En Nuestra América, el presente es de lucha

El 2020 comenzó con la apertura de una serie importante de interrogantes en relación al futuro de la región sudamericana. El año de la pandemia dio algunas respuestas, y también abrió otras preguntas. Los desafíos del 2021.

El 2019 nos había mostrado rebeliones populares en distintos países de la región, pero principalmente en Chile, Colombia y Ecuador. El más comentado o analizado fue el estallido social chileno porque las principales consignas de ese evento, realmente masivo, hacían mención a los 30 años de injusticia social y de eterno experimento neoliberal al que el pueblo chileno fue sometido, y también porque aquella revuelta popular hizo la presión suficiente para que Sebastián Piñera convocara a una plebiscito para consultarle a la población si quería cambiar la Constitución Nacional, vigente desde la dictadura de Augusto Pinochet. 

Es decir que, en el caso de Chile, era absolutamente evidente que se trataba de un hartazgo frente a un sistema excluyente, discriminador y criminal, que nada tiene de beneficioso para las grandes mayorías. En el caso de Ecuador y Colombia, si bien las movilizaciones eran contra los gobiernos de Lenin Moreno e Iván Duque, también quedaba claro que el problema eran las políticas de ajuste propias del neoliberalismo y el saqueo sin límites, porque si algo se puso de manifiesto, sobretodo desde la quema de la Amazonia en el último tiempo, es la financiarización de nuestros bienes comunes -aunque la destrucción de la Madre Tierra y de la humanidad misma viene siendo descrita desde hace varias décadas-.

En medio de los estallidos, Argentina le dijo basta a los cuatro años de miseria planificada y el pueblo boliviano volvía a reafirmar a Evo Morales como presidente. Por aquellos meses, también comenzaba a gestarse el Grupo de Puebla, una instancia de articulación regional que aglutinaba a distintes líderes progresistas y de la cual Alberto Fernández había sido impulsor, lo que daba cuenta de la importancia que tenía para la Argentina que se venía retomar la senda de diálogo y cooperación con los pueblos hermanos, después de una direccionada destrucción de la UNASUR. 

Sin embargo, el Grupo de Puebla abría algunos interrogantes en relación a qué peso podría llegar a tener el espacio: solo Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández ostentaban el poder político; y por otro lado, no existían representantes venezolanes, ni una articulación con el Gobierno Bolivariano en ese sentido.

Después de eso, la Organización de los Estados Americanos declaró que en Bolivia había habido un fraude electoral y dio paso a un Golpe de Estado sanguinario del que las Fuerzas Armadas fueron parte, en el que muches bolivianes dejaron la vida tratando de defender la patria, y que le permitió a Jeanine Añez autoproclamarse como presidenta interina y que todo el mundo siguiera rodando como si nada hubiera pasado -porque realmente fue alarmante el desconocimiento internacional del Golpe-.

El 2020, un año de resistencia popular

Resumiendo, arrancábamos un 2020 con movilizaciones populares a lo largo y ancho del continente, que daban cuenta de la miseria impuesta por el modelo neoliberal, con una Bolivia asediada por un Golpe y con Evo exiliado en nuestro país, y con una Argentina, que pese a las dificultades, tenía la intención de retomar las sendas de la cooperación e integración regional.

Después vino la pandemia, que a principios de marzo llegó a estos lares. El hecho de que el confinamiento fuera la primera herramienta de la que dispusieron los gobiernos de la región, a excepción de Brasil, donde Jair Bolsonaro nunca admitió la existencia del Covid-19 y la virulencia de la enfermedad, hizo que las movilizaciones populares mermaran: el pueblo entendía que había que cuidar la salud de los demás. Pero en contexto de encierro, muchas personas no pudieron salir a ganarse el mango, muches otres fueron despedides porque los lugares donde trabajaban “tenían que recortar personal”, y el hambre se profundizó en casi todo el mundo, pero especialmente en aquellos países donde no hubo políticas públicas direccionadas a tratar de mitigar los efectos de la pandemia.

Pese a que la pandemia sirvió de excusa para dilatar el proceso electoral y aunque se intentó ganar tiempo para proscribir al Movimiento al Socialismo, finalmente y por la presión de organizaciones sociales y políticas, movimientos indígenas y sindicatos, finalmente se llevaron adelante las nuevas elecciones en Bolivia el 18 de octubre, una elección que terminó con la dictadura criminal de Jeanine Añez, pero que también dejó demostrado que en Bolivia había habido un Golpe y que nadie más que Washington podía confiar en la OEA. 

La dilatación del proceso electoral que la dictadura proponía para tratar de mantenerse en el poder, terminó desfavoreciendo a la derecha: el MAS pudo hacer una autocrítica respecto de los 15 años de gobierno y pudo pensar con mucha cautela los candidatos para la elección, que finalmente fueron Luis Arce y David Choquehuanca y que se alzaron incluso con un porcentaje mayor al que Evo había logrado en 2019. La recuperación de Bolivia y el hecho de que Alberto Fernández haya acompañado a Evo en el regreso a su país, da cuenta de que hay esperanza en relación a poder volver a consolidar un bloque fuerte. 

