Les Ilusionistas del Arte

En la nota anterior nos centramos en contarles como fue la desilusión de Trump y la implicancia del boicot que realizaron miles de adolescentes, principalmente k-popers y usuarios de redes. En esta oportunidad vamos a analizar el k-pop como género artístico, la influencia de este en la economía coreana y la batalla cultural en la que es principal competidor del hegemon yankee.

POR JORGELINA URRA* Y ZULE CAPELLA**

El Korean- Pop es un género musical de Corea del Sur originado en la década de los ‘90. Con base en el pop, articula diversos estilos como el rap, hip-hop o rock y en los últimos años a través de las redes sociales logró masificarse y conquistar las tendencias en diversos países. El genero en sí mismo persigue objetivos claros desde el inicio: quienes acuden a él, son jóvenes con ansias de pararse arriba de un escenario y cantar, y quienes les reciben, son los buitres de la industria cultural.

Es explícito el nivel de explotación al que están sometides. La técnica clásica de la discográfica que va detrás del artista con caudal de seguidores en redes, es un tanto diferente en la industria K-pop; les artistas (no es excluyente el no ser reconocido) acuden a las empresas para postularse y ser parte del campo de entrenamiento musical del ejército de artistas coreanos.

Les idols, como se conoce a les miembres de los grupos K-pop, pasan por una intensa preparación: el modelo de artista ideal, es aquel que realice con rigurosidad los entrenamientos previos a la puesta en escena. Van más allá de los ensayos y el trabajo que habitualmente se realiza en este arte. El alistarse implica cambios físicos a partir de dietas poco naturales o saludables, cirugías estéticas si fuese necesario, lecto-comprensión en varios idiomas y la lista sigue. Si el modelo cumple con los requerimientos del contrato, es seleccionado para convertirse en trainees, ensaya durante meses o años, se le agrega un poco de orientalismo para maquillar el canon e implantar la otra hegemonía, y sin fallarle a la matriz occidental, queda listo para elevarse al estrellato.

Una vez iniciades, realizan diferentes versiones de la misma canción en varios idiomas (inglés, japonés o chino mandarín), el objetivo de las empresas es que el producto sea vendible en diversas culturas, por eso los nombres se componen de siglas en inglés, acrónimos que posibilitan una fácil comprensión y la inmediata incorporación al léxico. La idea de generar accesibilidad al contenido a partir de la aproximación lingüística es un recurso habitual en la literatura, y ha sido implementado en varios géneros artísticos, útil pero peligroso. ¿Qué pasa con el mensaje? ¿Qué transmiten?

La gran estrategia

Desde su inicio el pop coreano estuvo a cargo de distintas compañías que eligen a sus posibles estrellas en audiciones, las entrenan en canto y baile para luego armar grupos que pueden ser numerosos. Las bandas K-pop tienden a ser conformadas por más personas que las bandas habituales de música occidental, llegan incluso a ser 40 integrantes, como sucede con “NCT” y pueden desdoblarse para hacer presentaciones simultáneas en distintos lugares.

Es un sistema perverso que ha funcionado desde hace décadas siendo su principal referente la industria cultural estadounidense, hemos visto formaciones de artistas al servicio de la industria cultural más despiadada y no sólo en términos de explotación económica. En la batalla librada por ocupar ese rol central de influencia se encuentra el k-pop, estableciendo una hegemonía oriental en la disputa de sentidos, en este caso, desde la música.

Es lo que se define como “poder blando”, y hace referencia a las estrategias de determinados países que cuentan con un caudal de influencia internacional debido a la potencia que representan algunas de sus características culturales. Esto les permite a los gobiernos establecer alianzas con otras naciones, y un interés particular que no es implantado desde el poder militar o de coerción, sino desde la sumisa atracción y la parafernalia estética. Stella Calloni ha brindado grandes aportes intelectuales para entender este juego de roles que se debate en la esfera geopolítica.

La imagen que un país representa para el resto del mundo es el conjunto de los indicadores más sobresalientes que se relacionan con el nivel educativo, deportivo, los avances científicos y demás, y el arte no está exento al momento de pensar estrategias para propiciar un modelo económico y de expansión rentable.

