Morir en soledad durante la pandemia de COVID-19

Es culpa del maldito virus ¿Es verdad? ¿Podemos justificar todo con la pandemia? ¿Es justo? Debería haber límites. Esta es una discusión que nos debemos sociedad.

La pandemia de COVID-19 ha afectado a todo el mundo desde que se identificó por primera vez en diciembre de 2019 en China. Desde entonces se han discutido diferentes medidas enfocadas a mitigar la propagación y el impacto de la pandemia a nivel internacional, incluyendo estrategias de cuarentena, políticas de salud, aplicación de tratamientos con drogas conocidas, ensayos clínicos rápidos, entre otros. Sin embargo, a medida que la enfermedad avanza en la comunidad, el sufrimiento se profundiza debido a procedimientos estrictos en cuanto al aislamiento de los pacientes que, a mi entender, deben revisarse.

Está claro que la pandemia ha afectado negativamente la vida de las personas, por lo que se debe evitar cualquier sufrimiento adicional. Por lo pronto, nadie debería ser condenado a morir solo. No es justificable, ni siquiera debido a la infección con un virus pandémico.

Varios trabajos científicos recientes han analizado el «estigma social» que padecen las personas infectadas, que pasan a ser “seres apestosos” que no deben acercarse a nadie y de los que todos huyen. La preocupación y ansiedad de ser discriminado no es un hecho menor. Impacta, por ejemplo, en dilatar la consulta médica, y un diagnóstico tardío se asocia a una enfermedad más grave, principalmente en los ancianos y en grupos vulnerables. El miedo a estar solo en el hospital es otro problema para retrasar la búsqueda de atención médica y, a medida que aumenta el número de personas infectadas dentro de una comunidad, se recibe más información sobre esta “soledad de los enfermos”, se percibe más el miedo y la desolación, que se suman al sufrimiento psicosocial que causa el aislamiento social preventivo (la cuarentena).

El panorama se vuelve entonces desolador.

Lo cierto es que los pacientes con COVID-19 que están hospitalizados se quedan solos en una habitación donde los profesionales de la salud “vestidos como para ir al espacio” los visitan una vez al día, hablando detrás de sus máscaras y antiparras, tratando de estar lo más alejados posible de ellos. Cuando los pacientes pasan a cuidados medios o intensivos, pierden por completo la conexión con sus familiares y amigos. Permanecen aislados hasta que un día, en el peor de los casos, los ponen en coma, conectados a una máquina para “mantenerlos con vida” hasta que mueren solos, sin siquiera haber tenido la oportunidad de despedirse de sus seres queridos.

En mi familia lo hemos vivido. Mi cuñado, Luis, falleció a causa de este maldito virus y el dolor por esta muerte inexplicable se sumó al desamparo de la completa desconexión. Cuando fue trasladado a terapia intermedia recibimos el último audio. “Cuando llegue, llegará… en algún momento… lo escucharás” decía Luis, porque en la “pecera” (así lo describió) en la que estaba no tenía señal de celular, cada tanto aparecía “una línea” y el mensaje llegaba a casa. Luis describió en sus audios agitados la falta de humanidad, el dolor por la falta de contacto. “De
golpe aparece alguien que mira los monitoresde lejos y si tiene que hacer alguna intervención la hace a toda velocidad y sale corriendo”. Nuestros seres queridos dan por terminado su paso por la vida sin haber visto a su familia, sin poder despedirse de nadie, sin que nadie pueda despedirse de ellos.

¿Qué nos está pasando?

Este escenario no es exclusivo del “AMBA”·, se ve repite en centros de salud de todo el mundo. El panorama es aún más desolador si vemos todo el entorno. Estas personas enfermas, deprimidas y estigmatizadas son asistidas por trabajadores de la salud agotados, abrumados, que muchas veces no reciben apoyo psicológico ni descansan lo suficiente. Entonces la comunicación también falla.

Los médicos llaman a la familia una vez al día, dan un informe rápido, bastante vacío, completamente despersonalizado. Muchas llamadas deben hacerse en un período de tiempo acotado y muchas veces hay que dar malas noticias. Los trabajadores de la salud también sufren por todo esto. En estos intercambios, donde se debate la salud de los que más queremos, nunca “las partes” se ven las caras. Ni los familiares con los pacientes, ni los médicos con los familiares y prácticamente ni los médicos con los pacientes. Ahí crece aún más el desamparo, regado por un intercambio de voces sin cara.

Es culpa del maldito virus ¿Es verdad? ¿Podemos justificar todo con la pandemia? ¿Es justo? Debería haber límites. Esta es una discusión que nos debemos sociedad.

El escenario cotidiano que necesitamos cambiar

La literatura científica y de ética médica ha demostrado que la presencia de familiares que acompañan a los pacientes en las unidades de cuidados intensivos es beneficiosa para los pacientes críticos, su familia y los trabajadores de la salud. Claro que esto debe adaptarse en situaciones de pandemia, y hay quienes lo han pensado y han planteado esta discusión. No es sencillo encontrar los medios y opciones para mitigar el dolor del aislamiento, buscar lograr la conexión ente el enfermo y sus seres queridos, evitando el riesgo de contagio. No es fácil, pero tampoco es imposible. Debemos buscar medidas creativas a fin de desarrollar protocolos para salvar la distancia física entre la persona enferma y la familia. Debemos considerar ser compasivos con las familias que enfrentan la pérdida de sus seres queridos.

Nadie merece morir en soledad.

Es lógico pensar que cuanto más saturado está un sistema de salud, más profundamente se demarcan las grietas que nos distancian a unos de otros, a los pacientes de quienes los cuidan, a los familiares de sus seres queridos aislados y enfermos. Es muy difícil generar cambios cuando todo se nos va de las manos, cuando los trabajadores de la salud se enferman, se deprimen, quedan exhaustos. Tenemos que evitar lo más posible llegar a ese extremo porque una vez allí, los errores, el dolor, la desolación y el desamparo serán inevitables.

Pensemos en todo lo que ya estamos sufriendo sin estar aún por completo desbordados y tomemos la responsabilidad que nos toca a cada uno para evitar más sufrimientos que los ya inevitables.

Incito a la sociedad entera a seguir a rajatabla todas las recomendaciones de cuidados y procedimientos que brinda el gobierno nacional. Exhorto también a todos los que tenemos alguna responsabilidad dentro del sistema de salud nacional a repensar la atención médica en tiempos de pandemia, a debatir con urgencia opciones para mejorar la asistencia humanitaria de los pacientes con COVID-19. Deben discutirse y aplicarse políticas para el cuidado humanitario de los pacientes infectados. Una atención médica desbordada no debería ser una excusa para los malos tratos, pero un sistema desbordado es más proclive a cometer errores. Tenemos mucho que pensar.

Una persona infectada no debe ser estigmatizada, debemos ver que en cada paciente hay una persona enferma que sufre, que ama, que necesita ayuda. Los pacientes críticos deben tener el derecho de despedirse de sus seres queridos.

Ningún argentino debe morir en soledad.

Si perdemos la humanidad, será nuestra culpa. No vamos a poder achacárselo al virus.

Dra. Alejandra Capozzo

Investigadora Principal del CONICET.
Miembro de la Red Argentina de Investigadoras e Investigadores en Salud, “RAIS”.

1 pensamiento sobre “Morir en soledad durante la pandemia de COVID-19

  1. Basta de aislamiento, el amor todo lo cura todo lo puede, es inhumano e injusto morir sin ver y estar con los afectos , para el enfermo y para quien queda sin herramientas ante esta disposición. Basta!!

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