El 18 y 19 de Diciembre tuvo lugar en la Sede de UNASUR en San Benito (Cochabamba), el “Encuentro de los Pueblos del Abya Yala hacia la construcción de una América Plurinacional”. La convocatoria fue acordada en la reunión que sostuvo el ex presidente Evo Morales Ayma en la sede de la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba con representantes de movimientos indígenas, campesinos y sindicales de Ecuador, Bolivia, Argentina y Perú, luego de su épico regreso del forzado exilio.

Las organizaciones reunidas suscribieron un documento en el que se ratificaron como postulados esenciales la lucha contra todas las formas de colonialismo y neocolonialismo, la lucha contra el capitalismo por ser un sistema que acaba con la vida y la Madre Tierra y la lucha contra todas las formas de guerra. El llamamiento consignaba entre sus objetivos la definición de una nueva agenda política para los pueblos, el fortalecimiento de la CELAC y la recuperación de UNASUR y el ALBA. Una buena noticia en el camino porpor recuperar los lazos de solidaridad que supimos construir entre 2005 y 2015.

Por otra parte, una semana después y también pese a la intención oculta de Piñera de dilatar el proceso constituyente, a un año de la revuelta popular de octubre, el pueblo chileno salió a la calle para decidir si la constitución chilena debía ser modificada. En ese marco, el apruebo arrasó con más del 78% de los votos y la mejor noticia tuvo que ver con la segunda consulta que hacía el plebiscito: si la Constitución debía ser redactada por una convención mixta, compuesta por 86 legisladores y 86 ciudadanes elegides por el pueblo, o si la redactaba una convención constitucional, compuesta directamente por 155 ciudadanes y sin participación directa de funcionaries. 

La población se decidió por esta última opción, lo que deja ver, en primer lugar, lo descreído que está el pueblo de la casta política en general, algo que también está relacionado con la baja participación electoral, y en segunda instancia, derrotas concretas para Sebastián Piñera, que esperaba que algunos de sus allegados participaran de una convención mixta que redactara la constitución. 

Este 2021 se eligirá a les ciudadanes que redactarán la constitución y la redacción puede tardar más o menos un año, es decir que para mediados de 2022 habría una nueva constitución, aunque antes habrá elecciones presidenciales en un Chile donde es alarmante la participación electoral y según una encuesta reciente, solo el 7% de la población aprueba la gestión de Piñera.

Por otra parte, a mediados de noviembre hubo elecciones municipales en Brasil, unas elecciones donde vimos un retroceso de la ultraderecha, pero un ascenso de la derecha más tradicional y conservadora. En ese sentido, y pese a que hay algunos puntos interesantes en relación a la participación de mujeres -y en especial de mujeres negras-, de personas de la comunidad LGBTIQ+, la buena elección que hizo Guilherme Boulos en San Pablo, hubo una lección respecto de ciertas mezquindades que quedaron evidenciadas en la no unidad de los seis partidos de izquierda. 

Otro suceso no menor, después de un año en el que se acrecentaron las agresiones contra Venezuela, fue la recuperación por parte del gobierno bolivariano de la Asamblea Nacional, un hecho que celebra toda la Patria Grande, porque la AN le había servido de bastión al imperio yanqui para acelerar su guerra contra Venezuela. A pesar de las agresiones, de la guerra económica y el bloqueo criminal al que Estados Unidos somete a Venezuela, a pesar de las dificultades derivadas de la pandemia, a pesar de las presiones inconstitucionales que hubo a lo largo de todo este año, alentadas por gobiernos injerencistas para suspender el proceso electoral, y a pesar de la convocatoria antidemocrática de abstención por parte de los factores políticos de la ultraderecha, el pueblo bolivariano salió a votar y volvió a apostar por la revolución bolivariana.

Hubo un golpe parlamentario en Perú que destituyó a un Martín Vizcarra, que aunque muy apegado a los grandes grupos económicos -porque su legitimidad de origen era bastante escasa-, se había propuesto terminar con una línea sucesiva de corrupción y eso le había dado cierto apoyo popular. Lo cierto es que los partidos salpicados por la corrupción le pararon el carro, lo destituyeron, lo sucedieron dos presidentes y también estallaron las protestas, porque en Perú sucede algo muy similar a lo que pasa en Chile: desde la llegada de Alberto Fujimori en 1990, no hubo proyectos populares que trabajaran en pos de combatir la desigualdad existente. Hay elecciones en abril de este 2021 y como en Chile, la población también reclama la constitución de una Asamblea Constituyente. 

No es el único proceso electoral: el mes que viene habrá elecciones en Ecuador si es que Lenín Moreno no se las ingenia para retrasar la fecha, en noviembre habrá elecciones presidenciales en Chile, y legislativas en Argentina. Y en ese sentido y teniendo en cuenta el rol que han jugado los medios de comunicación en lo que analizamos como el Lawfare en América Latina, comunicacionalmente tenemos un desafío y un reto muy grande: seguir aportando a la formación política y educando desmercantilizada, descolonizada y despatriarcalizadamente. Como decía el Che, si el presente es de lucha, el futuro es nuestro.

Miranda Cerdá Campano
Miranda Cerdá Campano

Nací en Chubut y milito porque no hay mejor manera de transformar el mundo. Soy hincha fanática de San Lorenzo y fundamentalista de la Vuelta a Boedo, lloro por todo y no sé cómo explicarle a la gente lo mucho que me gusta la palta. 

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