Desde la década de los ’60 el desarrollo económico surcoreano se basó en la exportación de manufacturas, industrialización aletada por el gobierno que solo sufrió una crisis entre 1997 y 1998. A finales de los ’80, el sudeste asiático había experimentado un aumento en el porcentaje del PBI, cuatro puntos en el caso de Corea del Sur, lo cual les generó un impulso muy grande en términos económicos que al mismo tiempo desató una competitividad financiera imposible de sostener, ya que China también se fortaleció logrando posicionarse como el principal competidor.

Corea del Sur encontró una salida a la crisis a partir del desarrollo y financiamiento científico haciendo énfasis en las tecnologías de la información (TIC) y los servicios audiovisuales, muy ligado al proceso de democratización luego de la separación de las dos Coreas. El producto de exportación debía reemplazarse, y que mejor que poner fichas en la industria cultural y hacerle frente al J- pop (pop japonés).

Datos porcentuales del PBI de Corea del Sur
Fuente: Banco Mundial

Los principales monopolios empresariales son SM Entertainment, primer agencia fundada en 1995, JYP Entertainment y YG Entertaniment, pioneros en la sistematización del k-pop. La idea fue crear productos culturales exportables, y el negocio funcionó. En 2005 Corea del Sur ocupaba el puesto 29 dentro de la industria musical mundial, y según los datos de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), en 2018 fue el sexto. El crecimiento exponencial y la repercusión económica para el país, no se dio de manera inesperada. A finales de los ’90, Kim Dae-Jung presidente de Corea del Sur, impulsó una ley que promovía la industria cultural, donde claramente obtuvo el visto bueno de las empresas y desde entonces el país destina el 1% del presupuesto nacional al circuito cultural.     

Preses de su propia creación

Uno de los detalles más fuertes es que al firmar los contratos musicales que ofrecen estas empresas, les artistas pierden derechos básicos del ser humano: se les prohíbe tener relaciones afectivas que impliquen matrimonio o cualquier tipo de vínculo estable, así como también manifestar opiniones políticas, lo cual les quita la posibilidad de ser sujetes polítiques. La influencia occidental en la metodología de análisis que realizan las empresas de publicidad y marketing del ámbito cultural- artístico coreano, es notoria. Miden los efectos pragmáticos de la influencia del arte en la gran masa seguidora. A partir de esos datos fabrican artistas en serie; son ilusionistas del arte. Incluso han hecho pedir disculpas a los idols que aparentaban estar en una relación, por herir la susceptibilidad de les fans. ¿Donde radica la esencia de le artista: la capacidad de crear por sí misme, desde la experiencia y el saber político?

La industria cultural históricamente ha sido alentada y monopolizada por la esfera hegemónica yankee, lo que por supuesto ha dado origen a diversas interpretaciones del arte, variando de influencia según el contexto. El arte es una herramienta política inagotable que tiene la capacidad de motorizar grandes cambios y lo ha hecho. Hemos visto cómo el imperialismo se ha servido de él como los buitres de la carroña. Vale recordar como dato histórico la propaganda fascista del Nazismo alemán en su apogeo. Es una práctica en continuo dinamismo, porque la definición del arte es abstracta, y al no haber un relato verídico que la contenga, lo que se da es una puja constante entre los distintos centros de poder mundial. El arte aporta a los procesos políticos la suma de distintos intereses que están de por medio y que van más allá de le artista y su obra.

Los ideales que persiguen o la conciencia política de les artistas en general es diversa, pero en la gran mayoría de los casos es propia, sea del lado oscuro o no de la fuerza. Le artista debe tener la posibilidad de expresar su arte, por más obvio que resulte y de discutir con las discográficas, productores o managers si su obra está siendo manipulada. Pero ¿cómo puede llegar a deliberaciones propias si se encuentra condicionade y prese de su propia creación?

Existen objetivos alienantes en la producción artística, por lo tanto hay trabajadores explotades; si además se pretende silenciarles, no hay libertad de expresión, y si no hay libertad de expresión y la sobreexigencia gana terreno, hay suicidios. Al momento se han quitado la vida cuatro influencers del K-pop. Entonces ¿existe el arte en todo esto? ¿qué concepción tenemos del arte al avalar estas prácticas?

