El 9 odiado por la Italia fascista

 La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez. El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía. Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

Eduardo Galeano

Corría la temporada 2004 2005 de la Serie A, el equipo de Berlusconi -el AC Milan- dominaba Italia y el continente europeo, pero el derechazo de Lucarelli reventó contra la red que cubría el brasilero Dida y en un pequeño pulmón, la gente del Livorno gritó con todas sus fuerzas hasta dejar rasposas las gargantas. Entre las banderas rojas que se agitaban por los hinchas venidos desde la costa oeste de la Toscana, se dejaron ver la cara del Che y la oz y el martillo. El lujoso San Siro quedó callado, y esa tarde, el pequeño equipo se volvió con un punto de la ciudad insignia de la Italia rica. Finalizado el partido un fanático declaró: «Fue el enfrentamiento entre un FIAT 500 y un Ferrari».

Livorno es una pobre ciudad construida sobre el puerto de la costa oeste, que desde 1915 tiene su Associazione Sportiva da Calcio. No es casual que su color sea el rojo porque en 1921 se dieron allí gran parte de las discusiones previas a la fundación del Partido Comunista Italiano, atado a la Tercera Internacional. Con este dato a favor, los ciudadanos, que son los fanáticos del club, comentan que Gramsci, siempre alentó por ellos.

En 1923 Mussolini ganó las elecciones y el fascismo acompañado por las Camisas Negras se regó por todo el país. Pero en la ciudad portuaria se chocó a una sociedad dispuesta a resistir. De allí salieron las Brigadas Rojas y luego gran parte del «germen» partisano.

Desde esos años hasta hoy, la mayoría de los habitantes se definen bajo los ideales de la oz y el martillo y el fútbol no ha sido la excepción.

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El Livorno no había jugado en la máxima categoría de Italia por más de 55 años, hasta que llegó Cristiano Lucarelli. Un muchacho hijo de un estibador comunista y fanático de la roja, que le enseñó a su hijo el amor por la pelota, los ideales y el cariño a su tierra.  “Algunos creen que el estilo de vida de un futbolista no se condice con el comunismo, pero yo ya era comunista antes de ser futbolista”, dijo Lucarelli ante alguna cámara, luego de hacer algo tan lógico como expresar sus pensamientos políticos dentro de la cancha. 

Cristiano Lucarelli jugó profesionalmente desde 1992 hasta el año 2012: vistió las camisetas de Torino FC, Valencia, Livorno, Napoli y la de la selección nacional Italiana. En 1996, jugando para la selección Sub 21, festejó un gol quitándose la remera y dejando ver otra con la estampa del Che Guevara. Este acto le costó el repudio de los sectores reaccionarios de su país, que por su peso, lograron que fuera alejado de la selección hasta el año 2005 .

En la temporada 2003 Lucarelli venía teniendo una participación irregular en la Serie A, jugando para el Torino. Ese mismo año, el Livorno consiguió el ascenso a la serie B. Teniendo 28 años Cristiano no lo dudó y fue a jugar a préstamo al equipo de sus amores. Solo puso una condición: en su espalda pidió llevar el número 99, en referencia a las Brigadas Autónomas de Livorno, la hinchada del equipo que siempre se definió comunista.*

Lucarelli fue recibido como un héroe nacional y ese año marcó 29 goles, dándole a su equipo el campeonato y el ascenso a la Serie A. Luego de la excelente campaña, Cristiano Lucarelli debía volver al Torino, pero se rehusó, perdiendo así millones de euros. En 2005 jugando en la Serie A, fue el goleador del torneo con 24 goles y logró la permanencia. En Livorno se festejó, el puerto fue una fiesta y a los días salió un libro titulado «Quédense con sus millones». En la presentación del libro ante gran parte de la ciudad, Lucarelli dijo: «Algunos jugadores de fútbol pagan mil millones por un Ferrari o un yate. Con ese dinero me compré la camisa de Livorno. Eso es todo».

El delantero con el 99 en la espalda fue nuevamente la voz de la Italia postergada y abandonada. Los obreros portuarios socialistas de principio del Siglo XX gritaban y se vengaban en los botines del artillero, que cada fin de semana reventaba las redes de todo el país. En la tribuna aparecían con más fuerza los estandartes anti fascistas y los pedidos de libertad para Palestina. Con el mejor 9 del torneo y sus festejos con los puños cerrados, el fútbol se había convertido nuevamente en una trinchera de resistencia, felicidad y revancha social.

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Hoy, Livorno juega en la Serie B. El estadio es una zona anti fascista, todos los 18 de diciembre festejan el cumpleaños de Stalin y tanto para el paso a la inmortalidad de Hugo Chávez, como para el de Fidel Castro, aparecieron banderas despidiéndolos en las tribunas.

En Italia, en la zona de La Toscana, entre olor a pescado y todo lo que deja el puerto, les pibes patean una pelota y sueñan ser como su ídolo, ése que renunció a millones por comprarse, para siempre, la 99 de la roja.


(*) En el año 2007 la DASPO (ley prevista para evitar enfrentamientos violentos en el deporte)  desintegró la Brigada Autónoma de Livorno y persiguió a los «ultras» rojos; pero hasta el día de hoy los simpatizantes entonan el Bella Ciao y cuelgan sus estandartes en cada cancha a laque van.

Felipe Bertola
Felipe Bertola

Cuando estaba en la panza, mi vieja me cantaba «Significado de Patria» para tranquilizarme. En la comunicación y organización popular encontré la clave para poder «ser la revancha de todxs aquellxs». Como todo buen platense, sé lo que es ganar una Copa Libertadores.

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