siempre, asumamos su elección: la estrella que ilumina y mata.


[1]José Martí: Carta a Federico Henríquez y Carvajal, Montecristi, 25 de marzo de 1895, Obras Completas, Tomo 4, p.111.

[2] Ibídem

[3] Ibídem

[4] A 130 años del ensayo Nuestra América: camino hacia la segunda independencia. Publicado en el Portal José Martí del Centro de Estudios Martianos.

[5]Nuestra América, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891, en Obras Completas, Tomo 6, p. 20.

[6] Nuestra América, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891, en Obras Completas, Tomo 6, p.15.

<strong>Yusuam Palacios Ortega</strong>
Yusuam Palacios Ortega

Licenciado en Derecho, presidente del Movimiento Juvenil Martiano de Cuba. Revolucionario, antiimperialista, Martiano, Fidelista y Comunista, en defensa de la Patria Cubana.

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