«La historia es nuestra y la hacen los pueblos»

Por Miranda Cerdá Campano*

A 46 años del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, resulta aleccionador volver sobre la intervención norteamericana en el continente y entender que muchos de los adherentes a la dictadura y el proyecto político de Augusto Pinochet y sus amigos de Washington, hoy pertenecen al gobierno de Sebastián Piñera.

Septiembre con S de Salvador

Después del triunfo de la Revolución Cubana, América Latina y el Caribe se convirtieron en un campo de batalla política y militar entre el imperialismo yanqui, aliado a las derechas locales, y las resistencias populares. El de Chile fue un caso emblemático. Allí la izquierda tenía una rica tradición de lucha, contaba con un movimiento obrero combativo y había tenido éxito en los últimos procesos electorales.

El 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende alcanzó la primera mayoría en las elecciones generales celebradas en Chile. La vía chilena al socialismo legó múltiples hitos para la historia. El programa de Allende propuso la construcción de una economía estatal planificada que se concretó en actos como la nacionalización del cobre y la expropiación o compra de acciones que le permitieron un control del 80 por ciento de las industrias y algunos bancos. La ansiada reforma agraria posibilitó la expropiación de unos 4400 predios y se ampliaron derechos sustanciales en salud y educación.

Como se ha demostrado por los propios documentos desclasificados de la CIA, la agencia operaba en contra de la candidatura de Allende desde 1964 y en las elecciones de septiembre del ‘70, canalizaron 350 mil dólares para la campaña del derechista Jorge Alessandri, además de invertir cerca de un millón para manipular el resultado electoral. El 24 de octubre, el pleno del Congreso, de acuerdo con la Constitución, debía elegir entre las dos mayorías más altas.

El presidente yanqui por aquel entonces, Richard Nixon, ordenó evitar que el socialismo asumiera la presidencia y la CIA concibió dos posibles planes. El primero consistía en que el Congreso eligiera a Alessandri y este renunciara para convocar a nuevas elecciones donde toda la derecha apoyaría a Eduardo Frei, hombre de confianza de Washington. Pero el plan fracasó porque Allende y Tomic habían acordado previamente que uno reconocería la victoria del otro si la diferencia superaba los 5 mil sufragios y así fue. El segundo plan contemplaba crear un clima de inestabilidad política para propiciar una intervención militar y la anulación de las elecciones. Encargado por la CIA, el general Roberto Viaux debía secuestrar y ocultar a René Schneider, general constitucionalista y jefe del ejército, pero este se defendió, fue herido y falleció dos días después, el 25 de octubre. El día anterior, Allende fue electo por el Congreso con 195 votos a favor.

La experiencia de tres años de gobierno de la Unidad Popular sacudió a propios y ajenos. El proceso, vital para la historia latinoamericana, incluso contó con una visita de lujo: Fidel Castro llegó en noviembre de 1971 a Chile y permaneció allí 23 días para conocer de primera mano el socialismo conquistado a través de las urnas.

Allende fue un socialista sin renuncias, un antiimperialista sin concesiones y conmovió América Latina, dejando sentadas las bases de aquellos cimientos forjados a principios de siglo. Las experiencias de Venezuela con Hugo Chávez, de Ecuador con Rafael Correa y de Bolivia con Evo Morales, donde se recuperaron los recursos naturales, tienen en el gobierno de Allende, un luminoso precedente en la nacionalización de la gran minería del cobre en manos de oligopolios yanquis, en la nacionalización de la banca y la expropiación de los principales conglomerados industriales.

La herencia de Pinochet y las derechas en América Latina

La visita de Fidel acrecentó la voracidad golpista de Washington. El 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende, el líder de esa revolución pacífica resistió hasta la muerte el asedio imperialista. Su proyecto no logró ser comprendido cabalmente por los mismos partidos que conformaban la Unidad Popular y su soledad intelectual fue siendo cada vez más patente en un escenario donde la polarización de la sociedad era vertiginosa, y su lógico final se anunciaba como epílogo inevitable de un país dividido por el odio y la intolerancia. A pesar de su inteligencia y experiencia, y aunque fue advertido por amigos del proceso, Allende no pudo admitir la posibilidad de una ruptura por la vía militar. Su ciega confianza en las instituciones y en la ética política le imposibilitaron pensar que las Fuerzas Armadas traicionarían sus funciones.

Durante el golpe de Estado, Augusto Pinochet ocupó el puesto de mando número uno e impartió desde allí las órdenes. Su dictadura dejó más de 44 mil víctimas, entre ellas 3216 muertos de los cuales 1185 fueron detenidos desaparecidos y 33 mil detenidos y torturados. Pinochet eliminó el sistema de seguridad social, impuso un Plan Laboral cuyo propósito fue despolitizar a los sindicatos y eliminar la correa de trasmisión entre negociación colectiva y distribución del ingreso; devolvió el control del sector forestal y la pesca a las empresas del sector privado, lo que significó, en varios casos, la expulsión de comunidades rurales e indígenas, la degradación y erosión de suelos, la disminución de los cauces de agua y la contaminación a gran escala; privatizó la salud y la educación y desnacionalizó el cobre, renunciando a la soberanía sobre los recursos naturales; y traspasó los derechos de las hectáreas recuperadas por los mapuches a dominios privados.

La reducción al mínimo del rol del Estado, la represión a estudiantes, docentes, organizaciones sociales y pueblos indígenas que mantienen la lucha por sus tierras, la libertad empresarial a ultranza merced de la desregulación y el gasto social prácticamente nulo, son algunas de las medidas que hoy, a 46 años del golpe, continúan implementándose en consonancia con los designios de Washington.

Las dictaduras del Cono Sur abrieron un abismo de sangre en las sociedades latinoamericanas de fines del siglo pasado, pero se proyectan aún en nuestro tiempo. Regímenes perversos, como el de Alberto Fujimori y administraciones como las de Carlos Andrés Pérez en Venezuela o Álvaro Uribe en Colombia fueron el preámbulo de gobiernos repudiables como los de Jair Bolsonaro, Piñera o Iván Duque.

A casi medio siglo de la gran jornada que iniciara Chile de la mano de Salvador Allende, es importante no bajar la guardia ante tan perverso e incorregible enemigo, cualesquiera sean sus gestos, retóricas o personajes que lo representen. Aquellos que pisan la Casa Blanca en busca de apoyo diplomático, blindaje mediático, dinero o armas para derrocar a sus gobiernos, jamás tendrán un lugar en la historia viva de sus tierras. “El león es sanguinario en toda generación”, cantaba Violeta Parra y está claro: el imperio no cambia.


*Periodista especializada en Sudamérica, redactora de Revista Trinchera y columnista del programa Marcha de Gigantes (AM 1390 Radio Universidad Nacional de La Plata) y colaboradora de Agencia Timón

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