El arte como herramienta de dominación

La utilización del arte como herramienta de adoctrinamiento en función del interés económico capitalista, es el esquema sobre el que trabaja la industria cultural, y si a la suma le agregamos la voracidad de los monopolios empresariales gestionando desde las oficinas de sondeos, obtenemos el subproducto del arte que hemos visto nacer, desarrollarse y potenciarse en la gran fábula que Hollywood y sus discípulos lograron instalar en el sentido común: literalmente un ejército al servicio de la batalla cultural. ¿La estrategia? Vaciar de discusión a las generaciones más jóvenes.

Hace unas semanas analizamos el rol de les k-popers, o como preferimos llamarles: el Ejército Inesperado. Miles de pibes seguidores del K-pop que en un giro inesperado boicotearon la matrix para dejar en evidencia que el vaciamiento político no es el sueño que eligen soñar. Ahora bien, sus actos de reivindicación no son dirigidos en contra de la matriz oriental, se rebelan contra el hegemón occidental que viene denigrando a les negres y violentando a les blanques.

Definición certera en este contexto que ha permitido desvalidar el argumento más sólido que la derecha tenía a nivel continental: los resultados de la medición por sondeos como indicadores de fuerza y poder. Esta demostración de organización resulta bastante efectiva, pero está centrada en la problemática de discriminación por etnia o cultura. ¿qué sucede con la industria despiadada de la cual son les principales receptores y promotores? 

Son varias las discusiones que se disparan dentro de este fenómeno: por un lado el hecho de posicionar al arte como recurso para moldear masas; más allá de cómo se interprete al arte, es innegable que otorga poder a quien la utilice como método de coerción, e impunidad a los buitres del mercado para enriquecerse a costas de la explotación. Por lo tanto el eje central no seria “k-pop si” o “k-pop no”, el problema son las leyes que violan con la excusa de estar haciendo arte, y el fomento del mismo por parte de los estados como de la propia opinión pública.

El K-pop es una de las principales atracciones del país que le ha permitido a los gobiernos tener un desarrollo en materia de exportación muy rentable. El idioma, por ejemplo, no es considerado uno de los más globalizados, sin embargo el boom musical ha generado un interés en les fans que año a año posibilitan la apertura de instituciones educativas para la enseñanza del mismo. El gobierno surcoreano ha invertido en 130 institutos en al menos 50 países -datos, no opiniones-.

En relación a les artistas se desata otra arista: elles tienen la posibilidad de negarse y romper contrato, pero no se termina ahí, no hay voluntad propia que valga. Las discográficas ofrecen contratos a muy largo plazo y la cláusula con la que se enfrentan es una multa millonaria, que en teoría, compensa el dinero invertido en su formación.

La rueda que mueve al mundo no cesa. Y existe una estrategia (al menos desde lo virtual) que en este contexto resulta útil, para colocar en la enorme maquinaria cultural, algún que otro palo. El Ejército Inesperado parece estar resuelto a denunciar parte de las fallas de este sistema y dan cuenta de una forma de organización bastante particular. Es preciso entonces, entender que estos procesos van acompañados de pujas constantes en lo que a intereses respecta, que toda acción puede ser cohersionada, y que definitivamente se debe discutir el rol que ocupa el arte como motor de los procesos políticos. Por lo tanto es necesario debatir entorno a la importancia del arte, sus variadas interpretaciones, el lugar de legitimidad que ocupa y las consecuencias que desde hace décadas viene arrastrando.


* Para que las ideas no mueran hay que escribir, pero como el lenguaje es un universo lleno de
palabras muertas y consejos de la RAE; prefiero hablar desde un léxico más revolucionarie.
** De San Luis al país, escribe para ustedes Zuleca. Si están leyendo este perfil tienen 
suerte porque en realidad se dedica más al ámbito radial. Las malas lenguas la han
apodado como las "manos riquelmeanas" de la producción, aunque ella no entienda de fútbol.

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